Letras

Cómo era ser Franz Kafka

La obra de Stach resulta fascinante y controvertida por los postulados metodológicos de los que parte, explícitos en una introducción que no tiene desperdicio. Este volumen supone la reivindicación para la biografía de un título de nobleza

8 mayo, 2003 02:00

Kafka. Los años de las decisiones

Reiner Stach

Traducción de Carlos Fortea. Siglo XXI. Madrid, 2003. 709 páginas. 34,’90 €

Aunque en el prólogo y el primer capítulo de esta biografía se atienda a referencias de 1910 y 1911, los “años de las decisiones” aquí minuciosamente referidos son los cuatro siguientes, hasta 1915. En ese interregno, Franz Kafka mantuvo una febril actividad literaria, de creación y de búsqueda de un lugar y un nombre en la literatura alemana, gracias sobre todo a la ayuda de Max Brod y la atención que le presta Kurt Wolf, un editor de Leipzig.

Con él publicará su primer libro, Contemplación, al tiempo en que escribía sucesivas versiones de El desaparecido (América) y El proceso, y daba a la estampa El fogonero y, ya en plena guerra mundial, La metamorfosis. Pero en el terreno de lo personal, el escritor compatibiliza malamente su trabajo a media jornada en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia en Praga con la gestión de una fábrica familiar de amianto, y comienza su relación amorosa, fundamentalmente epistolar, con una muchacha judía residente en Berlín, Felice Bauer, con la que, en 1914, sella, y luego rompe, un compromiso matrimonial.

Demasiadas cosas para un joven hiperestésico, vegetariano y naturista que, en virtud del “autosabotaje” (pág. 303) que Reiner Stach le atribuye, se disculpa ante el jefe de su oficina por una falta al trabajo aduciendo que la culpa es sólo suya, por su “espantosa doble vida, de la que probablemente no habrá más escapatoria que la locura” (pág. 44). Doble vida en la que todo —familia, profesión, salud, amor, amistad, fidelidad a su estirpe, política, ocio— forma una suma ingente siempre relegada ante una sola cosa, la literatura, por la que Kafka, en una carta a Felice Bauer de 14 de agosto de 1913, confiesa no tener interés, “sino que estoy hecho de Literatura, no soy otra cosa y no puedo ser otra cosa”.

Kafka mantuvo una doble vida en la que todo forma una suma ingente siempre relegada ante una sola cosa: la literatura

Reiner Stach reconoce la aportación de Klaus Wagenbach en su biografía del Kafka joven que llega hasta 1912, y dedica setecientas páginas a avanzar tres años más en la vida del escritor praguense. Aparte del tour de force que esta ecuación entre texto y tiempo representa, y que promete nuevos volúmenes correspondientes a los nueve últimos años de Franz Kafka, la obra de Stach resulta fascinante y controvertida por los postulados metodológicos de los que parte, explícitos en una introducción que no tiene desperdicio, y luego reiterados en varios de los capítulos de la biografía propiamente dicha, que en este sentido adquiere el sesgo de una auténtica metabiografía.

Stach es un biógrafo bien arropado por múltiples saberes. Su obra trasluce un buen conocimiento de la Literaturwissenschaft, sobre todo en su dimensión empírica ampliamente cultivada en los últimos decenios precisamente en Alemania, con su atención a los procesos de creación, mediación, recepción y recreación o postprocesado de los textos literarios, pero no le son ajenos tampoco los referentes teóricos del psicoanálisis y el marxismo, que aplica con buen tino al caso de Kafka. Pero es de destacar, sobre todo, su preocupación estético-filosófica, el “punto de vista hermenéutico” al que alude en la página 167 y, sobre todo, recurre en la mencionada introducción.

En esta biografía Stach persigue, y casi siempre logra, alcanzar una quimera: el conocimiento de cómo fue ser Franz Kafka

Con un cierto ademán arrogante, Stach pone en cuestión la metodología de sus colegas al uso, y es rotundo al afirmar que “el biógrafo de un filósofo debería saber pensar, y el de un escritor, saber escribir”. De ello se siguen dos consecuencias cabalmente cumplidas en Kafka. Los años de las decisiones: la reivindicación para la biografía de un título de nobleza, el de género literario autónomo, y la afirmación palmaria de que la empatía es la “palabra mágica del biógrafo”.

En términos de Hans Georg Gadamer, esta actitud frente a la de los biógrafos positivistas equivale a la contraposición que se hace en Verdad y método entre una “hermenéutica de reconstrucción”, en la estirpe de Schleiermacher, y otra “de integración” como la que Hegel propugnaba. No quiere ello decir que Stach opte descaradamente por la invención en vez de la documentación. Conoce y maneja ese filón casi inagotable que representan los diarios de Kafka, sus manuscritos, sus cartas y las que le escribía Felice Bauer, los textos de Brod, y otros documentos diversos, tanto literarios como fotográficos.

Como el mismo Stach reconoce, hay días de la vida de Kafka en aquellos años en que podemos reconstruir lo que hizo hora a hora, pero incluso cuando esto es así queda un margen de comprensión simpatética que el biógrafo debe perseguir para alcanzar una quimera: el conocimiento de cómo fue ser Franz Kafka.