Un momento de 'La novia vendida' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real

Un momento de 'La novia vendida' en el Teatro Real. Foto: Javier del Real

Ópera

'La novia vendida': Dios, cerveza y ruralismo checo protagonizan este singular acontecimiento en el Real

Aterriza en el coliseo madrileño la versión original de esta ópera de Bedrich Smetana, con Laurent Pelly en la dirección escénica y Gustavo Gimeno al frente de la orquesta.

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Un singular acontecimiento lírico está previsto en el Teatro Real: la representación en tiempos modernos de La novia vendida de Bedrich Smetana (1824-1864), un título presentado en ese coliseo en 1924 por una compañía checa.

Pasados los años, en 1973, se pudo ver en el Teatro de la Zarzuela gracias a los Amigos de la Ópera de Madrid por la Compañía del Teatro Nacional y de la mano de la Ópera de Belgrado en traducción al serbocroata.

Ha de ser bienvenida la reaparición de esta obra maestra en su versión original para nada menos que diez representaciones. Estará en cartel desde este martes al 30 de abril.

La mano de Smetana, su inspiración, se deja ver, y oír, en esta comedia en donde se dan cita las características habituales de su música: sabia orquestación, empleo de lo popular como base, en pentagramas originales y refrescantes, mágico e inesperado toque de un curioso, podríamos decir, preimpresionismo. Todo orientado en este caso a la descripción de sentimientos a flor de piel de unos personajes sacados del pueblo.

La ópera, que se estrenó, en una primera versión, en dos actos, con diálogos hablados, en el Teatro Provisional de Praga en 1866, se presentó de forma definitiva, en tres actos, en 1870.

Escena de 'La novia vendida'. Foto: Javier del Real

Escena de 'La novia vendida'. Foto: Javier del Real

El libreto de Karel Sabina, aunque adaptado a las costumbres y tradiciones locales, y por muy convencional que pueda parecer, podríamos decir que es del estilo de los de alguna de las óperas bufas o cómicas italianas de años anteriores. Como afirma Piotr Kaminski, “la música otorga veracidad y humanidad a la narración. Describe un universo en el que se querría vivir y en el que nada malo puede suceder”.

A lo largo de la ópera van apareciendo incontables, atractivos y recordables motivos. Impresiona de entrada el furiant checo en forma de fugato que anima la refrescante obertura y que tantas veces se ha oído en concierto. La primera conversación entre Marenka y Jenik, en la que el clarinete cumple un gran papel, reaparecerá, con su motivo principal, a lo largo de la obra como símbolo de los sentimientos que unen a los dos amantes.

La mano de Smetana se nota en la sabia orquestación y el empleo de lo popular como base, en pentagramas refrescantes de un preimpresionismo

Destaquemos también la polca que cierra el primer acto, o el coro de los borrachos, tan weberiano. Estupendo, asimismo, el dúo que mantienen Jenik y Kecal, de directa comicidad, cerrado con una magnífica stretta.

El gran final recupera, nada raro, el tema de la obertura. Y la entrada del circo nos reserva la sorpresa de escuchar una marcha y una danza inspiradas y motóricas.

La novia vendida, hay que tenerlo claro, no es una opereta folclórica, sino una extraordinaria instantánea sobre la identidad rural checa, tranquila y feliz de ensalzar a Dios, a la danza y a la cerveza. La aparición de numerosos ritmos populares –furiant, skocna y polca entre ellas– contribuye a dotar de dinamismo y frescura al entramado. Como la armonía, tan schubertiana a veces.

Se cuenta en el foso con el director musical del Real, Gustavo Gimeno, que tantas pruebas ha dado ya de su conocimiento y soltura en el manejo de estructuras musicales del Este. Recordemos su labor dirigiendo El ángel de fuego de Prokófiev o Eugenio Oneguin de Chaikovski, que en todo caso son óperas de muy distinto tipo.

Un momento de 'La novia vendida', con todo el elenco en escena. Foto: Javier del Real

Un momento de 'La novia vendida', con todo el elenco en escena. Foto: Javier del Real

Se cuenta con una nueva producción en la que colaboran, con el Real, la Ópera Nacional de Lyon, la Ópera de Colonia y la Moneda de Bruselas.

La escena será cosa –y eso es buena noticia– de Laurent Pelly, que dirige su séptima producción en el coliseo madrileño y que sitúa la trama en un mundo imaginario –sobre escenografía de Caroline Ginet–, en el que los personajes evocan los dibujos animados checos de los 50 y 60, en una divertida sincronía con la música, que explora la comicidad e ingenuidad de la obra.

Abundan los nombres checos en el reparto. Marenka se la disputan Svetlana Aksenova y Natalia Tanasii. Jenik estará en las gargantas de Pavel Cernoch y Sean Pannikar. Kecal se lo disputan los sólidos y ya conocidos por estos andurriales Günther Groissböck y Martin Winkler.

Aplausos para la aparición de unas cuantas voces españolas en partes más secundarias: Manel Esteve, María Rey-Joly, Toni Marsol, Mikeldi Atxalandabaso, Moisés Marín, Rocío Pérez e Ihor Voievodin.