Image: Fidelio o la imperfecta genialidad

Image: Fidelio o la imperfecta genialidad

Música

Fidelio o la imperfecta genialidad

22 mayo, 2015 02:00

Michael König (Florestan) y Adrianne Pieczonka (Leonora/Fidelio). Foto: @Javier del Real / Teatro Real

El Teatro Real importa el metafórico montaje levantado por el regista francés Pier'Alli para el Palau de les Arts. Apoyado en trepidantes vídeos, revisa la única ópera de Beethoven, que combina destellos de heterodoxia con guiños a la tradición del singspiel alemán.

Cantando Fidelio pudimos ver en Madrid, en tiempos heroicos de los ya históricos Amigos de la Ópera (1965), a un tenor como Hans Hopf y a una soprano como Gre Brouwenstijn, dos intérpretes hoy legendarios. El título beethoveniano ha accedido más tarde a los escenarios de la capital otras cinco veces, la última en la temporada 2007-2008, ya en el Real, con Claudio Abbado gobernando a la Mahler Chamber Orchestra. Regresa ahora, para ocho representaciones a partir del próximo día 27, esta obra maestra, imperfecta y genial, al coliseo madrileño en una producción del Palau de les Arts de 2006 firmada por Pier'Alli, que sustituye, por razones varias, a la inicialmente prevista de La Fura dels Baus.

La metafórica visión de este regista francés emplea unas a veces excesivas y mareantes proyecciones con motivos carcelarios, en las que se abusa del zoom. El primer acto, sobrio, con detalles actorales plausibles y una buena resolución de la secuencia de los prisioneros, es el más logrado y deja entrever la significación profunda de la obra, de esta "ópera de rescate" basada en el drama de Nicolas Bouilly Léonore ou l'amour conjugal. Fidelio por un lado proviene directamente de la tradición del singspiel alemán o de la spieloper vienesa cultivados por Mozart (en El rapto en el serrallo, La flauta mágica) o por Carl Maria von Weber (en Der Freischütz). Por otro, como en las obras del salzburgués, se enriquece con aportaciones de la escuela italiana.

Hemos de hablar al menos del Finale, que se inicia con uno de los característicos crescendi del compositor. El coro, sobre el excitante Presto molto final, introduce unas líneas de la Oda a la alegría de Schiller: "Que el que ha conquistado el amor de una noble mujer una su alegría a la nuestra...". Un cierre muy lógico para un clima victorioso en el que la libertad y el amor lo conquistan todo. "La música -dijo una vez Beethoven- es una revelación de más alto valor que toda sabiduría y filosofía". La frase de Romain Rolland es también definitiva: "La gran y clásica humanidad de Leonore -inaugurada en el Alceste y el Orfeo de Gluck, así como en algunas escenas de Mozart- permanece como un monumento de la mejor Europa, que en el umbral del siglo XIX habían entrevisto Goethe y Beethoven y que cien años de tormentos no habían permitido realizar después".

Coro del Teatro Real interpretando a los prisioneros. Foto: @Javier del Real / Teatro Real

La línea vocal beethoveniana, a veces aristada y crispada, no se ajustaba a los cánones impuestos por la naturalidad de la escuela belcantista italiana. Pero no debemos olvidar que Beethoven era un innovador. El que siguiera fórmulas más o menos acuñadas no evitó que incorporara rasgos de notable originalidad. No es fácil por ello encontrar voces adecuadas para cubrir las partes principales. No lo es, desde luego, el tenor previsto para la ocasión, Michael König, por alguna desconocida razón un habitual en el teatro madrileño. Es un lírico de cierta anchura y timbre penetrante, escaso de técnica, corto de fuelle y relativamente afinado. Se las verá y deseará en su dificilísima salida.

Leonora requiere una soprano spinto antes que dramática, que posee en ocasiones rasgos que la acercan a la tesitura de mezzo. Dutronc la sitúa cerca de una Kundry, una Venus o la Brünnhilde de Walkiria. Quizá sea demasiado exagerado darle esta robustez. Se enfrenta a la parte en Madrid la canadiense Adrianne Pieczonka, lírica plena, rica de armónicos, musical y eficiente. Pizarro, una suerte de barítono dramático de principios del XIX, es aquí servido por el gigantesco y algo rudo Alan Held. La sólida voz de bajo cantante de Franz-Josef Selig aborda Rocco; la gentil Anett Frisch, que encandilara al personal con su Fiordiligi en el montaje de Così de Haneke, canta Marzelline, Jacquino lo interpreta el tenor lírico-ligero Ed Lyon y el ministro Don Fernando el buen bajo Goran Juric.

En el foso estará el experimentado y sólido Hartmut Haenchen, poco inspirado fraseador, pero hábil en la concertación, como demostrara en Lady Macbeth de Shostakovich y Lohengrin de Wagner.