Un momento de 'Goldberg'. Foto: Jesus Vallinas

Un momento de 'Goldberg'. Foto: Jesus Vallinas

Danza

'Goldberg': Goyo Montero convierte a Bach en cuerpo en el Centro Danza Matadero

El coreógrafo regresa a su ciudad natal al frente del Staatsballett Hannover, compañía con uno de los niveles técnicos más altos que pueden verse sobre un escenario.

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El Centro Danza Matadero volvió a demostrar que Madrid tiene un espacio donde la danza se piensa en grande, sin disfrazarse de entretenimiento menor.

Con Goldberg, Goyo Montero regresó a su ciudad natal al frente del Staatsballett Hannover y lo hizo con una obra que confirma algo que muchos ya sabíamos: estamos ante uno de los coreógrafos españoles con mayor profundidad escénica de nuestro tiempo.

La pieza parte de una de las catedrales de la música occidental: las Variaciones Goldberg, de Johann Sebastian Bach. Montero no las utiliza como fondo ni como excusa. Las escucha. Las abre. Las deja ventilarse junto a las composiciones de Owen Belton, que amplían el paisaje sonoro sin romper su raíz.

De esa convivencia nace un territorio donde la música parece escrita para los cuerpos y los cuerpos parecen haber nacido dentro de la música.

No hay una trama lineal. Tampoco un héroe único. Goldberg avanza como un diario nocturno hecho de sueños, sobresaltos, ternura, miedo, deseo y conflicto. Las escenas se suceden como variaciones de una misma pregunta: ¿Qué ocurre cuando el ser humano se acerca demasiado a su similar?

Aparecen entonces la fragilidad, la agresividad, la necesidad de contacto, el rechazo y la búsqueda de amparo. Todo oscila entre luz y sombra.

Montero construye una obra de estructura musical, pero de respiración humana. Solos, dúos, tríos y conjuntos funcionan como polifonía. Cada escena transforma la anterior y, al mismo tiempo, parece regresar a ella desde otro lugar. Hay repetición, sí, pero nunca rutina. Hay retorno, pero siempre con algo nuevo.

El nivel técnico del Staatsballett Hannover es de los más altos que pueden verse hoy en un escenario. Los bailarines afrontan frases coreográficas de enorme complejidad con una naturalidad que casi engaña.

El esfuerzo físico se diluye en la suavidad de la interpretación. Saltan, giran, caen, se enlazan y se separan sin exhibir la dificultad. Esa es una de las grandes virtudes de la compañía: hacer que lo imposible parezca inevitable.

Los veintiocho artistas -decir solo bailarines sería injusto- que Montero presenta en Madrid funcionan como un organismo de precisión. Nadie busca protagonismo y, sin embargo, todos lo asumen cuando la escena lo exige. Hay una elegancia de grupo que nace del rigor y de la escucha. Cada cuerpo entiende su lugar dentro del conjunto. Cada gesto participa de una arquitectura común.

La coreografía deja momentos de una belleza difícil de retener en palabras. Montero genera frases memorables por su sincronización, por la manera en que desplaza el peso de los cuerpos, por su capacidad para convertir una caída en pensamiento y una elevación en pregunta.

Su danza no ilustra a Bach: lo contradice, lo acompaña y lo expande. En algunos pasajes, la escena parece moverse dentro de una maquinaria exacta; en otros, todo se abre hacia una vulnerabilidad que desarma.

Una imagen del espectáculo 'Goldberg'. Foto: Jesus_Vallinas

Una imagen del espectáculo 'Goldberg'. Foto: Jesus_Vallinas

Lo más interesante de Goldberg es que su virtuosismo nunca se vuelve frío. Hay técnica, mucha, pero atravesada por emoción. Hay composición, pero también temblor. La obra mira hacia las profundidades de la conexión humana y encuentra allí una materia inestable. Los cuerpos se buscan con hambre, se sostienen con miedo, se hieren sin violencia explícita, se abandonan con una calma que duele.

La luz cumple un papel esencial

En la humildad del espectador crítico, puedo decir que no acompaña la escena: la modula. Crea zonas de aparición y desaparición, dibuja el tránsito entre lo visible y lo oculto, permite que el escenario se vuelva habitación, sueño, abismo.

Hay en Montero una cualidad poco frecuente: sabe construir imágenes sin convertirlas en postal. Sus cuadros escénicos tienen fuerza plástica, pero siempre están vivos. Nada se congela. Todo circula. Incluso cuando los cuerpos parecen detenidos, algo sigue vibrando debajo.

El diálogo entre Bach y Belton también merece atención. La partitura barroca aporta estructura, memoria, orden. La música nueva introduce grietas, resonancias, un temblor contemporáneo. Entre ambas nace una tensión fértil. El resultado no suena a cita culta, diría que sabe a paisaje emocional.

Goldberg es, en efecto, una declaración de amor por la danza. Pero no un amor complaciente. Es un amor que exige, que lleva al cuerpo al límite, que pide a los intérpretes inteligencia, entrega y una capacidad interpretativa fuera de lo común. Los bailarines del Staatsballett Hannover responden con una madurez que impresiona.

Al final, la obra deja la sensación de haber despertado de un sueño. Uno de esos sueños que no se recuerdan del todo, pero dejan su música pegada a la piel. Salimos transformados de un modo discreto, con ecos que siguen ordenándose en la memoria.

Goyo Montero ha traído a Madrid una obra mayor. Y lo ha hecho con una compañía que ya muestra identidad, ambición y una calidad técnica que merece ser seguida de cerca. Goldberg no se limita a celebrar la danza: la piensa, la tensa y la eleva.

En Centro Danza Matadero, Bach volvió a sonar como si el cuerpo lo hubiera estado esperando desde siempre.