Víctor Coyote. Foto: El Volcán Música

Víctor Coyote. Foto: El Volcán Música

Música

Víctor Coyote, currante del 'underground': "El rock está muerto, lo mató Puerto Rico"

El músico, ilustrador y autor de cómic, figura singular de la movida madrileña, publica un álbum recopilatorio y actúa en la sala El Sol de Madrid.

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Víctor Coyote, en el carné Víctor Aparicio Abundancia (Tui, Pontevedra, 1958), es “un trabajador, un autónomo, un artista”, como canta en una de sus canciones. Un perro viejo del underground, un polímata que repartió su talento entre la música, el cómic, la ilustración, la escritura y el audiovisual. Un superviviente de la movida madrileña que ahora contempla sin nostalgia ni grandilocuencias: “Relajémonos un poco: estuvo bien, pero no hay que mitificarla tanto”.

Logró el éxito, si entendemos por ello dedicarte toda la vida a lo que te gusta, y hay que reconocerle el mérito de haber sido, junto a su banda Los Coyotes, uno de los pioneros en la mezcla de rock con ritmos latinos por estos lares —además de otros grupos como Radio Futura—.

Nunca buscó con ahínco la fama ni la obtuvo, al menos no como para llenar “el Movistar Arena, el Wizink Center ni el Palacio de los Deportes”, que son la misma cosa y fue cambiando de nombre ante sus ojos. A él le pega mucho más la sala El Sol, ese templo para melómanos donde ha tocado varias veces y volverá a hacerlo este domingo, dentro de la programación del ciclo Inverfest.

Unos días antes —este miércoles 14 en digital, el 16 en vinilo— publica un disco recopilatorio, El propio (El Volcán Música), que incluye una canción nueva: “Así me tratan ahora”, donde a ritmo de bachata se ríe de las viejas glorias que se lamentan por haber perdido su estatus.

Pregunta. ¿Por qué eligió ese tema para su nueva canción?

Respuesta. Se dice mucho que España no es un país para que a uno le reconozcan lo que ha hecho, que no reconoce a sus estrellas. Esta canción va contra ese tópico y contra la soberbia de la gente que ha tenido mucho poder y cree que puede seguir dando lecciones cuando ya no lo tiene. En la letra se habla de políticos, de estrellas de rock y de estrellas mediáticas que lo han sido tres meses. Por extensión, podríamos hablar de esos influencers que van a un restaurante y dicen: “Invíteme usted, porque si no le hago una mala reseña”.

Autorretratos de Víctor Coyote

Autorretratos de Víctor Coyote

P. ¿Y qué relación ha tenido usted con la fama?

R. Mi relación con la fama ha sido poca porque no la he tenido. No he sabido lo que es tener escolta ni viajar de incógnito. En los 80 toqué con Alaska y Dinarama, ahí lo vi de cerca pero de manera tangencial. Por otra parte, ahora que soy mayor, eso ya no me fascina. No sé cómo habría reaccionado si hubiera tenido fama a una edad temprana. Por otro lado, me ha gustado hacer varias cosas, pasar de una a otra, lo cual seguramente no ha facilitado mi fama porque cuando haces eso despistas a la gente. Pero no creo que sea el único, hay mucha gente que no busca como prioridad el tope de ventas.

P. En la canción habla de una estrella de rock “antes de que el rock muriera”. ¿Cree usted que efectivamente ha muerto, algo que se lleva diciendo décadas?

R. Sí. El rock como rebelión juvenil hace tiempo que murió, y como música para llenar pistas también. Lo ha matado Puerto Rico. Muchos artistas importantes vienen de allí, como Marc Anthony o Bad Bunny. Ahora mismo los artistas latinos se están comiendo a los anglosajones en la pista de baile. Así son las cosas: tienen su subida y su bajada, mueren y ya está. La preponderancia de la industria anglosajona ha terminado.

P. Al echar la vista atrás, ¿qué piensa de su carrera musical?

R. Cuando estaba en Los Coyotes dimos muchos bandazos, lo cual impidió que nos incluyeran en un determinado cajón estilístico, y eso no facilitó las cosas. Nosotros experimentábamos con ritmos latinos, y en solitario he seguido haciéndolo, aunque en menor medida. Eso ha beneficiado a mi música dándole un sello personal, con una mezcla de influencias y con un interés quizá exagerado —en comparación con otros artistas de este país— por ciertos ritmos y conexiones latinoamericanas.

No he tenido tanta obsesión por el rollo urbano como la gente de Vigo, que parecía obsesionada con no salir de la ciudad, no fuese a encontrarse con un árbol

P. ¿Cómo se les ocurrió mirar a Latinoamérica cuando lo que estaba de moda era lo anglosajón?

R. Es verdad que entonces, y todavía hoy, la mayoría de la gente prefería ir a Ámsterdam antes que a Cuzco, pero en aquella época era exagerado. Yo empecé haciendo rock and roll, rockabilly, pero llega un momento en que te repites en las figuras rítmicas y entras en un callejón sin salida.

»Por otra parte, mi vida se ha guiado bastante por las ofertas porque todo el mundo depende de su capacidad adquisitiva. De repente descubrías un LP de Peret por cinco duros porque entonces no lo quería nadie; es mentira que todo el mundo comprara discos suyos en el 82. Gracias a las ofertas descubrí muchas cosas interesantes, ya fuera música africana o literatura sudamericana.

»En España en los 70 se decía mucho que a los catalanes les gustaba la salsa; en realidad, con su influencia mediterránea, han entendido la música tropical como los franceses: algo exótico para disfrazarse. Sin embargo, en Galicia, desde siempre —en los 60, 70, 80…— había muchas orquestas de cumbia, rancheras o merengues, todo eso era algo muy normal en los repertorios de las orquestas de los pueblos. Yo soy de pueblo y no he tenido tanta obsesión por el rollo urbano como la gente de Vigo, por ejemplo, que parecía obsesionada con no salir de la ciudad, no fuese a encontrarse con un árbol.

»Todo eso me influyó, y además por aquella época a nivel internacional se puso de moda cierta estética latina, con grupos como Los Lobos o Kid Creole & The Coconuts.

Víctor Coyote. Foto: Ricardo Rubio/Europa Press

Víctor Coyote. Foto: Ricardo Rubio/Europa Press

P. ¿Echa en falta un mayor interés de España por la cultura latinoamericana?

R. Fui a ver la exposición sobre el México indígena en Casa de México y había poca gente. Es un tema incómodo: la derecha lo aborda de forma chunga (“esto no era un imperio”), y la izquierda tampoco sabe qué postura tener. Pero a día de hoy existe una idea clara de lo latino: la gente de los países latinoamericanos se identifica con eso. Si toca Gilberto Santa Rosa, no va solo a verle público de un país, sino de muchos. Y afortunadamente hoy ese sentimiento no es herencia del imperio. No veo por qué es incómodo. Me parece torpe dejar que solo los nostálgicos del imperio sean los que hablen del tema.

P. Cuando tiene una idea, ¿le resulta fácil decidir si será una canción, una ilustración o un cómic?

R. A veces lo determina el componente de encargo. Mis canciones nacen de manera libre. En cambio, en ilustración trabajo mucho por encargo, y con los cómics pasa algo parecido. El cóndor y la caníbal (Astiberri) es, en parte, un encargo, hecho en paralelo a una exposición de 2024 sobre la colonización en el Museo Thyssen. Entresijos (Autsáider Cómics) eran originalmente páginas para M21: yo elegía los temas, pero me ceñía a las dos páginas de extensión que tenía en la revista y a su planteamiento.

Una página del cómic 'El cóndor y la caníbal', de Víctor Coyote (Astiberri, 2024)

Una página del cómic 'El cóndor y la caníbal', de Víctor Coyote (Astiberri, 2024)

P. Se le etiqueta como artista underground y tiene una canción sobre eso: “Soy un trabajador, soy un autónomo, soy un artista”. ¿Le ha resultado difícil ganarse el pan con la música, el cómic y otras artes?

R. Sí, ha sido difícil. A veces me he arrepentido de no haberme hecho profesor de dibujo, con unas oposiciones, y dejar lo demás como hobby. Ser autónomo es complicado, y no lo digo por llorar. Esa canción habla de esa combinación: hoy casi nadie se reconoce como trabajador. Como la gente teclea cosas en un ordenador, se cree que pertenece a una élite, y hay un desprestigio de la palabra 'trabajador'.

»Luego está lo de ser autónomo: todos pagamos nuestros impuestos. Los que empezamos en los 80 vivimos el salto a la regularización. La famosa multa a Lola Flores fue, en parte, para que la gente pagara impuestos. Al principio nos escapábamos; a mí también me cayó una multa.

»Hay ironía en esa canción, pero no tanta: desde el punto de vista laboral, cotizo como autónomo. Soy trabajador, porque los autónomos no tenemos horario, y al final un autónomo da bastante el callo, sea en un bar, en el periodismo —que está muy duro— o donde sea. Como suele decirse, el mejor remedio contra la gripe es ser autónomo, porque no puedes parar. Y luego está lo de artista. Son tres cosas que parecen diferentes y, sin embargo, van juntas, aunque no se suela decir así.

P. Usted vino de Galicia para instalarse en Madrid poco antes de que empezara la Movida. ¿Cómo recuerda aquellos años?

R. Al principio estaba encantado. Quería salir del pueblo, ver mundo. Estudié en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que se convirtió en facultad de la Complutense mientras yo estaba allí. Había un ambiente artístico plástico interesante, aunque no considero que la plástica de los 80 sea gran cosa. Me interesan más los movimientos de los 90, el videoarte, el arte abstracto… La figuración de los 80 no es mi periodo favorito.

»Por otro lado, estaba la escena punk, que estaba muy bien independientemente de que te gustara más o menos. Madrid era una ciudad distinta a las demás. Hoy las comunicaciones son instantáneas; entonces las cosas tardaban en llegar a las provincias. Yo tenía 20 años y era bastante emocionante. En cuanto monté Los Coyotes, entramos en la escena musical y, aunque ahora piense que hubo cosas mejores y peores, la escena era vibrante y divertida.

P. ¿Qué opina de la Movida a toro pasado? ¿Qué hay de mito y qué hay de realidad?

R. Tengo un libro que se ha reeditado, Cruce de perras y otros relatos de los ochenta (editorial Autsáider), que está basado en hechos reales sobre aquella época pero no es una sucesión de anécdotas. Creo que la Movida se mitificó mucho. Se ha repetido eso de que España, que era un país en blanco y negro, pasó a ser en color. Algo de eso hay, pero los grupos de la Movida tuvieron cero repercusión internacional, salvo en algún caso en Latinoamérica, y desde luego mucho menos que Sabina o Víctor Manuel y Ana Belén. Aquello de “nos íbamos a comer el mundo” y la nueva ola española fue mentira.

»Antes de todo aquello, a finales de los sesenta, Los Bravos se comieron toda Europa y parte del extranjero con su “Black is Black”. Durante el franquismo hubo artistas que hicieron cosas muy importantes a pesar de Franco. El verdugo sigue siendo una de las mejores películas españolas, y mucha gente que ha hecho cine a partir del 75 no la ha superado. A veces las cosas se hacen “a pesar de”.

»La mitificación tan fuerte que se ha hecho de la Movida tiene que ver con el gusto por la nostalgia. Yo intento que la nostalgia no ocupe más del 12 % de mi vida, porque si no sería un desastre.

»En el plano político, la Movida fue reivindicada primero por los socialistas. Ahora el PP la reclama como algo suyo, pero en su día había dicho que aquello era cosa de degenerados, porreros y maricones. En fin, relajémonos un poco: estuvo bien, fue interesante, pero tampoco hace falta mitificarla tanto.

P. En aquellos años había muchas tribus urbanas. ¿Cómo lo recuerda y a cuál pertenecía usted?

R. Había muchas tribus urbanas. Fue una cosa de la transición: se murió el dictador y muchos se negaron a ser la España en color, sino que se vistieron de negro porque eran de la tribu de los siniestros, otros eran rockers… En España se vivió de forma más exagerada que en otros sitios, fue algo muy marcado. Hoy no es así: el último intento de tribu fueron los hipsters, y a todo el mundo le caían mal pese a que no hacían daño a nadie. Ahora la gente coge un poco de aquí y de allá.

»Yo al principio era rockabilly; luego fui punkabilly, que eran los más abiertos de mente y más puestos al día. Después, con el rollo latino, decía que era rocker latino, que era una cosa un poco rara. Y ahora soy salsero. Bueno, ahora soy un paisano.

P. ¿Cómo ha evolucionado su relación con Madrid?

R. Llegué a Madrid en 1975 y al poco se murió Franco. No sé si hay una relación causa-efecto… Hoy veo Madrid con ojos de viejo, un poco cascarrabias y pasado de vueltas, pero también hay cosas que se pueden analizar aunque tengas cierta edad. Lo que ha moldeado la ciudad de forma clara es el turismo desmedido. España es un país que ha renunciado a cualquier industria que no sea la turística, y eso define la ciudad. Marca muchísimo la hostelería del centro, el problema de la vivienda… Esa parte no es muy agradable: mucha gente se va a vivir fuera porque no puede permitirse la ciudad. Quizá menos que en otros sitios; Barcelona, por ejemplo, lo ha sufrido más, y en parte lo ha buscado.​

P. Durante la pandemia publicó un diario en forma de cómic, Días de alarma (editado después por Salamandra Graphic). ¿Cómo recuerda aquel tiempo? Al final no salimos mejores.

R. Sobre lo que pasó durante la pandemia tengo varias opiniones. Por un lado, no sé si las medidas fueron superadecuadas o no. El confinamiento y los toques de queda se impusieron para cuidar a la gente mayor, que en principio no está mal. Pero, por otro lado, me pareció una exageración del primer mundo. Ese discurso de que estábamos “en guerra”... Comparado con que te bombardeen, quedarse en casa es un minidrama. La gente lo llevó mal, la juventud se quedó sin salir, obviamente, pero no fue un trauma enorme. Los traumas grandes pueden servir para que la gente reflexione; esto, en general, no llegó a tanto, aunque mucha gente perdiera a familiares y amigos. Nos hemos acostumbrado muy deprisa a estar bien.