Teatro

La verità majestuosa de Salvador Dalí

8 noviembre, 2013 01:00

El telón de Dalí en La verità. Foto: Viviana Cangialosi.

El poliédrico Daniele Finzi Pasca (clown, actor, director de ópera, coreógrafo...) presenta en el Teatro Valle-Inclán 'La verità', montaje que funde el teatro con la danza y el circo. El espectáculo se desarrolla encuadrado por un enorme telón pintado por Dalí a principios de los 40, para un ballet estrenado en Nueva York e inspirado en 'Tristán e Isolda'.

Dalí pintó a principios de la década de los cuarenta un enorme telón de 15 metros de largo y 9 de ancho para el ballet Tristan fou, basado en el cuento clásico Tristán e Isolda. El pintor catalán, ferviente admirador de Wagner, se inspiró sobre todo en el dramatismo de la versión operística del compositor alemán. Aunque también le dio al descomunal retrato un aire surrealista y tenebroso. La cabeza de Isolda aparece cubierta por una especie de vendas, a la manera de Los amantes de Magritte, algo que alimenta el carácter inquietante de la enorme pintura. El ballet, coreografiado por Leónide Massine, fue estrenado en 1944 en el International Theatre neoyorquino. La tela cruzó luego el océano. La última vez que se expuso al público fue en una función en Londres, en 1949. Y desapareció.

Pero una combinación de afortunadas circunstancias la han devuelto al destino para el que fue concebida: lucir su majestuosidad sobre el escenario. La Compañía Finzi Pasca encuadra con el telón daliniano su espectáculo La verità, donde funde el teatro, la danza y el circo. Su gira mundial llega ahora al Teatro Valle-Inclán de Madrid (desde este viernes al domingo).

Hasta hace cuatro años todavía estaba acartonándose en un baúl. Probablemente pertenecía al Marqués de Cuevas, que fue quien financió el ballet original. Pero luego pasó a manos desconocidas. Apareció hará unos cuatro años y, tras su restauración, una fundación decidió adquirirlo y se puso en contacto con Daniele Finzi Pasca (Lugano, 1964), con el fin de que este poliédrico creador escénico (clown, director de ópera, actor, coreógrafo) lo emplease en una de sus obras. Eso sí, conservando el secreto de su identidad. Esta institución practica la filantropía cultural desde la sombra, sin figurar ni alardear.

El ofrecimiento llegó en un momento muy oportuno. Finzi Pasca y su mujer, Julie Hamelin, una de las fundadoras del Cirque Eloize, estaban rebuscando en su inagotable chistera un nuevo montaje tras el estreno de Rain en París. "Fue como la guinda a un pastel que llevábamos tiempo preparando. Esta fundación creía que el telón de Dalí tenía mucho que ver con nuestro lenguaje, en el que el gesto acrobático se encuentra con la representación teatral, y huye de los descriptivo para entrar en el terreno de la ilusión", explica Daniele Finzi Pasca a El Cultural. "Además, el hecho de que las caras aparezcan tapadas me recuerda, aparte de a Magritte, al Cristo velado de Giuseppe Sammartino en la Capilla de San Severo en Nápoles. Es algo que tiene mucho que ver con la estética y la ética del clown que hemos defendido desde nuestro orígenes".

En efecto, Daniele Finzi Pasca empezó a ganarse la vida con la interpretación metido en la piel de un payaso. Después de volver de un viaje a la India, adonde había escapado tras un sobresalto sentimental de adolescencia y donde colaboró con misioneros salesianos, fundó a mediados de los 80 la compañía Teatro Sunil. En Lugano tenían una pequeña sala de 48 butacas que todavía mantienen. Pero en los últimos años los proyectos de esta formación han crecido en envergadura. Hasta límites insospechados. Estos días Finzi Pasca anda angustiado con todas las reuniones en las que debe estar presente para ir dando forma a la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi (Rusia), que se celebrarán el año que viene. Él ya tiene experiencia en estas lides: puso punto final a los juegos invernales de Turín en 2006. Pero aun así los nervios de los preparativos le acucian.

La ópera es otro de los terrenos en el que se ha volcado recientemente. Puso en escena Aida en el Teatro Mariinski (con Valery Gergiev en el foso) y Pagliacci de Leoncavallo en el San Carlo de Nápoles. El mastodóntico Circo del Sol también ha succionado su talento y su fecunda imaginación: Corteo es un espectáculo que lleva su firma y todavía recorre el mundo. "Mantengo una gran amistad con ellos. Seguramente no tardaremos en trabajar juntos de nuevo", adelanta.

Para afrontar todas estas superproducciones creó junto a Julie Hamelin la compañía Inelevitas en 2009. Ahora ha decidido fusionarla con Sunil, que estaba más centrada en obras teatrales en un sentido más puro. El primer montaje que aborda con las dos formaciones engranadas es precisamente La verità. Esa verdad a la que alude el título la encontró Hamelin en unos apuntes antiguos de su marido: "La verdad es todo lo que soñamos, lo que experimentamos, lo que creamos; todo lo que forma parte de nuestra memoria".

En definitiva, todo aquello que queda registrado en el subconsciente. El surrealismo buceó en ese magma primigenio, tan fértil para fines artísticos. Ahí también rastrea Finzi Pasca para extraer el material con el que levantar su nuevo ingenio escénico. Pero reconoce que Dalí no se encuentra entre sus pintores predilectos. "Sólo tenemos en común que a los dos nos gustan los erizos de mar", bromea. Luego se pone serio: "Sus monstruos y sus pesadillas no me estimulan tanto. De entre los surrealistas me identifico mucho más con Chagall. La representación de sus sueños es más sutil, más evocadora. Refleja el dolor elevado como en una suerte de baile. En Dalí todo es mucho más desgarrado, más tremendo".

Perdido en la vejez

Aunque hay un Dalí con el que sí conecta: "Me interesa sobre todo cuando era un viejito y parecía perdido. Ya no estaba Gala a su lado y no se mostraba tan expansivo y exagerado. Es un tiempo en el que realiza reflexiones deslumbrantes sobre la mística y la ciencia". A Finzi Pasca le enternece ese anciano desbordado por la leyenda que él mismo infló hasta el borde del estallido. Es una compasión la del clown suizo que define bien su trabajo creativo. No en vano, él acuñó el conocido como teatro de la caricia. "Mi intención es conmover, provocar catarsis que ayude al espectador a superar sus miedos y sus dolores confrontándose con nuestras historias. Es un teatro sencillo, como las recetas de nuestras abuelas, que mimaban cada ingrediente para sacarle el máximo sabor posible. Mi deseo es que los actores y el público acaben bailando una misma danza al final del espectáculo".