Cartel de Juan Gatti para la película 'Tacones Lejanos', de Almodóvar, portada de un disco de Tequila y fotograma de la película 'Martín (Hache)', de Adolfo Aristarain.

Cartel de Juan Gatti para la película 'Tacones Lejanos', de Almodóvar, portada de un disco de Tequila y fotograma de la película 'Martín (Hache)', de Adolfo Aristarain.

Historia

Exiliados argentinos en España por el golpe de Videla: el acento que agitó la cultura en la Transición

La cultura argentina permeó en un país que estaba dejando atrás el franquismo. Un éxodo de artistas que, a través de la música, el cine, el teatro, la literatura y las artes visuales, dinamizaron las propuestas de nuestra escena.

Más información: Crítica de 'Amarga Navidad': Almodóvar entrega un lúcido y vehemente autorretrato de la experiencia creativa

Publicada

La fértil conexión cultural que España mantiene con Argentina se explica a través de distintos hitos, pero hay dos momentos históricos que resultan cruciales. La guerra civil española y la consiguiente instalación de la dictadura en nuestro país motivó el exilio de multitud de artistas e intelectuales, perseguidos por su pasado republicano o, simplemente, por su rechazo al ideario que proyectaba el franquismo.

Uno de los destinos preferidos fue Argentina. Allí recalaron creadores como Rafael Alberti, que refirió "esta inseparable / nostalgia que todo lo aleja y lo cambia" en una de sus Baladas y canciones del Paraná, Francisco Ayala, Rosa Chacel, Margarita Xirgu, Manuel de Falla, Maruja Mallo, Jacinto Grau, Ramón Pérez de Ayala

Cuatro décadas más tarde, el desplazamiento devino a la inversa. El Proceso de Reorganización Nacional, nomenclatura perversa que remite a la dictadura de Videla, trató de ajustar cuentas con la comunidad artística que militaba en grupos de izquierda o se había posicionado a favor de corrientes análogas. Por afinidad cultural y proximidad lingüística, muchos de los huidos eligieron España como refugio.

Un golpe contra los artistas

En realidad, el desplazamiento arrancó antes del Golpe de Estado. La abyecta Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, comenzó a mover sus hilos –amenazas, secuestros, asesinatos…–cuando las Juntas Militares aún no habían tomado el poder por la fuerza en la última semana de marzo de 1976.

Héctor Alterio, fallecido en diciembre del año pasado, llegó a España en 1974. Tras la presentación de la película La tregua, de Sergio Renán, en el Festival de San Sebastián, se instaló en nuestro país. Había recibido información muy fiable acerca de los propósitos de la Triple A: el actor y su familia estaban en peligro, así que decidió quedarse en Madrid con su esposa y sus hijos, Ernesto Alterio –que tenía cuatro años– y Malena Alterio, recién nacida.

El caso de Juan Diego Botto y María Botto es equivalente al de los hermanos Alterio. Solo que los hijos de la gran preparadora de actores Cristina Rota, que sigue al frente de una de las escuelas de interpretación más punteras de España, emplazada en Madrid, eran bebés cuando los milicos desaparecieron a su padre en la Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los siniestros centros de detención que usó la dictadura.

Juan Diego Botto relató la historia del exilio de su familia en la segunda parte de la emocionante –y celebrada: cuatro premios Max– Un trozo invisible de este mundo, obra teatral que dirigió Sergio Peris-Mencheta en 2012.

La familia de Bárbara Lennie, cuyos abuelos paternos militaron en los Montoneros, también arrastra un rosario de desgracias vinculadas a la dictadura: una tía desaparecida, otra exiliada y otra torturada. Ella nació en Madrid por el exilio de sus padres, pero reconoció recientemente que "hay que hacer algo con todo esto". Con este dolor.

Todas esas historias se parecen: los que sufrieron directamente las represalias, como Luis Politti –secundario de lujo en La escopeta nacional, fue El Andarín en El corazón del bosque–, que fue torturado durante dos días, y los que se exiliaron por amenazas: el citado caso de Héctor Alterio, pero también el de Norman Briski, un habitual del elenco de Saura y Gutiérrez Aragón a finales de los 70 –Elisa, vida mía y Mamá cumple cien años, y Sonámbulos y El corazón del bosque, respectivamente– o el de Norma Aleandro, que en España no tuvo tanto predicamento como en Argentina (inolvidable su papel en La historia oficial, de Luis Puenzo, que trata el caso de los bebés robados durante la dictadura).

El editor Mario Muchnik, el actor Héctor Alterio y el escritor Martín Caparrós

El editor Mario Muchnik, el actor Héctor Alterio y el escritor Martín Caparrós

Como Cristina Rota, la madre de los hermanos Botto, Nancy Tuñón encarna el impacto cultural que tuvo en nuestro país el exilio argentino. Fundada en 1976 en Barcelona, la escuela de teatro Nancy Tuñón i Jordi Oliver, profesor de interpretación con el que la actriz acabaría asociándose una década después, ha alumbrado las carreras de actores multipremiados: Candela Peña (3 premios Goya), Laila Marull (3), Nora Navas (2), Anna Castillo (1), Quim Gutiérrez (1) Ángela Cervantes (3 nominaciones)…

Tuñón fue una de las maestras que desarrolló más intensamente en nuestro país el método Stanislavski, tan representativo de la escuela argentina. En una línea similar, pero desde otra disciplina, el ensayista y crítico de arte Oscar Masotta, exiliado argentino en Barcelona, introdujo en nuestro país las teorías del psicoanálisis que había abordado el psiquiatra francés Jacques Lacan.

Cecilia Roth, por su parte, representa la incardinación del artista argentino en la sociedad española durante la Transición y los años 80. Convertida en musa de la Movida madrileña por apariciones estelares como la de la película Arrebato, fue chica Almodóvar desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón y se codeó con las grandes personalidades de la época.

Entre ellas se encontraba el fotógrafo y diseñador Juan Gatti, figura crucial en la reconocible estética del cineasta manchego –es autor, por ejemplo, de los carteles de Tacones lejanos y Mujeres al borde de un ataque de nervios– y director de videoclips de algunos grupos liderados por Alaska.

"La Patria es un invento"

La película que le valió a Roth su primer Goya a mejor actriz, Martín (Hache) de Adoldo Aristarain, es una coproducción hispanoargentina que sintetiza las intensas relaciones culturales entre ambos países: el director de cine argentino exiliado (Federico Luppi, cuyo personaje dice: "El que cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento"), el actor español (Eusebio Poncela), la editora sin arraigo en nuestro país (Roth) y el rockero joven con problemas de drogas (Juan Diego Botto).

La peripecia de este personaje, Hache, nos recuerda a la de Ariel Rot, hermano de Cecilia (Roth), que tuvo que dejar el Madrid de la Movida para desengancharse de la heroína (el viaje que emprende el protagonista de la película es al revés: de Buenos Aires a la capital española). Años antes había conocido a Alejo Stivel en un concierto de Paco Ibánez en Buenos Aires. Ambas familias se exiliaron en España y los jóvenes formaron una banda: Tequila.

Eran la versión sofisticada y juvenil de músicos como Moris, pionero del rock argentino, que tuvo la audacia de imponer el idioma español en un momento –años 60– de fiebre por lo anglosajón. Su padrastro fue asesinado en un enfrentamiento con los militares y, por recomendación del compositor y poeta Facundo Cabral, Moris se vino a España.

El rock de exiliados argentinos –del grupo Aquelarre a compositores como Roque Narvaja, autor de la Santa Lucía que popularizó Miguel Ríos, pasando por Sergio Makaroff o Andy Chango, que tuvo una hija con Emma Suárez– legó al de nuestro país el énfasis urbano del que más tarde se alimentaron bandas como Leño o Asfalto.

En aquella red de contactos sobresalen nombres como el del músico, actor y productor Joe Borsani, que se encontraba de gira con el grupo Los Tíos Queridos cuando Videla dio el golpe. En aquella banda estaba su entonces pareja, María Teresa Campilongo ‘Rubí’. Borsani fue programador artístico de la sala Rock-Ola desde 1983 hasta 1985.

Del rock urbano a los libros

Jorge Álvarez compartía ese eclecticismo. Fundador en los años 60 de una editorial que en Argentina aupó las carreras de Rodolfo Walsh o Ricardo Piglia, durante su exilio en España se desempeñó como productor de discográficas como CBS y BMG, y respaldó algunos proyectos de Antonio Flores, Mecano y Joaquín Sabina, entre otros.

La sombra de la literatura argentina fue especialmente alargada en el sector editorial de nuestro país durante los años de la Transición. Martín Caparrós, Antonio di Benedetto, Griselda Gambaro, Daniel Moyano o Blas Matamoro, editor de la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2008, fueron algunos de los autores que fijaron su residencia en España tras el golpe. También Fernanda García Lao, pero esta aún era una niña cuando su familia se mudó a nuestro país en 1976.

Las editoriales de gran prestigio se impregnaron del acento argentino, pues comenzaron a requerir los servicios de traductores de primer nivel. Es el caso de Marcelo Cohen, que, además de escritor y director de la revista Quimera, colaboró con Anagrama y Tusquets, entre otros sellos, mientras que Lumen publicó la célebre traducción de Ricardo Pochtar de El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Marcelo Covián, Federico Gorbea, Susana Constante o Alberto Cousté fueron otros traductores implicados en la profesionalización del sector, en cuya consolidación definitiva tuvieron mucho que ver también dos editores argentinos. Uno fue Juan Martini, exiliado en Barcelona. Como editor de Bruguera, se le considera uno de los artífices de la explosión de la novela negra en España. El otro fue Mario Muchnik, que introdujo en España a autores de la talla de Primo Levi, Elias Canetti o Susan Sontag.

Muchnik llegó a Barcelona en 1978 como director del sello Muchnik Editores, fundado años antes junto a su padre. Su extraordinario instinto le condujo a las grandes editoriales, entre las que se encontraba Seix Barral –fue, además, fundador de Anaya, pero la acabó vendiendo–, y acometió la heroica tarea de publicar una traducción desde el ruso de Guerra y paz.

Hasta su muerte, fue uno de los editores más respetados de la literatura en español. Además, destacó como fotógrafo, igual que su compatriota Pepe Lamarca (sus instantáneas de artistas flamencos –Camarón, Paco de Lucía...– son inmortales), también exiliado. Otro ejemplo de la relevancia que en España tuvo la cultura argentina a finales de los 70 y principios de los 80.

A mediados del 82, en España ganó el PSOE de Felipe González y la dictadura de Videla agonizaba tras la derrota en la guerra de las Malvinas. La situación no tardó en normalizarse y muchos de los creadores argentinos pudieron regresar. Pero la huella que dejaron en nuestro país sigue vigente.