Un momento de 'El jardín de los cerezos'. Fotos: Javier Naval

Un momento de 'El jardín de los cerezos'. Fotos: Javier Naval

Teatro

'El jardín de los cerezos' de Chéjov: cuando los viejos valores se vuelven confusos

El director Juan Carlos Pérez de la Fuente y el dramaturgo Ignacio García May firman esta versión sobre la decadencia de una familia aristocrática obligada a deshacerse de su hacienda.

Más información: Los fantasmas del IRA y el espíritu del rock invaden el Lliure con 'El barquer'

Publicada

“Este escenario te habla y te dice, en mi interior, cabe todo Chéjov”, comenta Juan Carlos Pérez de la Fuente (Talamanca de Jarama, 1959). Como una inmensa estepa rusa el Teatro Fernán Gómez despliega sus 22 metros de largo para acoger la última obra que escribió el autor de La gaviota antes de morir. Su aroma es un olor dulzón, a miel de abeja, en un intento de apelar a todos los sentidos. También de devolver la obra a su origen. “Quería que fuera rusa y la he dejado en 1904”.

El jardín de los cerezos fue escrita a principios del siglo XX en un momento particular para su autor. “No olvidemos que Chéjov tenía tuberculosis cuando la empieza. Aquí el hombre va a morir, es médico y está condenado. Y escribe este texto que permanece, y del que nace todo lo que va a ser la modernidad del teatro contemporáneo”, señala el director a El Cultural.

Escrita en cuatro actos y ambientada a finales del siglo XIX, tras el decreto de la liberación de 1861 que puso fin a la servidumbre en Rusia, la obra contaba la decadencia de una familia aristocrática obligada a deshacerse de su hacienda.

La pieza dialoga con este momento de caos y confusión en el que vivimos ahora, en el que los viejos valores que nos alumbraron, equivocadamente o no, están confusos. En ella está tan perdido el nuevo burgués, como es Lopajin, como lo están estos personajes que no han sabido enfrentarse a una vieja aristocracia rancia”.

Curiosamente, una de las alternativas que Chéjov nos propone en su historia para evitar la bancarrota de la familia es ofrecer la hacienda a los turistas. “La obra tiene una modernidad que nace del propio texto. En 1902, cuando empieza a escribir El jardín de los cerezos, se da cuenta de que lo que llega es el capitalismo y con él, el turismo”.

Un paralelismo que se vuelve pertinente hoy. Tal vez porque, como señala Ignacio García May (Madrid, 1965), encargado de realizar la nueva versión ya entonces “se esperaban muchas cosas buenas, muchos cambios positivos, de aquel siglo que empezaba, pero luego llegaron todo tipo de aberraciones”.

Si bien, añade, “nosotros estamos en las primeras décadas de un siglo diferente en el que estamos tan hartos de catástrofes y engaños que ya nadie espera nada; así que, con un poco de suerte, quizá el tiempo nos sorprenda regalándonos algún cambio positivo”.

Con un reparto encabezado por Carmen Conesa, Chema León y Markos Marín, a pesar de lo trágico de la situación, los personajes que describe el escritor ruso se ríen y se divierten como si aparentemente nada fuera a ocurrir.

“Unos y otros tienen un miedo terrible. A Chéjov le interesa el ser humano y después, todo lo demás. Si es obrero de la construcción, político o aristócrata, si vive en Kiev, en Nueva York o en un poblado de China, eso ya viene después. Son seres humanos mintiéndose y cabalgando, caminando. Y ahí es donde empieza toda esa textura emocional. Se está muriendo y aparece la risa y el humor”, señala De La Fuente.

'El jardín de los cerezos'. Foto: Javier Naval

'El jardín de los cerezos'. Foto: Javier Naval

Hay una “extraordinaria compasión, en el sentido estricto del término, con la que Chéjov contempla a sus personajes, esto es, a la humanidad entera”, comenta, por su parte, García May.

Nunca juzga, nunca se muestra superior a ellos. Escucha a todos, intenta comprenderles. Cree, como Jean Renoir en La regla del juego, que todos tienen sus razones, y por eso es un dramaturgo tan grande. Aunque, teniendo en cuenta que la nuestra es una sociedad donde imperan el prejuicio y el fanatismo, quizá el texto se haya vuelto más esotérico que las obras de Ionesco”.

“A Chéjov le interesa el ser humano. Si es obrero o aristócrata, eso viene después”,Juan Carlos Pérez de la Fuente

La versión que ambos presentan del 15 de febrero al 12 de abril en el Fernán Gómez trata de respetar la voluntad del autor de Tío Vania volviendo a la Rusia de la época y siendo fiel a la misma. Aquí se trata de entablar un diálogo con la obra desde ese distanciamiento de más de 120 años.

“Hacer una versión teatral es como hacer la reforma de un edificio –dice el dramaturgo–. Unas veces hay que tirarlo todo y dejar solo la fachada y otras, simplemente, hay que pasar la escoba y dar una buena mano de pintura. El caso de Chéjov es este último: la obra es magnífica y se mantiene en muy buen estado, así que se trataba sencillamente de facilitar que el lenguaje chejoviano llegara en toda su exquisita precisión. En cierto sentido he tenido que hacer el trabajo del Pierre Menard de Borges: reescribirlo todo para escribirlo igual”.

Unas gasas sobre el escenario dan vida a esta reescritura. El jardín de los cerezos lleva persiguiendo a De La Fuente desde que estudió en la Escuela de Arte Dramático. Es por eso tal vez, que el director del Fernán Gómez se ha implicado hasta en el diseño de la escenografía, ideada por él junto a Isi Ponce.

“Es un mundo que es sugerente, que está ahí, pero no tiene la corporeidad de que la casa es casa, sino que todo es un fluir maravilloso”. Además, añade, por primera vez la madera del escenario se va a pintar. “Chéjov decía que esta obra necesitaba honestidad, verdad y belleza. Y esta última está en el espacio, en esa tierra que estamos destrozando. Y también, en el jardín de los cerezos”. Fiel a la obra, el edén particular de estos personajes no aparecerá, tal y como el escritor ruso lo indicaba, más allá que por los olores.

Pero el jardín se perderá ante la incapacidad de reacción de sus propietarios. “Me hace gracia que se hable tanto del inmovilismo de Chéjov como si fuera una característica suya, y no de los seres humanos. ¿Pero es que acaso somos más activos nosotros? Constantemente nos pisan y no solo no reaccionamos, sino que encima aplaudimos. De todas formas, para mí El jardín de los cerezos no va de eso. Es la historia de cómo cada día, desde el principio de los tiempos, somos expulsados del Jardín del Edén. Y de cómo seguiremos así hasta que aprendamos que ese jardín está dentro de nosotros y no fuera”, concluye García May.