Image: El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu. Foto: Iñaki Andrés
A cambio de la inclusión de estas piezas que erosionan la posible homogeneidad del conjunto, se advierten ciertos tanteos encaminados a ensayar modalidades distintas -pero no nuevas en la literatura del autor- en el interior de los relatos. Así, "El vigilante del fiordo" ofrece, junto a los pasajes narrativos de corte tradicional, otros dialogados como literatura dramática (al igual que en "Nardos en la cadera") y como relato epistolar. "Mi entierro" es un brevísimo cuento puesto en boca de un muerto. "Carne rota", dura historia acerca de brutal la matanza del 11 de marzo, se compone de distintas secuencias cuyo enlace se realiza mediante anadiplosis retóricas: si una secuencia se cierra con las palabras "me faltaba la mano", por ejemplo, la siguiente comienza: "La mano era lo único…", para acabar con "debajo de la manta", de tal modo que la secuencia inmediata se inicia con la frase: "La manta, ¿cómo no lo había pensado?" De este modo, la diversidad de personajes y casos se manifiesta alojando cada uno de ellos en una secuencia distinta, mientras que la unidad del discurso narrativo aparece subrayada por los nexos que establece la sostenida anadiplosis entre las diferentes escenas.
Contempladas las cosas desde otro ángulo, dos cuentos destacan por encima de los demás: "Chavales con gorra" y el relato que da título al volumen. El primero es una medida crónica del miedo obsesivo, y también del exilio forzado a que se someten algunos individuos amenazados por el terrorismo, siempre temerosos ante la posibilidad de ser localizados y exterminados. "El vigilante del fiordo" es el relato más complejo, con pasajes conmovedores que muestran el poderío de la escritura de Aramburu. El antiguo y desvalido funcionario de prisiones sumido en la demencia al sentirse responsable de la muerte de su madre, que recogió un paquete bomba dirigido a él, mezcla sueños y delirios unidos por una irrefrenable conciencia de culpabilidad, convertido en un ser roto y ya irrecuperable. Ambos relatos muestran como ninguno los flecos dramáticos de la violencia, los residuos que la opresión terrorista deja en la sociedad, sin necesidad de describir directamente acciones, acotando más bien el terreno de los sentimientos y centrándose en las víctimas. En este aspecto, El vigilante del fiordo es un digno hermano de Los peces de la amargura. Aunque sea un hermano menor.