El escritor ruso Maxim Ósipov. Foto: Libros del Asteroide

El escritor ruso Maxim Ósipov. Foto: Libros del Asteroide

Letras

Maxim Ósipov, escritor ruso exiliado: "Ya sufrí 27 años de socialismo, me niego a envejecer en un país fascista"

Afincado en Frankfurt desde el estallido de la guerra de Ucrania, publica 'Después de Eternidad' una nueva antología de relatos en las que continúa con su implacable labor de diagnóstico del alma rusa.

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Es curiosa la forma en la que Maxim Ósipov (Moscú, 1963) concluye el relato con el que cierra su última antología, Después de Eternidad, que nos llega en este comienzo de año de la mano de la siempre confiable editorial Libros del Asteroide. En sus últimas líneas asistimos a un brindis en una cervecería de Ereván, capital de Armenia, en el que, entre el choque de jarras de cerveza, se escucha: "Si aquel estiró la pata, a este no le queda más remedio que palmarla".

Con "aquel" se refieren a Stalin. Los muchachos están celebrando el 69 aniversario de la muerte del dictador soviético un 5 de marzo de 2022. Ya pueden ustedes imaginarse a quién le desean continuar por la misma senda. A todo cerdo le llega su san Martín, que decimos a este lado del continente. Toda una declaración no solo de intenciones, sino también de voluntad, más aún: de deseo ferviente.

Maxim Ósipov, como otros muchos disidentes del rumbo político que está marcando el Kremlin, salió de Rusia pocos días después de que su país invadiera Ucrania. Antes, residía en Tarusa, una ciudad de menos de 10.000 habitantes situada a 140 kilómetros al sur de Moscú, donde, más allá de su vida como escritor, ejercía como cardiólogo. Desde su salida, reside entre Frankfurt y Ámsterdam. "Ya sufrí 27 años de socialismo, me niego a envejecer en un país fascista".

Al comienzo de la conversación que mantiene por videollamada con El Cultural, el escritor moscovita escucha con el ceño fruncido la primera pregunta que se le lanza mientras ceba su pipa. A lo largo de la entrevista, fumará de ella mientras medita cada réplica. El humo todavía flota en el aire cuando Ósipov está ya explayándose sobre los pormenores de su nuevo libro, sobre Ucrania y, ay, sobre Rusia.

P. El primer relato, "Después de Eternidad", que da título al libro, nos narra la historia de un pueblo en el extremo norte ruso que se funda para explotar los recursos mineros de la zona y, cuando estos se agotan, los habitantes son evacuados forzosamente ¿En qué situación están los pueblos como Eternidad? ¿Son los grandes olvidados de Rusia?

R. Lo más sorprendente de esta historia es que tiene algo de ficción, claro, pero la parte más increíble es totalmente verídica. Cuando trabajaba como cardiólogo en Tarusa tuve un paciente de Khalmer-Yu, una ciudad minera fantasma situada muy al norte. Era un lugar infernal, muy frío. Pero la gente vivía allí, tenían sus colegios, sus teatros... A mediados de los 90 el gobierno decidió clausurar la ciudad porque era muy cara de mantener y las minas se habían agotado.

»Intentaron evacuar a la gente de forma civilizada, construyendo apartamentos en Vorkuta, una ciudad grande cercana. Pero algo pasó con el dinero destinado a ese proyecto. Finalmente lo que sucedió es que el ejército metió a la fuerza en trenes a muchos de los habitantes de Khalmer-Yu. El final es incluso más impresionante: Putin mandó probar un nuevo tipo de avión bombardero y eligió el edificio más grande de Khalmer-Yu para hacerlo. Él mismo estaba montando en el avión que bombardeó la ciudad. Había algo poderosamente simbólico en esta anécdota, así que decidí llevarla al terreno de la ficción.

Portada de 'Después de Eternidad', de Maxim Ósipov (Libros del Asteroide, 2026)

Portada de 'Después de Eternidad', de Maxim Ósipov (Libros del Asteroide, 2026)

P. En el segundo relato, "Piezas sobre un plano", llama la atención la relación de Matvéi, el protagonista, con su padre a punto de fallecer. ¿Qué relación cree que tienen las nuevas (o ya no tan nuevas) generaciones rusas con sus padres y el legado histórico reciente de su país?

R. En lo personal tuve mucha suerte en este sentido. Mi relación con mi padre fue siempre muy buena, así que la historia de Matvéi no tiene nada que ver con mi situación personal. Por supuesto, en Rusia todavía se nota la herencia estalinista y soviética. Imagino que ocurre algo similar en España, pero a menor escala. Seguro que allí tenéis algún familiar que mira con nostalgia el franquismo. Algo así pasa en Rusia. No es nada fácil superar esa clase de legado.

P. Matvéi acaba enamorado de Roma en un momento de deriva personal. Contrasta la descripción que hace usted de esta ciudad con la que realiza, por ejemplo, de Eternidad en el anterior relato. ¿Qué visión tiene como ruso de Europa y el Mediterráneo? 

R. Bueno, Europa es muy diversa. Yo soy un hombre que se siente más cómodo en un clima del norte. Italia es demasiado para mí, siento que estoy en África. Cuando era joven estábamos encerrados en el territorio de la Unión Soviética. Para nosotros "viajar a Europa" era ir a los países bálticos, y luego teníamos otras regiones similares en el clima y el carácter de la gente a los países occidentales: los armenios son muy parecidos a los españoles, Georgia es nuestra Italia... Durante mucho tiempo el oeste era un gran desconocido para nosotros. Es ahora cuando estoy empezando a conocer la Europa occidental, y me encanta.

"EE. UU. y Rusia están alejándose de Europa, pero ambos tienen raíces europeas. Es como si se rebelaran contra sus abuelos"

P. ¿Considera Rusia un país europeo, que bebe de la misma tradición que, por ejemplo, Italia?

R. Creo que la cultura rusa sí que es una parte muy importante de la cultura europea. Pero el país en sí se acerca cada vez más a China en detrimento de Europa. Hace aproximadamente un año publicamos un artículo en la revista que dirijo, 5th wave, sobre la forma en la que tanto Putin como Trump se están alejando de Europa y sus ideales. Es curioso, porque ambas culturas, la estadounidense y la rusa, tienen sus raíces en Europa. Es como si se rebelaran contra los principios de sus abuelos.

P. ¿Qué piensa de la relación entre Trump y Putin? ¿Se han precipitado ambos países en una deriva similar?

R. Son países muy diversos, pero la deriva general que encabezan sus líderes... Rusia es un país fascista, de eso no cabe duda. Y Trump está llevando a su país por un camino similar. Desde luego, ambos personajes tienen muy buena sintonía.

P. En varios de sus relatos se adivina un estado de corrupción total que ha permanecido en Rusia, sin que la supuesta llegada de la democracia en los 90 cambiara nada. ¿Lo que se vive en su país hoy es simplemente una prolongación de lo que se ha vivido durante décadas, o, por el contrario, sí que ha notado un cambio en la vida social y política?

R. La cuestión es que yo no escribo de forma voluntaria sobre la corrupción porque para mí, gestos como sobornar a un policía es algo perfectamente natural que como ruso he interiorizado. Son cosas que he vivido desde que era pequeño y que continúan a día de hoy. Es lo que pasa cuando construyes un edificio sobre mierda: los cimientos se tambalean y encima huelen mal. Pero bueno, uno se acostumbra y ya no nota el olor.

P. No seré el primero que le diga que ve planeando sobre usted la figura de Chéjov (médico, dramaturgo, escritor de relatos…) también percibo cierta herencia del autor de Tío Vania en la forma y los temas de sus textos. En este sentido, resulta llamativo su relato "El cine en casa" en el que cita continuamente piezas teatrales de Chéjov y nos encontramos con un grupo de actores, un médico y un tono muy "chejoviano" ¿Hay algo de homenaje a su figura en este texto?

R. No, no eres el primero [ríe]. Por supuesto que hay algo de Chéjov en mí. En este texto simplemente me lo quise pasar bien, porque no suelo escribir historias cómicas ni de amor. Quería representar a las gentes del teatro en toda su extravagancia durante una boda, que también es un evento que da pie a situaciones cómicas. No es un texto muy serio, lo escribí por diversión. Quizás Chéjov hacía lo mismo. 

"En cinco años Rusia cambia mucho, en 200 años no cambia nada"

P. De hecho, la figura del médico es muy frecuente en sus relatos. ¿Su profesión ha definido su forma de escribir y de percibir la realidad?

R. Es difícil de decir, porque llevo siendo médico 40 años. Imagino que sí que ha definido de alguna forma mi manera de comprender y preocuparme por el mundo. Pero lo que creo que más ha condicionado mi estilo es la labor que he hecho editando y traduciendo textos científicos al ruso. La literatura médica ha de ser clara y concisa, y creo que mi forma de escribir es justo así por todos esos años que me he dedicado a ese trabajo.

P. En otro de sus relatos, "Luxemburgo" vemos a su protagonista pasar de querer que se haga justicia por el vandalismo que ha sufrido la tumba de sus padres a temer por los maleantes. ¿De qué tiene más miedo el ruso el ruso, de la injusticia o de la forma en la que la justicia se imparte en su país?

R. Déjeme que le cuente una anécdota para responderle. Cuando en 2022 me marché de Rusia, me establecí en Frankfurt y luego pasé un tiempo en Berlín invitado por un círculo de intelectuales. Allí, pregunté por la dirección de un lugar a un policía. ¡Qué liberación! ¡Era la primera vez que hacía algo así de atrevido! En Rusia tenemos miedo de acercarnos a los policías, les tememos. Es algo que nos sucede desde incluso antes de la Unión Soviética. Está arraigado en nuestro subconsciente desde el zarismo. ¡Y en Alemania me sentí arropado por ellos! Ni siquiera necesitaba su ayuda, porque tenía Google Maps, pero me permitía el lujo de pedir consejo a la policía porque para mí era algo revolucionario.

P. Svetlana Alexievich afirma que sus textos son un diagnóstico implacable de la vida rusa. ¿Ve a Rusia como a uno de esos pacientes que se niega a seguir los consejos de su médico?

R. Por alguna razón, en Rusia cometemos los mismos errores todo el tiempo. En mis textos llegué muy pronto a la conclusión de que en cinco años Rusia cambia mucho, pero en 200 años no cambia nada.

 "En Rusia siempre se afirma que los ucranianos son nuestros hermanos ¿y así les tratamos?"

P. Las últimas páginas de su libro, en las que de pronto irrumpe la guerra de Ucrania en la vida cotidiana de los personajes, son desgarradoras. ¿Cómo vivió aquellos primeros días?

R. Teníamos visita en nuestra casa de Tarusa cuando nos enteramos del comienzo de la guerra. Nos informábamos por un canal de información independiente en YouTube, porque la información oficial no era fiable. Salimos a la calle a protestar, pero éramos poca gente, aunque Tarusa no tiene mucha población. Hay una foto circulando en la red en la que aparezco con el cartel que llevaba en la protesta, en el que dice: "Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?". En Rusia siempre se afirma que los ucranianos son nuestros hermanos ¿y así les tratamos?

» Al sexto día decidimos marcharnos. Me dije a mí mismo: "Ya sufrí 27 años de socialismo, me niego a vivir el resto de mis días en un país fascista". Mi hija nos animó a ir a Alemania, donde ella vivía. Mi hijo se resistió, porque no ha vivido lo que vivimos nosotros en la Unión Soviética, pero lo conseguimos convencer.

P. ¿Cree que Trump logrará detener la guerra, tal y como ha prometido en varias ocasiones?

R. No lo creo. Putin quiere que haya guerra y Trump tiene la estúpida obsesión del Nobel, no le preocupa nada más. Me recuerda a mi nieto de cuatro años, que siempre que me ve me pregunta: "¿Me has traído un regalo?". Todavía no sabe que no está bien preguntar esa clase de cosas. Trump hace lo mismo. Está al nivel emocional e intelectual de un niño de cuatro años. ¿Cómo confiar en alguien como él para solucionar algo tan complicado?