Image: Desnuda. Mi vida como objeto

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Letras

Desnuda. Mi vida como objeto

Kathleen Rooney

El Cultural
Publicada
Actualizada

Foto: Nacho Alcalá

Traducción de Miguel Martínez-Lage. Turner. 292 pp., 18 euros


Estas reflexiones supuestamente autobiográficas de la norteamericana Kathleen Rooney (Beckley, 1980) se abren con una pregunta, ¿por qué tienes ganas de posar desnuda? y se cierran con la afirmación de que "posar viene a ser una máscara". La modelo de desnudo artístico que nos cuenta su historia en primera persona al modo de una autoficción y exhibe su cuerpo ante pintores o estudiantes de Bellas Artes, asegura que se despoja de la ropa, sin dejar de llevar puesta la máscara de la profesionalidad: "Cuando soy modelo, revelo todo mi cuerpo, pero solo pongo al descubierto una fracción de mi misma". La narradora recoge la idea de Barthes de la "gélida indiferencia" de las profesionales del striptease y afirma sentirse más a salvo en la desnudez de un estudio artístico que cuando va caminando vestida por la calle ante el acoso o la grosería de algunos hombres.

Procede Rooney en ocasiones, las más interesantes a mi juicio, como una analista del desnudo femenino público. La meditación de orden ensayístico viene salpicada de citas de Edmund Burke, John Berger o de la teórica de la fotografía Vicki Goldberg, experta en voyeurismo. La autora analiza, por ejemplo, las distintas modalidades de desnudo y diferencia el cometido de la modelo de arte del trabajo de la stripteuse: "Al contrario que una stripper, yo no trato de brillar, no me propongo provocar una erección, ni provocar el deseo en quien me mira".

Parecido argumento sobre la neutralidad de la modelo de hoy ante sus contempladores se esgrime al reseñar el libro de Lynda Nead, The Female Nude, en el que se da cuenta de la íntima relación que existía en el pasado entre las modelos, muchas veces musas y amantes, y los artistas que las inmortalizaban. Recuerda Kathleen Rooney el cuadro de Dante Gabriel Rossetti (Londres, 1828), Como se encontraron consigo mismos, donde retrataba a su amada y enfermiza modelo Lizzie Siddal, que no tardaría en morir. Dicha imagen le sirve a la escritora para preguntarse si todos esos yoes que no son ella misma, exhibidos ante los demás, no significarán "entrar en un depósito de cadáveres lleno de Kathys".

Uno de los aspectos que a la autora le parecen más excitantes de su profesión de modelo es la combinación de la vulnerabilidad de la desnudez con la imposibilidad de ser tocada por los que la observan. ¿Exhibicionismo puro y duro de la narradora? El interrogante que surge de esta reflexión es bastante previsible: "¿A lo mejor soy modelo porque me puedo exponer a personas desconocidas, inteligentes, fascinantes, sin que prácticamente haya ningún riesgo?" Esa tensión erótica subterránea se mantendrá en algunos de los encuentros personales relatados en este libro. Permanecer desnuda en lo alto de la mesa del estudio de un pintor, o posar para un artista que la quiso esculpir en chocolate convocan circunstancias inesperadas para la modelo.

Entre la confesión introspectiva y el laberinto de citaciones, el texto se desliza con ambigüedad por contenidos teóricos extraídos de múltiples fuentes y un relato biográfico/anecdótico de mucho menos calado. Sospechamos que Kathleen Rooney no se ha decidido del todo a explayarse en el tono más ensayístico, y despliega, al mismo tiempo, una memoria personal con cierto carácter juvenil, muy en la línea de las narraciones autobiográficas de algunas "chicas malas" y narcisistas. El desequilibrio entre los dos polos en los que se mueve el libro no gustará a una audiencia seria interesada en la compleja reflexión corporal de nuestros días, y es posible que el público que busque el desvelamiento sexual de una Catherine Millet, quede también decepcionado.