Fotograma de 'La bola negra'. Foto: Movistar Plus / Carla Oset.

Fotograma de 'La bola negra'. Foto: Movistar Plus / Carla Oset.

Cine

Rodando 'La bola negra' con los Javis: una grieta espacio-mágico-temporal

La escritora Sabina Urraca relata su experiencia en la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, ganadores del Premio a mejor dirección en el Festival de Cannes.

Más información: Los Javis ganan el Premio a mejor dirección del Festival de Cannes por 'La bola negra'

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Hace unos días me llamaron desde El Cultural. “En caso de que La bola negra gane en Cannes, ¿podrías escribirnos algo?”. Me dijeron que había que esperar, que hasta la gala no había nada seguro. Como acto de fe, decidí comenzar este texto. Ahora mismo, mientras escribo, aún no se sabe si Javier Calvo y Javier Ambrossi se han alzado con algunos de los premios del Festival de Cannes. Es decir, que es probable que este texto no se publique. No me importa. Refresco la página web del festival una y otra vez. Rastreo cada pista. “Segunda ovación más larga en la historia del festival”. Eso ya es muchísimo. Refresco de nuevo la web. Espero. Escribo. Recuerdo.

En octubre de 2025 los Javis me invitaron a participar en un par de escenas del rodaje de La bola negra. Casi nadie sabía nada, más allá de que era una película que se apoyaba en las cuatro páginas inacabadas que dejó Lorca antes de su muerte. En ellas, el poeta narraba la historia de un personaje al que le era negado ser socio de un casino.

Cuando su padre le preguntaba por qué, su hijo respondía que no le habían admitido por ser homosexual. Se cuenta que Lorca estaba entusiasmado con la obra. También, supongo, sentiría el vértigo de lo que podía suscitar una historia así en aquella época. Ahora los Javis tomaban este argumento para llevarlo por caminos insospechados, saltando por encima de cualquier vértigo con toda la fiereza que les han dado la libertad de ser y su absoluta magia creadora.

El día del rodaje, un taxi me llevó a un pueblo abandonado en las afueras de Madrid. ¿Era un decorado? Difícil saberlo. En la nave de caracterización, una multitud ya viajada en el tiempo bailaba y cantaba para entretener la espera. Mi papel, según recuerdo, era “Amiga de Lorca”. Me hicieron ondas al agua, dibujaron sobre mi cara un rostro nuevo basado en fotos antiguas de Maruja Mallo. Me vistieron, calzaron, y rociaron con un polvillo fino, dejando en la ropa, el pelo y la piel una pátina de realidad. Después fui convenientemente despeinada. No debíamos fingir 1936. Era 1936.

En la plaza del pueblo se celebraba una fiesta. Hasta donde alcanzaba la vista había gente perfectamente caracterizada. Parejas bailando. Niños jugando. Chulapas. Un churrero. Una caseta de tiro al blanco. Perros antiguos sin raza ni collar. Nuestra escena principal, alrededor de una mesa, debía sostener el bullicio que rodeaba una mirada: una despedida secreta entre dos amantes. Y hasta aquí puedo contar. Sí que puedo decir lo que pensé mientras veía esa mirada muda en un mundo que no estaba preparado para lo que dos hombres podían llegar a decirse. Me acordé de la primera vez que entré en la que había sido la casa natal de Lorca, en Fuente Vaqueros. Y también recordé a mi mejor amigo de los quince años, contándome que había follado con un hombre, pero que no podía enterarse nadie. Me lo dijo vuelto hacia la pared. Y, aun así, se cubrió la cara con las manos.

He olvidado lo más importante. Justo antes de rodar la escena, Javier Calvo se reunió con las personas que formábamos el grupo de amigos de Lorca. Nos hizo entrar en una casa antigua. Señaló la puerta. “Ahora va a entrar él”. La puerta se abrió y se coló el atardecer. Y después él.

Pero La bola negra es mucho más que esto. Esto que cuento es lo que vi: el fulgor a través de una grieta espacio-mágico-temporal. Y justo cuando termino la frase anterior, refresco de nuevo la página web del festival de Cannes. Los Javis han ganado el Premio a mejor dirección.