El café central de Madrid.

El café central de Madrid. Cristina Villarino

Música

Café Central, una historia de jazz y resistencia: "Lo auténtico es que existan cafés que no sean copias de otros"

En abril comenzará una nueva etapa en el Ateneo, pero su despedida de la plaza del Ángel tras más de cuatro décadas simboliza la desaparición del tejido cultural urbano.

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Decía Fernando Pessoa que Madrid era una ciudad de cafés: estaba el Lion, donde José Bergamín puso en marcha la revista Cruz y Raya; el de la Montaña, aquel café de Sol en el que Valle-Inclán acabó perdiendo el antebrazo izquierdo tras una pelea; el Pombo, guarida de las greguerías de Gómez de la Serna en la calle Carretas; el Comercial, mesa fija de Umbral y Ferlosio; y el Gijón, que hasta hace muy poco aún guardaba ecos de grandes tertulias literarias.

De esos lugares, con excepción del Comercial y el Gijón —que reabrirá sus puertas el próximo 1 de abril—, solo queda una placa conmemorativa. "Si Pessoa viese la ciudad ahora, se cabrearía", asegura Juantxu Bohigues, trabajador del Café Central durante más de una década. El histórico club de jazz de la Plaza del Ángel anunció en julio de 2025 que cerraba sus puertas tras más de 40 años.

"Los que trabajamos ahí nos enteramos en dos semanas. Sabíamos que teníamos algunos roces, subidas de alquiler... la empresa dueña del Café siempre quería ganar más. Nosotros queríamos que nos hiciese un contrato de 15 o 20 años para poder continuar ahí, pero se acabó nuestro contrato de cinco años y simplemente no se pusieron en contacto con nosotros. No querían negociar, querían que nos fuéramos", lamenta Bohigues a El Cultural.

Interior del Café Central, Madrid.

Interior del Café Central, Madrid. Cristina Villarino

En un principio, el cierre estaba previsto para octubre de 2025, pero varias prórrogas han mantenido con vida el local hasta el próximo 16 de abril, que se mudará a la planta baja del Ateneo de Madrid, ubicado prácticamente a la vuelta de la esquina. En esta nueva sede, bautizada como Café Central Ateneo, continuarán con su programación habitual: dos conciertos cada día y, de forma paralela, se organizarán conciertos cada 15 días en La Cátedra del Ateneo, uno de los auditorios de mayor aforo de la institución (300 personas).

Desde el anuncio del cierre definitivo, las noches en la plaza del Ángel han transcurrido con una extraña normalidad, entre la celebración y la despedida, durante los llamados "conciertos de la resistencia". No es fácil, pero Bohigues sabe muy bien cómo moverse por el Central —algo tendrán que ver sus 24 años trabajando en el Café Comercial —, y posee ese difícil equilibrio entre ser sigiloso, discreto y atento en un espacio tan reducido.

Frente a la estética impersonal de los cafés de especialidad, el Central conserva el aire clásico de los viejos cafés europeos. En sus paredes aún resuenan las cuerdas del piano de Tete Montoliu —que tocó cada noche del agosto de 1994 para salvar el local del cierre—, el saxo de Bobby Watson y de Pedro Iturralde, o la flauta flamenca de Jorge Pardo.

Como la de ellos, la música de los miles de artistas que han pasado por este escenario se condensa en los más de 14.000 conciertos a los que rinde pleitesía Café Central. Una historia del jazz (2025), libro que empezó a gestar Bohigues antes de la triste noticia, pero que funciona ahora como un homenaje a los artistas que han dado luz al local.

"Para los músicos de Madrid el Central es historia de nuestra vida", cuenta a El Cultural Joaquín Chacón, guitarrista que lleva tocando en estos lares desde su apertura en 1982. De esos primeros pasos del Café recuerda, sobre todo, cuando un mismo grupo podía tocar durante una semana entera. "Era una oportunidad de poner en marcha proyectos y presentar discos, un escaparate de presentación muy bueno, porque en esa época había mucha efervescencia cultural y el sitio estaba lleno a diario. Era un lujo que ahora no sé si existe en alguna parte del mundo".

Joanquín Chacón y Bobby Martínez durante un concierto en el Café Central de Madrid.

Joanquín Chacón y Bobby Martínez durante un concierto en el Café Central de Madrid. Cristina Villarino

Al saxofonista estadounidense Bobby Martínez, que será uno de los últimos músicos en tocar en la plaza del Ángel, le gusta llamar al Central "el Blue Note de Madrid". El ambiente y su ubicación, señala, hacen que sea un sitio que siempre está lleno, "con público español de toda la vida y muchos turistas, pero siempre estás trabajando para gente a la que le gusta lo que tocas. Igual no es tan poderoso como el pop, pero el jazz tiene un público tremendo".

Durante sus 43 años de historia, los fieles del Central han ido cambiando. "Antes había muchísimo extranjero y gente mayor, y ahora están viniendo familias con niños y gente joven que tiene ganas de buscar algo nuevo. Es maravilloso ver cómo el jazz va rejuveneciendo. Es un género que siempre se ha llevado bien con todo el mundo", explica Bohigues.

Quizá por ello, en su empeño en encontrar un nuevo hogar, los dueños del Central hicieron un llamamiento al público y a posibles empresarios. Una llamada de auxilio a la que acudió Luis Arroyo, presidente del Ateneo de Madrid, que vio en esta unión "una ocasión bellísima de salvar décadas de tradición musical en Madrid", asegura El Cultural.

"Hemos llegado a un acuerdo interesantísimo para ambas partes. No se trata de un alquiler, sino de un convenio de colaboración entre dos instituciones". Un acuerdo que, en caso de disconformidad por cualquiera de las partes, puede revocarse con un preaviso de seis meses. "Quise incluir esa garantía para no hipotecar a quien me suceda en el cargo”, apunta el presidente del Ateneo.

Esta alianza, cuenta, conlleva ciertos desafíos — "Programar dos conciertos diarios durante todo el año entraña un riesgo"—, pero ha sido recibida con "mucha ilusión" también por parte de la Comunidad de Madrid y de los socios del Ateneo, que disfrutarán de un descuento importante en las entradas y podrán acceder al Salón de Actos de la Cátedra Mayor varias veces al año.

Juantxu Bohigues una de las noches en el Café Central.

Juantxu Bohigues una de las noches en el Café Central. Cristina Villarino

Según detalla Arroyo, el Café se instalará en la que hasta ahora era la Cantina del Ateneo. "Ellos ponen la música y nosotros el espacio: servimos las bebidas y la comida. No interferiremos en su programación ni ellos en la nuestra". "Lo único que queremos es que nos dejen trabajar y seguir dando el jazz a la gente de Madrid", asegura Bohigues.

Una de las artistas que estrenarán este nuevo emplazamiento será Sheila Blanco, cantante, pianista y compositora, que tocará en mayo junto al pianista Federico Lechner. Blanco ha perdido la cuenta de las veces que ha tocado en el Central — "Calculo que unas 40 noches a lo largo de 14 años y con diferentes proyectos"—, un lugar muy significativo para un artista porque "te hace sentir que perteneces a una comunidad musical que solía haber en esta ciudad", explica a El Cultural.

Detalle del interior del Café Central.

Detalle del interior del Café Central. Cristina Villarino

Del Central, admite, echará de menos "ese escaparate fabuloso al mejor lugar de paseo de Madrid y poder ver cómo anochecía y cambiaba la luz del lugar mientras sonaba la música". Aunque está convencida de que esta nueva etapa "conseguirá fidelizar al público y provocar ese calor que se respiraba en la plaza del Ángel".

Un optimismo al que se suma Chacón: "Este sitio tiene ya una energía muy mágica, impregnada por tantísimos conciertos y tanto público. En el otro habrá que construirla: es como un instrumento que haces con los años, empieza a coger su sonido, su voz, su vibración...".

Bohigues confía también en que la esencia del Café se traslade al Ateneo: "Será diferente, pero lo bueno es que vamos a permanecer los mismos: el mismo programador (Javier González), los mismos dueños (Jorge González Iglesias y su socio Guillermo Ramos) y el mismo equipo". Al fin y al cabo, considera, "esto es una pared, es un sitio que está construido y desaparecerá, los lugares son las personas, son las que mantienen un sitio vivo y afectuoso".

Uno de los tantos conciertos en el Café Central de Madrid.

Uno de los tantos conciertos en el Café Central de Madrid. Cristina Villarino

La clausura del Central llegó a oídos del periódico parisino Le Monde, que vio en ello un "indicio de que Madrid está en plena transformación". El escritor Pedro Bravo describe bien este fenómeno global en el ensayo recién publicado Antes todo esto era ciudad (Debate, 2026): "El paisaje comercial en ciudades de todo el mundo parece estar repetido. Cafés de especialidad, tiendas de segunda mano, comercios de sucedáneos del cannabis, hostels y hoteles, etc. Da igual que estés en Madrid, Barcelona, Berlín, Ámsterdam o París; son los mismos negocios con una decoración similar y una comunicación casi calcada".

"Es muy triste que la gente no se rebele ante el cierre de los cafés literarios y musicales. Lo auténtico es que existan cafés que no puedan ser una copia de otros, como puede ser el Café Belén, el Barberi...Y cuando desaparezcan todos, entonces sí que los vamos a echar de menos", lamenta Bohigues.

La pérdida del tejido cultural de las ciudades se ha acelerado a pasos agigantados en la última década y el caso del Central, por desgracia, no es una excepción: en Barcelona este año cerrarán también el bar musical Karma, abierto desde 1978, y La Deskomunal, una sala de conciertos que nació con la vocación de ser una alternativa para la difusión cultural en la ciudad.

Para Chacón, estamos en un paradigma cultural muy distinto al que vio nacer el esplendor y la efervescencia de lugares como el Central. Sin embargo, en el caso del jazz, no cree que el problema sea el relevo generacional del género. Profesor de jazz en un centro superior del País Vasco, sostiene que, en realidad, "hay demasiados músicos para tan poca sala”.

"El número de salas es el mismo o incluso menor y, sin embargo, la oferta musical de músicos y artistas cada vez es más grande. Hay muchos centros ahora en España de estudios oficiales de jazz, lo cual genera una oferta de artistas con muchísima preparación, que están deseando poner en directo sus proyectos. Pero los sitios que los acogen son cada vez menos, es difícil que alguien se anime a meterse en un negocio de este tipo".

Cartel del Café Central de Madrid.

Cartel del Café Central de Madrid. Cristina Villarino

"Todas las artes necesitan sus espacios donde desarrollarse, y financiación y promoción para permitir a los artistas desarrollar sus proyectos y llegar al público", coincide Sheila Blanco, para quien el problema es que "no se cuida ni se la valora la cultura como debería. La cultura es de todos y para todos y se la debería proteger a toda costa y más teniendo en cuenta el enorme legado y el talento que hay en este país".

Desde el año 2006, el Ayuntamiento de Madrid homenajea a los establecimientos centenarios de la ciudad mediante la concesión de una placa que se coloca en la vía pública junto al comercio distinguido."Nosotros llevábamos 43 años, pero debería hacerse algo", opina el trabajador del Central.

De momento, este legendario café tendrá la despedida que se merece. El 16 de abril, su mudanza al Ateneo será también un funeral festivo al estilo Nueva Orleans, con un desfile abierto a todos los músicos que quieran sumarse y a todos los vecinos de la ciudad. La resistencia, recuerda Bohigues, también es un acto de llamada, "de decirle a la gente: esto nos importa".