Letras

Enemigos públicos

Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy

15 enero, 2010 01:00

Michel Houellebecq (F. Quique García) y Bernard-Henri Lévy (F. Benjamin Lemaire)

Anagrama. Madrid, 2010. 328 páginas. 19 euros



Este libro a cuatro manos causó sensación en Francia en el otoño del 2008. Se trata de un diálogo mantenido entre enero y julio de ese año por Michel Houellebecq (Saint Pierre, Isla de Reunión, 1958) y Bernard-Henri Lévy (Béni-Saf, Argelia, 1948) a través del correo electrónico. 28 e-mails con los que se ha construido un volumen que presenta a dos escritores bien distintos y a su época. Teresa Cremisi, del sello Flammarion e instigadora del proyecto, consiguió no sólo persuadir a dos intelectuales coriáceos y poco dados a formar un dueto sino también a sus colegas de Grasset para hacer una edición conjunta.



Houellebecq abre este intercambio epistolar con cartuchos de dinamita. "Especialista de números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena… Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además autor de la película más ridícula del cine. Nihilista, reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso…". Con eso y más increpa a un Bernard-Henri Lévy -de ahora en adelante BHL, como se acostumbra a utilizar en Francia- que acusa el golpe pero lo amortigua y devuelve en un tono más equilibrado. Tono que será capaz de mantener hasta el final. La textura intelectualizada de BHL deja, no obstante, correr una sinceridad empujada por las revelaciones de Houellebecq de la que seguramente están, ambos, más que arrepentidos.



Enemigos públicos es el esfuerzo de dos inmensos talentos que pasada la primera explosión perciben que están unidos por la despiadada crítica de los medios de comunicación franceses. BHL se siente perseguido por ser judío. Houellebecq se siente especialmente vulnerable porque está a punto de estrenar su primera película -la crítica cinematográfica fue feroz- y desde los culturales franceses e Internet se le insulta y se hurga en su vida privada.



Hubieran caído ambos autores en lo grotesco de haber seguido haciéndose las víctimas, sobre todo porque en este volumen, y en realidad desde hace muchos años, tanto sus textos como sus intervenciones públicas han dejado siempre muertos en la cuneta y ya se sabe que donde las dan las toman. Sin embargo, la disputa que esperaba el lector se transforma en un diálogo acerca de las vidas de ambos, las vivencias de la escena literaria parisina y sus visiones del mundo. Houellebecq, el cínico cáustico cuya escritura es una exploración de la angustia y el sufrimiento, y BHL, el intelectual comprometido con las causas relacionadas con la dignidad humana, van componiendo un discurso lleno de interés.



Transformados en eruditos los escritores malditos, la lectura discurre por sus referentes literarios y filosóficos: Flaubert, Baudelaire, Malraux, Romain Gary, Nietzsche o Schopenhauer conforman jalones que hacen inteligible la Francia de Camus, Sartre, Ionesco o Beckett. Entre las reflexiones más abstractas se cuela el recuerdo del padre. Una memoria llena de poesía que dibuja unos progenitores bien distintos, porque en el caso de BLH se trata de un rico comerciante de madera hecho a sí mismo y en el de Houellebecq de un monitor de esquí independiente y guía de montaña. Les une, sin embargo, su discreción. Ambos eligen la sombra antes que la notoriedad.



Con muchas páginas a sus espaldas, el lector aprecia la atractiva relación intelectual y afectiva que se ha establecido entre el nouveau philosophe y el hombre desencantado. Ambos discurren por la sugerente pero amarga senda que evoca a Pascal, y es entonces cuando BHL escribe a Houellebecq para decirle que está enterado del escándalo organizado por su madre con la publicación de su libro autobiográfico L'Innocente (Scali, 2008). Las biografías al uso de Houellebecq señalan que es hijo de René Thomas y de Lucie Ceccaldi, una médico anestesista nacida en Argelia que le trajo al mundo en la francesa isla de la Reunión. A los seis años fue enviado a Francia a cargo de su abuela paterna de la que toma su apellido. Tras publicar poesía y biografía le llega la fama en 1998 con la publicación de Las partículas elementales y más aún en 2001 con Plataforma.



Lo cierto es que en Las partículas elementales Houellebecq, gran creador de personajes, presenta al lector una de las madres más viles de la literatura francesa y la llama "Ceccaldi". Hippy, obsesionada con el sexo y egocéntrica, recuerda casi con pelos y señales a su madre recorriendo áfrica en un Citroën 2CV. La aparición de Lucie Ceccaldi en el ambiente literario francés cae como una bomba que explota en las páginas de L'Innocente y en las múltiples entrevistas que le hacen a Ceccaldi un sinfín de enemigos de Houellebecq, que es tachado de pesetero, mentiroso y canalla por su propia madre. ésta niega el abandono del hijo y declara a los cuatro vientos que a pesar de sus 83 años le va a partir la cara y los dientes con un bastón en cuanto le vea. La aparición de Ceccaldi constituye un punto de inflexión. Rompe esa paz que Houellebecq busca. Para recuperar el tono intelectual ambos autores retoman la reflexión sobre el vano intento de Comte de organizar una religión sin Dios apoyada en la razón científica.



Se cierra el volumen con una más que interesante discusión sobre los géneros literarios y la primacía ontológica. Para Houellebecq esta última reside en la poesía. BHL es más cauto. Pero quedan fuera de estas páginas muchos aspectos de interés para el lector. No se discute sobre Sarkozy. No se habla de mujeres, aún cuando BHL declara que sus dos horizontes son las féminas y la escritura. No obstante, las perlitas son abundantes entre página y página. Ahí está BHL abriéndole los ojos a Houellebecq sobre cómo tratar a los periodistas canallas: amenazando, si es preciso, su integridad física. Para el lector español este volumen constituye una excelente aproximación general al rico universo literario y filosófico francés y un penetrante viaje al interior de las obras de dos primeras filas.

Pugilatos literarios

Otros grandes combates entre escritores

LA YA CLÁSICA PARADOJA que se pregunta por lo que ocurriría si una fuerza imparable se topara con un objeto inamovible tal vez no pueda resolverse por su propia naturaleza pero ilumina a la perfección lo que ocurre cuando los macizos egos de dos escritores chocan con estrépito. Conocidas son las legendarias refriegas Góngora/Quevedo, Lope de Vega/Cervantes, Tolstoi/Gorki o Valle Inclán/ Echegaray. En las últimas décadas hubo de todo. Amistades hechas añicos por feroces agarradas políticas, como la que enemistó a Sartre y Camus, ante la negativa del segundo a comulgar con la rueda de molino comunista. O pendencias tan mediáticas y violentas como la que, también a cuentas de la ideología, sostuvieron Mario Vargas Llosa y Günter Grass cuando el alemán quiso defender a García Márquez de la acusación de ser un "cortesano de Fidel Castro" que el peruano le lanzó desde el PEN Club de Nueva York. Los italianos Umberto Eco y Antonio Tabucchi subieron a la lona en 1997 tras un artículo del primero sobre la inutilidad de los intelectuales al que el segundo respondió con un libro satírico titulado La gastritis de Platón, donde defendía el carácter no ornamental de los hombres de ideas. En España fue muy celebrada, por estentórea y divertida, la pelea a navajazos -pudieron ser no figurados- entre Rafael Reig y Arturo Pérez Reverte cuando el risueño escritor mentó en El Cultural el "patriotismo testicular" del académico y éste le respondió practicamente retándolo a un duelo a cuchillo.