La pirámide de Kefrén con un cielo estrellado al fondo, en una imagen creada con inteligencia artificial

La pirámide de Kefrén con un cielo estrellado al fondo, en una imagen creada con inteligencia artificial

Arqueología

Pirámides, templos y colosos: las estrellas como mapa y brújula del mundo

El egiptólogo español Tito Vivas revisa en su último libro los grandes enigmas del pasado y por qué las civilizaciones del mundo antiguo se centraron en la trascendencia después de la muerte.

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La fascinación que ejerce sobre nosotros el mundo antiguo se basa en una sutil combinación de respuestas innegables y preguntas sin resolver. Los restos arqueológicos, a menudo apabullantes, están delante de nosotros, incluso tras milenios de abandono, pillaje y deterioro, mientras las incógnitas sobre su funcionalidad y, sobre todo, los métodos de construcción que utilizaron las civilizaciones que los crearon, se mantienen dentro de la esfera del debate académico.

Se pueden negar los dioses, pero no se pueden negar las pirámides, porque están ahí, inmensas, colosales, casi burlándose de nuestra incredulidad, con sus millones de bloques de piedra tallada repitiendo constantemente la pregunta de cómo, quién y para qué las construyó.

La respuesta, de momento, es como la que deben dar los matemáticos cuando se les pregunta el valor de cero partido por cero, o infinito partido por infinito: es una indeterminación. Indeterminación, sí, o dicho de otro modo, que no lo sabemos, porque reconocer la propia ignorancia es el único camino hacia buscar métodos que esclarezcan estas lagunas del conocimiento. Ese es también el camino que siguen los matemáticos.

Cuando te acercas al libro de Tito Vivas, Pirámides, dioses y sabidurías del mundo antiguo, lo primero que piensas es que vas a vivir una especie de momento Daniken, con innumerables guiños a la posibilidad de que existiese otra civilización anterior a la humana, de procedencia extraterrestre, que conociese tecnologías capaces de levantar estos monumentos.

Y lo cierto es que se trata de justamente lo contrario, porque Tito Vivas, a pesar de ser un gran divulgador, y de su uso exhaustivo del humor y la ironía, es ante todo un científico, y además de hablarnos de las incógnitas, nos relata también la historia de las hipótesis que se han ido generando a lo largo de los siglos, desde Heródoto hasta hoy.

Ya sabemos que para el que tiene un martillo, todo son clavos. En la antigüedad, estas obras tenían que ser creaciones de los dioses o de seres sobrehumanos. Luego, con la popularización de los OVNIS y los viajes espaciales, la propuesta se trasladó al espacio, y estoy seguro de que aparecerán nuevas hipótesis en el futuro.

En esta clase de temas, el problema de las fuentes es de primera magnitud. Se suele citar a Heródoto porque es uno de los testimonios más antiguos conocidos. Cuando recorrió Egipto, allá por el año 450 antes de Cristo, preguntó a los sacerdotes y a la población local cómo se habían construido las pirámides, y nos cuenta lo que le respondieron, suponemos que con la máxima veracidad.

La cuestión es que las pirámides se construyeron alrededor del 2500 antes de Cristo, y preguntarle a un egipcio de la época de Heródoto cómo se construyeron es como ir hoy a Segovia y preguntarle a un segoviano cómo se construyó el acueducto, hace dos mil años. A saber con quién te encuentras y a saber lo que te dirá, pero desde luego no se puede hablar de un testimonio de primera mano.

Nada más echar un vistazo al índice del libro, y recomiendo hacerlo después de leerse un buen trozo y no antes, el lector se puede hacer una idea de que se trata de un trabajo enfocado a la investigación de cómo y por qué las civilizaciones del mundo antiguo se centraron en la trascendencia después de la muerte, fijándose constantemente en las estrellas, que para ellos eran una puerta al otro mundo, un reloj que gobernaba este, y un mapa que era necesario descifrar.

Tito Vivas se plantea en este libro todas las preguntas: ¿quién construyó las pirámides? ¿Qué hay de cierto en la narrativa de los antiguos astronautas? ¿Fueron los templos más antiguos obra de civilizaciones desaparecidas? Las respuestas, sin excepción, son las de un científico que, precisamente por serlo, no renuncia al asombro.

Y su viaje no se reduce a las pirámides y a la civilización egipcia, su especialidad, sino que se extiende hasta Mesoamérica, Göbekli Tepe (Turquía) o Stonehenge, en Gran Bretaña, revisitando textos y tradiciones que han sido retorcidos durante décadas desde la pseudociencia, para ofrecernos una visión más realista pero igualmente entusiasta de los pueblos que levantaron esos monumentos.

Tito Vivas. Foto del archivo del autor

Tito Vivas. Foto del archivo del autor

En cuanto al autor, del que casi no he hablado aún, Tito Vivas es doctor en Egiptología por la Universitat Autònoma de Barcelona, especializado en la relación entre astronomía, religión y paisaje en las civilizaciones antiguas. Ha trabajado en yacimientos de Luxor, Asuán y Deir el-Bahari, y ha desarrollado estancias de investigación en instituciones como el Supreme Council of Antiquities de Egipto y la American University in Cairo, entre otros trabajos.

A lo largo de sus muchos viajes, se ha especializado en relacionar las civilizaciones antiguas con sus creencias y su integración en el territorio que les tocó habitar, haciendo especial énfasis en este último punto, puesto que las civilizaciones, como los idiomas, son hijas del entorno y prosperan o no dependiendo de su grado de adaptación a las condiciones ambientales que condicionan su desarrollo.

Ha escrito diversas obras sobre este mismo tema, entre las que cabe destacar Guía de Egipto para piramidólogos y marcianos, Tutankhamon, Howard y yo o El viaje de un egiptólogo ingenuo, todas ellas centradas en aportar un enfoque riguroso y a la vez divulgativo de un tema en el que han recalado demasiado hechiceros modernos.

Hablamos, por tanto, de un libro que trata de aportar algo de sensatez a una disciplina histórica atacada por el amarillismo de lo popular. O a lo mejor la palabra correcta no es "atacada", sino simplemente abordada, porque también la química se vio enormemente beneficiada por los esfuerzos de los alquimistas, y la astronomía aprovechó los trabajos de los astrólogos.

Todo es mejor que la ignorancia y la indiferencia. Todo es mejor que aquello de 'ni lo sé ni me importa'. Y si el autor es, a la vez, un entusiasta y un entendido, estamos ante la mejor combinación posible.