John Turturro y Channing Tatum, en sus nuevas películas.

John Turturro y Channing Tatum, en sus nuevas películas.

Cine

John Turturro y Channing Tatum, la suavidad masculina en dos perlas que seducen en la Berlinale

‘Josephine’ y ‘The Only Living Pickpocket In New York’, que triunfaron en Sundance antes de llegar a Berlín, son dos fantásticas elegías sobre el fracaso de lo cotidiano.

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Recogiendo la estela de Vidas pasadas, la Berlinale ha acogido el estreno europeo de la última ganadora del Gran Premio del Jurado y del Premio del Público en Sundance, Josephine, muy notable segunda película de Beth de Araújo. Tras el hiperbólico, aunque inocuo, dispositivo narrativo en plano secuencia de El club del odio (2022), la cineasta vuelve a jugar con la primera persona.

Ahora partirá de un impresionismo infantil, de cámara por las rodillas, para relatar los estragos psicológicos de una niña (Mason Reeves, una Josephine del todo creíble), que presencia una violación y cuyos padres no la llevan nunca al psicólogo… Hasta que niña y película acaban somatizando el trauma de la peor forma posible.

Padre y madre son dos extremos opuestos de la incompetencia más esquemática, que las excelentes interpretaciones de Channing Tatum y Gemma Chan no logran complejizar: él, un sugar daddy elefántico en la cacharrería de su hija, y ella una mujer fría que vierte en ella todos los traumas que no pudo superar.

Es la rigurosa narración en primera persona, al filo del impresionismo, la que permite comprender la envergadura del desmoronamiento psicológico de la niña. Eso es, cada gesto de la víctima tratando de recomponerse, aún en el suelo, el tacto del cinturón de un coche de policía o la mirada que Josephine cruza, por un instante, con los ojos del violador.

Aunque Beth de Araújo no logra abandonar por completo algunos coletazos desatonados con la proximidad de su relato (una lágrima resabiada y explicativa, algún corte de montaje algo demasiado irónico).

Una imagen de 'Josephine'

Una imagen de 'Josephine'

Pero es justamente en una licencia simbólica donde nace el mayor acierto de la película: muy en la línea de los atacantes “normales” de It Follows, con la que comparte una cámara alerta, la cineasta invade las noches de la niña con las visitas de su agresor, que simplemente la observa, en cuclillas, desde un rincón cualquiera. Josephine se descubre entonces como una monster movie encubierta, cuya amenaza cae demasiado cerca de casa.

La nostalgia de Turturro

El actor y cineasta Noah Segan ha aprendido bien de Rian Johnson, en cuyos créditos es un repetidor frecuente: convoca a estrellas solventes, juega bien el género y, lo que dice, lo dice bien. Incluso si cantas por enésima vez el fin inminente (la resistencia empecinada) de una Nueva York analógica y vecinal; ciudad que en los setenta Simon & Garfunkel ya miraban con encantadora nostalgia.

El desaire chapado a la antigua, otramente llamado John Turturro, se mueve por la ciudad con relativa facilidad, ataviado con su enorme americana de terciopelo (necesita de sus bolsillos: es carterista). No dispone de móvil, así que pregunta por las direcciones.

Paga en efectivo, aunque cada vez encuentra menos billete y más tarjetas entre sus pesquisas. Sus amigos más cercanos son el regente de la tienda de empeños local (Steve Buscemi) y el policía que lo ha perseguido toda su vida (Giancarlo Esposito).

Antes interesado en observar el contoneo menudo de esta llama en la Gran Manzana que en sorprender, el guion de Segan replica la fórmula del “robó a quien no debía” –aquí, un cryptobro aniñado, pero con contactos en la mafia– y del personaje que emprendió una tarea que, sabía, era la última. Por fortuna, el baile es en sí mismo más que digno de robar nuestra atención.

John Turturro y Steve Buscemi, en 'The Only Living Pickpocket in New York'

John Turturro y Steve Buscemi, en 'The Only Living Pickpocket in New York'

De entrada, observar el método del ladrón es un placer, que bebe directo de Robert Bresson, por los encajes de miradas, manos y palabras. Sube la apuesta el carisma de Turturro, que roba y replica democráticamente (a todo el mundo), pero lo que remata la partida son las cuatro escenas donde la emoción reina.

Otra vez sobre carriles conocidos y sin grandes hallazgos en materia de guion, sí dan la oportunidad perfecta para sacar brillo de grandes “de reparto”, especialmente Tatiana Maslany, que en apenas unos minutos en pantalla sintetiza la vibra rabiosa de una hija que nunca se supo más importante que las triquiñuelas laborales de papá.

Así, The Only Living Pickpocket In New York realiza su propia premisa: mirar bien lo que ya tenemos por delante, entrenar la atención y cuidarse ante los descuidos. Para robar carteras y para todo lo demás.