Teatro

Marsillach. Oportuna reivindicación del 'homo escenicus'

Actor, director, dramaturgo y gestor. Fue una figura clave de la escena española en la segunda mitad del siglo XX. Dos libros de Pedro Víllora y Mariano de Paco Serrano lo recuerdan.

1 marzo, 2019 01:00

Adolfo Marsillach

Es curioso el contraste que revelan dos recientes libros publicados (casi simultáneamente) con la figura de Adolfo Marsillach como protagonista. El de Mariano de Paco Serrano, Escenficar los clásicos (1986-1994) (ADE), es de alguna manera una historia triunfante. Analiza y describe con encomiable potencia visual los diez montajes firmados por Marsillach en sus dos periodos al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con ellos marcó un antes y un después en la representación de nuestros clásicos. Particularmente, con El médico de su honra, de ">Calderón, donde -apunta De Paco - "imprimió de manera más decidida su sello personal y contemporáneo". Por el contrario, Teatro completo (Punto de Vista), el volumen en el que Pedro Víllora compila las ocho obras suyas que se conservan, recuerda el escasísimo eco que tuvo su dramaturgia. Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? fue un éxito masivo y prolongado, sí, vale, pero la crítica la despachó con tibieza y cicatería: vieron en el texto un mero instrumento (más bien banal) al servicio de la irresistible frescura interpretativa de Concha Velasco y José Sacristán, que recogieron todos los elogios tras su estreno en el Teatro Principal de Valencia en 1980.



El resquemor por la escasa apreciación se lo llevó a la tumba en 2002. "Tuvo tanto éxito en el resto de sus facetas que no se le perdonó que además lo tuviera como autor", denuncia Víllora. De hecho, no se le abrió apenas hueco en las programaciones. Hoy el caso es más grave: no tiene ninguno. "Su obra -continúa Víllora- es excelente pero escasa y poco conocida. Además, prácticamente ningún autor de los que triunfaron en el último tercio del siglo XX (salvo quizás Sanchis Sinisterra y Alonso de Santos, que siguen vivos) se representa con continuidad en unas carteleras hasta cierto punto dominadas por la búsqueda de lo último y lo más joven". En cambio, su huella como director sigue siendo profunda y muy influyente. De Paco lo tiene muy claro: "Consolidó una nueva forma de entender la puesta en escena del teatro del Siglo de Oro español, basada en la firmeza del trabajo, en el concepto de espectacularidad, en la importancia del ritmo, en el estudio profundo, en la huida de la improvisación y en la pasión".



No son las únicas señas de identidad que nos legó. Fundamental fue también su vocación por consolidar compañías y repertorios. De ella dan cuenta dos hitos cruciales de nuestra historia escénica en democracia. En 1978 fundó el Centro Dramático Nacional. Aunque ver consumada esta iniciativa le procuró, básicamente, sinsabores : lo dirigió sólo la temporada inaugural y se despidió apesadumbrado por todas las broncas que le acarreó encauzarlo durante sus primeros balbuceos (los miembros del susceptible gremio teatral que no fueron convocados le juraron odio eterno). El otro gran proyecto que alumbró, a instancias de José Manuel Garrido, fue la Compañía Nacional de Teatro Clásico. En ella sí pudo desarrollar sus ideas a lo largo de un lapso más extenso (dos 'legislaturas': de 1986 a 1989 y de 1992 a 1996). De Paco también destaca su formación de los actores en el estudio y el trabajo sobre el verso, "proponiendo una forma clara, rítmica y musical de la recitación que buscara la naturalidad y acabara con el énfasis excesivo y la antigua declamación para conseguir sinceridad y credibilidad". Marsillach se propuso así acabar con el oropel cargante en nuestro Siglo de Oro.



"Conciliaba una imagen fuerte con una gran timidez, una contradicción que demuestra su inteligencia". Víllora



Como autor, decíamos, su influencia fue somera. Pero conviene leer atentamente su obra y contrastarla con lo que vemos hoy en nuestros escenarios, donde muchos jóvenes autores creen que están descubriendo el Mediterráneo, para comprobar que los caminos dramatúrgicos confluyen en ciertos puntos sustanciales. Algunas constantes de su obra fueron las concomitancias identitarias entre personajes y actores, los saltos en el tiempo, la identificación generacional mediante referencias sociales e históricas específicas… "El teatro -señala Víllora- no es especialmente novedoso cuando lo observas con la perspectiva del tiempo, y al de hoy le ocurre lo mismo: casi todo está ya hecho, lo cual no es demérito sino una demostración de continuidad cíclica. Marsillach conocía a la perfección a los clásicos así como a los autores de generaciones inmediatamente anteriores a la suya, y es lógico que esas mismas influencias se perciban en él y en quienes ha venido después".



Al margen del aspecto formal, el contenido de su obra estuvo marcado también por pertinaces denominadores comunes. "El principal es la mezcla de ternura e ironía con que muestra a la clase burguesa a la que él mismo pertenecía, estando muy próximo a Ionesco o Mihura al cuestionar los hábitos que constriñen y adocenan al individuo. Al tiempo, le preocupan el absurdo cotidiano y las dificultades de comunicación de las relaciones de pareja", explica Víllora, cuya compilación incluye obras todavía sin estrenar: Proceso a Mata-Hari (nuevo intento de conquistar al público con su pasión por la enigmática espía tras el fiasco de Mata-Hari), Se vende ático y El saloncito chino. Esta última es la que más merece ser desempolvada y llevada a las tablas, a juicio de Víllora, que la describe como "un reflejo de la decadencia de una sociedad que no comprende ni cómo funciona ella misma ni a dónde se dirige". Sus guiones para televisión, añade, también deberían ser 'peinados' de nuevo.



"Consolidó una nueva manera de escenificar el Siglo de Oro, basada en la espectacularidad y en el ritmo". De Paco
Otra frustración con la que se marchó fue con la de no haber escrito más. Pero, claro, los frentes se le acumulaban: como gestor, como director, como actor (televisivo, cinematográfico y teatral) y como ocasional adaptador. Aunque es curioso que su época de mayor fertilidad literaria la experimentó en la etapa en que estuvo al frente del Inaem, durante el mandato de Jorge Semprún como ministro de Cultura. En 1990, casi del tirón, escribió Se vende ático, Feliz aniversario y El saloncito chino. En sus jugosas e incisivas memorias explica qué había detrás de esa aceleración dramatúrgica: "Imagino que era un especie de desahogo después del tedio que me producía el trabajo burocrático. Llenaba los folios frenéticamente como si en aquella actividad me fuese la vida. De eso se trataba: de encontrar en la escritura una salida que me permitiera huir". Dicho eso, aclara que de todas formas no se arrepintió de asumir tales responsabilidades públicas, donde jugó, justo es decirlo, un papel crucial en el asentamiento de estructuras escénicas hoy básicas.



Tan prominente relieve social le granjeó inquinas tremebundas, típicas de un país catalogado con tino por Ortega como "aristófóbico". Alimentaron los desencuentros además su proverbial mal genio y un ego de importantes dimensiones. Defectos profundamente humanos a los que quita hierro De Paco: "Su actitud marcadamente irónica le valió la fama de hombre distante y displicente. Él mismo reconoció que siempre le encantó 'nadar contra corriente'. No obstante, lo que destaca fue la incansable capacidad de trabajo en todos los frentes de las artes escénicas y la insobornable dedicación a la excelencia de su oficio". Víllora también los atenúa : "Conciliaba una imagen fuerte con una gran timidez o acaso pudor, una contradicción que no deja de ser otra manera de demostrar humor, ausencia de radicalismo e inteligencia".



@albertoojeda77