Letras

El deporte en la guerra civil

Julián García Candau

6 diciembre, 2007 01:00

Los jugadores del Real Madrid alzan el puño en Chamartín en mayo de 1937

Prólogo de J. A. Samaranch. Epílogo de G. Peces-Barba. Espasa, 2007. 500 pp., 22 e.

"Fútbol y tecnicolor" titulaba Vázquez Montalbán uno de los capítulos de su Crónica sentimental de Espa-

ña
. También Umbral en sus Memorias de un niño de derechas divagaba sobre las pocas alegrías de los españoles de la posguerra, que ni siquiera podían acceder al Pan, amor y fantasía que pregonaba el famoso filme de Luigi Comencini. Si penosa era aquella España de autarquía y estra-perlo, ¿qué puede decirse del hontanar de aquellas penurias, la propia guerra? Y, sin embargo, también durante el conflicto bélico se intentó dar una pátina de normalidad y un atisbo de ilusión a los españoles con el mantenimiento de muchas competiciones deportivas.



El gran espectáculo de las sociedades contemporáneas -el deporte en general y el fútbol en particular- desempeñó un fugaz efecto balsámico en la retaguardia y, hasta en el mismo frente, rojos y azules fueron simplemente en más de una ocasión los colores de dos equipos rivales corriendo tras un balón y no dos bandos en lucha a muerte. Los chistes de Gila sobre partidos entre soldados o las escenas de algunas películas de Berlanga en la misma línea no son meras invenciones, sino la recreación de una determinada realidad. Hubo partidos en la sierra de Madrid entre combate y combate, y hasta en plena batalla de Teruel se disputaron encuentros balompédicos a escasa distancia de donde se desarrollaba una de las más cruentas ofensivas.



Julián García Candau, una institución en el mundo de la prensa deportiva, ya había hecho diversas calas en la reciente historia de las competiciones, los equipos, sus símbolos y sus personajes. Podría citarse, por lo que respecta a esta última vertiente, su biografía de Bernabéu, el presidente (Espasa, 2002), un libro sugestivo y equilibrado. Ahora da un paso adelante, con una obra mucho más ambiciosa, que viene a sumarse a la inabarcable bibliografía sobre la guerra civil. Se trata de una aportación original, pero que debe enmarcarse en la reciente tendencia a no hurtar campo alguno, por nimio que parezca, a la indagación histórica. De hecho, por lo que atañe al asunto que nos ocupa, hace poco apareció un notable libro colectivo que trataba el deporte en esta misma época: Sport y autoritarismos. La utilización del deporte por el comunismo y el fascismo (Alianza, 2002).



Candau aborda también el espinoso asunto de las relaciones entre deporte y política, pero no profundiza en él. Su objetivo no es hacer una historia ideológica o social de esta materia en la estela del magistral análisis que hizo A. Schubert del otro gran espectáculo de masas español (A las cinco de la tarde. Una historia social del toreo, Turner, 2002). Lo que pretende Candau es ser estrictamente fiel al título de la obra y trazar un panorama lo más completo posible de lo que fue la actividad deportiva en aquellos difíciles años. No rehuye las diversas facetas de la politización, en uno y otro sentido, pero ésta no deja nunca de ser para él un factor adyacente y, sobre todo, un elemento espurio. Lo sustantivo es la práctica deportiva en cualquiera de sus modalidades, sus protagonistas y sus vicisitudes.



Aunque también se usan testimonios personales, la fuente fundamental para la reconstrucción de aquel ambiente es la Prensa de la época,que presenta el inconveniente de múltiples lagunas, no por falta de ejemplares, sino porque a menudo ignora los acontecimientos deportivos (cosa más que comprensible en aquellas circunstancias). Pese a ello, puede decirse que Candau ha accedido a lo esencial y, a menudo, mucho más que eso, porque el caudal de información que ofrece en este libro es impresionante. Como resulta inevitable, todo lo relacionado con el fútbol ocupa un lugar preeminente; pero también se ofrecen múltiples datos sobre boxeo, ciclismo, baloncesto, esquí,... ¡y hasta la caza y la colombicultura!



En una España ferozmente dividida, el deporte no tenía capacidad de suturar nada. No hubo en esos años Campeonato de Liga, obviamente. Cada bando fraguó su entramado deportivo, que procuró utilizar de forma propagandística. La "selección nacional" de fútbol (sector franquista) disputó dos partidos internacionales con Portugal que se saldaron con derrotas. Por su parte, la España republicana intervino en la Olimpiada de Amberes de 1937, un intento de dar continuidad a encuentros populares y obreros como la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936, que no había podido celebrarse por la sublevación militar (se inauguraba el 19 de julio). Por cierto, y como muestra de que ya despuntaban polémicas que se prolongan hasta hoy, uno de los problemas en aquel contexto fue la proyectada participación en competiciones internacionales de equipos de España, Cataluña y Euskadi. Otra de las anécdotas que mueven al estupor es que en plena guerra se produjo en distintas ocasiones un encendido debate sobre la violencia... en los campos de fútbol. Y un asunto para la reflexión: la división y las dificultades de comunicación que trajo la guerra conllevó que se dispararan las tendencias centrífugas siempre latentes en el solar ibérico. Así, los catalanes jugaron su liga, gallegos y andaluces una especie de "campeonato regional"; valencianos y catalanes disputaron la Copa Mediterráneo y la selección de Euskadi aprovechó la ocasión para una gira internacional.



Algunos de los grandes clubes de fútbol, como el Real Madrid, estaban en paro forzoso. Otros sobrevivieron mejor, en especial el Barcelona, que además de intervenir en competiciones regionales, consiguió un magnífico contrato en América. Hay capítulos que harán las delicias de los viejos aficionados o de los mitómanos, como el dedicado a Zamora y Samitier, "vidas algo paralelas". Pero también nos recuerda Candau que el fútbol no lo era todo. Por ejemplo, un deporte hoy relativamente marginal como el boxeo, era entonces muy popular, hasta el punto de que "no eran más conocidos los futbolistas que los púgiles". Algunos de éstos vivieron la cara más amarga de la represión, desde las torturas al fusilamiento sin juicio previo.



El mundo deportivo reflejó lo que estaba sucediendo en el conjunto de la sociedad española. Hubo de todo: generosidad y mezquindades, ingenuos y oportunistas, héroes, mártires y traidores. Candau ha conseguido dibujar ese cuadro con ecuanimidad. Se ve claramente que no ha querido trascender el abrumador material empírico, arriesgándose en campos que no son lo suyo. No es, en este sentido, la obra analítica de un historiador profesional sino la de un amante apasionado del deporte. El público que comparta esa pasión agradecerá su fácil lectura.

Memorias del Mirandilla de Cádiz

por Santiago Segurola

España era un país de toros y banderías en 1936. No existía la tradición anglosajona en el deporte, ni se conocían sus efectos propagandísticos. Las naciones con apetitos imperiales habían encontrado en él un altavoz de difusión política y cultural. En los selectos colegios británicos, donde los alevines se preparaban para dirigir la maquinaria del imperio, se originaron las reglas del rugby y el fútbol. Su difusión entre la clase obrera fue tan veloz como eficaz. Los equipos, que ahora son la representación gráfica de la globalidad, representaban entonces el orgullo de las pequeñas comunidades. Si los británicos idearon el deporte moderno, Francia, otra nación con vocación imperial, se encargó de gestionarlo. A los franceses se deben los Juegos Olímpicos, la FIFA y la Copa de Europa, tres competiciones visiona- rias, tanto en el ámbito deportivo, como en la forja de vínculos políticos de dimensiones mundiales.

Ya entonces, el deporte contenía la mayoría de los elementos que lo configuran en la actualidad. No en España, donde el aislamiento, la pobreza y el desafecto por lo extranjerizante hicieron muy poco por el desarrollo deportivo. España era una anécdota en el panorama mundial, como lo fue hasta bien entrada la democracia. Sólo el fútbol se había abierto paso como nuevo elemento de ocio. A aquel periodo y al desastre de la guerra se refiere Julián García Candau en su minuciosa obra El deporte y la guerra civil.

La trascendencia de un libro se escapa muchas veces a la ambición del autor. Es en los pequeños detalles donde un lector aprecia señales que le afectan senti- mentalmente. Hace pocos días me llegó un sorprendente email de Juan Sevilla, profesor en el Instituto Drago, de Cádiz. Contenía una hermosa fotografía de un equipo fútbol, tomada un domingo de diciembre de 1935. Era el Mirandilla, predecesor del actual Cádiz. Esos jugadores, todos jóvenes, en la plenitud de sus vidas, se disponían a jugar un partido con el Sevilla. Nunca había visto esa foto. El profesor Sevilla había obtenido los nombres de todos los futbolistas, excepto dos. Creía que el sexto, de izquierda a derecha, era Ordóñez y me preguntaba si el primero era mi padre. Sí, era él.

Nunca vi jugar a mi padre. Le recuerdo cojo, con unas profundas huellas en su pierna ametrallada. Cayó herido en Villarreal de álava, un año después del partido frente al Sevilla. Tenía 22 años. Era un crío. En el libro se enumeran los partidos que disputó el Cádiz en los meses siguientes a la sublevación de Franco. En las alineaciones figuran algunos de los nombres que formaron junto a mi padre aquel domingo de 1935. En aquel equipo nadie sospechaba el drama que cambiaría sus vidas. Allí, en ese campo barrial y festivo, con el césped mal cortado y sin la ceremonia que ahora se asocia al fútbol profesional, once jóvenes miraban al fotógrafo con la dignidad de quienes se van a enfrentar a un exigente desafío: un partido de fútbol. No sabían de la de la inminente tragedia que se abatiría sobre ellos. Mi padre nunca más volvió a Cádiz. Nunca vio a sus viejos compañeros. Nunca más disfrutó de la juventud. Su destino no lo marcó su feliz periodo de futbolista, sino la guerra que destrozó a un país.