Kazuo-Ishiguro

Kazuo-Ishiguro

Letras

Nunca me abandones

24 noviembre, 2005 01:00

Kazuo Ishiguro

Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama, 2005. 251 páginas. 17,50 €

Siempre resulta compleja y arriesgada la catalogación genérica de una obra, y esta última novela de Ishiguro lo es especialmente. El motor de la acción, y el sustrato argumental son típica y genuinamente —al menos de momento— “ciencia ficción”, ya que la trama gira en torno a la clonación; su estructura y desarrollo argumental se enmarcarían en la más rígida ortodoxia realista; su filosofía respondería al más puro naturalismo determinista.

La resolución a este nudo gordiano se desvela bien avanzada la obra, cuando, como ya he anticipado, uno de los personajes secundarios comunica a los protagonistas -y por tanto a los lectores- la realidad de sus vidas: “El problema a mi juicio es que se os ha dicho y no se os ha dicho…. Vuestras vidas están fijadas de antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales. Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado…. No debéis olvidarlo.” (págs. 106-7) Y es que los tres protagonistas de esta obra, la narradora Kathy, el irascible Tommy y su novia Ruth, son clones “creados” con la única función de ser donantes de órganos.

Desvelar este extremo —obviamente imprescindible para la reseña— supondrá para el lector una cierta pérdida del suspense inherente a las primeras cien páginas, pues la sensación de creer que encontrarnos ante las memorias de una alumna perteneciente al internado de Hailsham en Gran Bretaña a finales del siglo XX, a lo que todo parece apuntar, resulta un tanto extraña y, tal como ocurre, espera el lector que un acontecimiento altere sustancialmente lo que ha estado leyendo. Bien sea por la intriga de la narración en esta primera parte, o en el caso de quien suscribe por las personales reminiscencias de lo que eran los internados, es la vida de los jóvenes en Hailsham, donde permanecían hasta los dieciséis años, lo más interesante de la novela.

Los tres personajes ya mencionados forman un triángulo amoroso que sigue fielmente la formulación arquetípica de esta recurrente figura narrativa: Kathy está secretamente enamorada de Tommy, el novio de su mejor amiga Ruth, y, como siempre, lo inevitable terminará por suceder. Ésta es la estructura fundamental que sustenta la obra, pero los diferentes acontecimientos de sus años en la arcadia de Hailsham que rememora Kathy surgen como una concatenación de recuerdos, en el que uno conduce al otro de forma natural. Su trabajo es el de “cuidadora” de quienes ya han donado sus órganos —Ruth ya ha muerto y Tommy no durará mucho tiempo—, mientras ella misma espera recibir la notificación para trasladarse al hospital donde cumplirá su cometido.

Es el momento de recordar. Indudablemente, la clonación humana bien hubiera podido derivar el argumento hacia una novelada aproximación ética del tema, o en un teórico desarrollo filosófico, pero ni lo uno ni lo otro —lo que en cierta forma es de agradecer— parecen ser los intereses literarios de Ishiguro en Nunca me abandones (el título de la novela corresponde al título de la canción favorita de Kathy), novela en la que sigue similar camino al iniciado en Los inconsolables y continuado en Cuando fuimos huérfanos, pues Kathy, como Banks en esta última, no intenta sino comprender el sentido último de su vida: “Incluso he llegado a lograr que me guste la soledad…. Me gusta la sensación de montar en mi pequeño coche, sabiendo que durante las dos horas siguientes estaré en la carretera con ensueños de vigilia” (pág. 256).

Aunque la protagonista-narradora sea un clon, sus preocupaciones son las mismas del común de los mortales: el amor, el sexo, alcanzar en último extremo la felicidad representan las preocupaciones, miedos y ambiciones de Kathy. La resolución final resulta, cuando menos, “atípica” o “extraña”, adjetivos que entenderán perfectamente quienes lean la obra.