La intérprete principal de lengua de signos durante el concierto. Foto: Fundación "la Caixa"
Un 'Mesías' accesible y participativo: música clásica al servicio de la inclusión
Cerca de cuatrocientas personas con diversas necesidades de accesibilidad intervinieron en este concierto adaptado que contó con la dirección del director Aarón Zapico.
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El pasado 20 de diciembre, el Auditorio Manuel de Falla se convirtió en escenario de una experiencia poco habitual en el ámbito de la música clásica: una versión inclusiva de El Mesías, de Georg Friedrich Händel.
Cerca de cuatrocientas personas con diversas necesidades de accesibilidad participaron en este concierto adaptado, fruto de un proyecto piloto que busca reformular la relación entre la música y la diversidad funcional.
El punto de partida fue el formato de los conciertos participativos que, desde hace años, acercan a cantantes aficionados a grandes obras del repertorio coral.
Pero esta vez, el reto no residía únicamente en coordinar a cientos de voces, sino en diseñar un entorno accesible desde lo físico, lo sensorial y lo cognitivo. El objetivo era claro: que nadie quedara en los márgenes de la experiencia estética.
La dirección del proyecto recayó en el músico asturiano Aarón Zapico, especialista en interpretación historicista. Bajo su batuta, El Mesías adquirió una nueva forma: una versión de cincuenta minutos que condensaba la esencia de la obra original, seleccionando algunos de sus coros y arias más representativos.
“Adaptar no significa restar”, explicó Zapico tras el concierto. “Se trataba de mantener la fuerza espiritual y la belleza de la pieza, pero modulada según la realidad del público”.
El ajuste temporal no fue el único cambio. El Auditorio adaptó su estructura para permitir el movimiento libre entre butacas, y se incorporaron intérpretes de lengua de signos, subtitulación en pantallas, pictogramas y materiales en lectura fácil.
También se habilitó un espacio de autorregulación sensorial, pensado para personas con autismo o sensibilidad acústica, junto con la formación específica del personal de sala.
Todo ello contribuyó a crear un entorno relajado, en el que el aplauso podía llegar antes de tiempo o donde los asistentes podían expresar la emoción sin temor a romper el protocolo de la música clásica.
Intérpretes de lengua de signos durante el concierto. Foto: Fundación "la Caixa"
El proceso como obra
Lo verdaderamente innovador fue la fase previa al concierto. Durante varios meses se desarrollaron más de cuarenta talleres con entidades sociales y colectivos de personas con discapacidad. En ellos participaron pedagogos, musicoterapeutas y especialistas en accesibilidad, que trabajaron tanto la comprensión de la obra como la anticipación emocional de la experiencia escénica.
Lucía Escolano, musicoterapeuta implicada en el proceso, recuerda la diversidad de dinámicas que se pusieron en marcha: con los grupos de personas con autismo, el énfasis estuvo en el reconocimiento táctil de los instrumentos y la exploración de las texturas; con personas con discapacidad intelectual, el foco fue el movimiento, la percusión corporal y el juego rítmico.
“Cada grupo requería un tipo de relación diferente con la música. La vibración de un trombón o la textura de un violín podían convertirse en auténticos vehículos de comunicación”, explica.
Una de las imágenes más recordadas por el equipo es la de una asistente con parálisis cerebral severa que, a través del tacto y con ayuda de su cuidador, respondía con una sonrisa a cada pasaje musical. Pequeños gestos que revelaban cómo la accesibilidad no es solo técnica, sino profundamente humana.
Músicos de la orquesta durante el concierto, con Aaron Zapico al frente. Foto: Fundación "la Caixa"
La lengua de signos como partitura
Entre las innovaciones de esta versión del Mesías destacó la participación de un pequeño coro de personas sordas. Coordinadas por la Agrupación de Personas Sordas de Granada y Provincia (ASOGRA), estas intérpretes tradujeron los fragmentos seleccionados a lengua de signos, acompañadas de asesoría lingüística y musical.
El resultado fue una suerte de polifonía visual que, además de traducir el texto, incorporaba ritmo, intensidad y gesto. “Fue un desafío trasladar una obra tan compleja a la lengua de signos”, comenta Gemma Álvarez Padilla, responsable de ASOGRA. “Pero el proceso fue muy enriquecedor: las personas sordas no solo interpretaron, también participaron en la creación”.
Para algunas de ellas, era la primera vez que se enfrentaban a una gran obra coral acompañadas por orquesta. María Antonia Delgado, usuaria de ASOGRA y apasionada de la percusión, resumía así su vivencia: “Fue emocionante sentir las vibraciones, reconocer el sonido de los instrumentos. Es otra forma de escuchar”.
El Ayuntamiento de Granada y la Orquesta Ciudad de Granada colaboraron en la adecuación del espacio y los accesos, así como en la reserva de plazas para vehículos adaptados y servicios de emergencia especializados.
El público compuesto por usuarios de entidades de diferentes colectivos durante el concierto. Foto: Fundación "la Caixa"
Pero más allá de la logística, lo destacable fue el clima que se respiró aquel día: un auditorio en el que la música rompía jerarquías y protocolos, invitando a la participación sin etiquetas.
En palabras de la alcaldesa, Marifrán Carazo, el proyecto marca “un paso hacia una cultura accesible para todos”. Sin embargo, más allá de las declaraciones institucionales, lo relevante es la voluntad de repensar qué significa la accesibilidad cultural en la práctica. No como un añadido, sino como un principio estructural del hecho artístico.
Un derecho cultural
El impacto emocional del concierto fue evidente. “Sentí algo que hacía mucho tiempo no sentía en el corazón”, confesaba María Belén Fajardo, usuaria de la asociación ASPACE. Para José Manuel García, miembro de Down Granada, la experiencia fue también una reivindicación: “Necesitamos más eventos así, donde las personas con discapacidad no solo estemos de público, sino que seamos parte activa de la cultura”.
Estas voces ilustran cómo el acceso a la cultura va más allá del entretenimiento: es un ejercicio de ciudadanía y de igualdad. Cuando la accesibilidad se convierte en un eje creativo, la música deja de pertenecer a unos pocos y se abre al conjunto de la comunidad.
La iniciativa granadina no pretendía reinventar a Händel, pero sí recordarnos que la belleza de una obra clásica se amplifica cuando se escucha en plural. Una versión de El Mesías que, más que reducir una partitura monumental, ensanchó su sentido. En Granada, por unas horas, la música no fue solo patrimonio, sino encuentro.