Fotograma de la película 'Pánico en el Transiberiano', con Christopher Lee.

Fotograma de la película 'Pánico en el Transiberiano', con Christopher Lee.

Cine

Adiós a Eugenio Martín: la última parada del Transiberiano

Humilde, agradecido siempre a sus fans y alejado por completo del divismo, fue autor de algunos de los mejores filmes de género firmados por un director español.

23 enero, 2023 18:50

Es ley de vida, o de muerte, mejor dicho, que vayan desapareciendo los últimos representantes de aquella suerte de edad de oro del cine comercial español en general y del así llamado fantaterror en particular, que fueron los años 60 y 70 del pasado siglo. Unos con más premura que otros, se fueron en las últimas décadas León Klimovsky (1996), Amando de Ossorio (2001), Eloy de la Iglesia (2006), Paul Naschy (2009), Juan Piquer Simón (2011), Jesús Franco (2013), Juan José Plans (2014), Jorge Grau (2018) y Narciso Ibáñez Serrador (2019).

Le ha tocado ahora el turno a Eugenio Martín, rayando casi en el siglo de edad, quien pese a no sonar seguramente tanto como muchos de los mencionados, tiene en su haber no solo un buen puñado de excelentes títulos de suspense, horror y wéstern, sino la que posiblemente sea una de las mejores películas de terror y ciencia ficción de la historia del cine español: la justamente mítica Pánico en el Transiberiano (1972), coproducción angloespañola, conocida también por el título británico de Horror Express, con un reparto internacional de lujo para los amantes del fantástico, encabezado por Christopher Lee y Peter Cushing, completado con las variopintas presencias de Alberto de Mendoza, Telly Savalas, Silvia Tortosa, Jorge Rigaud, Helga Liné o Víctor Israel entre otras.

Ingeniosa y hábil variación de invasión alienígena de época, misterio a todo tren y terror victoriano al estilo de la Hammer, Pánico en el Transiberiano se inspira de forma inconfesa pero certera en el clásico relato de John W. Campbell Jr. Who Goes There?, publicado en 1938, que sirviera de base tanto para El enigma de otro mundo (The Thing from Another World. Christian Nyby, Howard Hawks, 1951) como para la mucho más fiel y gráficamente espeluznante La cosa (The Thing, 1982) de John Carpenter.

Los protagonistas de 'El precio de un hombre'.

Los protagonistas de 'El precio de un hombre'.

Pero a la historia de extraterrestre prehistórico asesino, con capacidad para apoderarse de los cuerpos y personalidades de sus víctimas, el loco guion de Arnaud D'Usseau y Julian Zimet, veteranos ambos del cine más B de Hollywood y aledaños, añadieron cosacos al ataque, muertos vivientes y un aire de aventura fantacientífica al estilo Conan Doyle o Wells, que Eugenio Martín supo abordar y bordar con brío narrativo, estilo y profesionalidad a prueba de bombas, con resultados que nada han de envidiar a los que profesionales británicos del género como Roy Ward Baker, Val Guest, John Gilling o Jimmy Sangster hubiesen podido ofrecer.

Dando oportunidad de lucimiento a su fantástico dúo protagonista, insuperables Cushing y Lee, Martín construyó con mucho humor, tensión sostenida, efectismo y ritmo una de las obras maestras del fantaterror ibérico e internacional del momento, película fetiche del escritor irlandés John Connolly, quien le ha dedicado incluso un libro.

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Pero este logro cabría decir que histórico, no debe hacernos olvidar que, en lo que al género de terror y suspense se refiere, sus películas ofrecen siempre morbosos atractivos y una resolución sobradamente eficaz. Lo que puede comprobarse tanto en la coproducción Hipnosis (1962), con aires de krimi alemán, como en la giallesca y tardía Aquella casa en las afueras (1980), pasando por la no menos italianizada La última señora Anderson (1971), para llegar a su máximo esplendor con la modélica Una vela para el diablo (1973), auténtico gótico sicalíptico ibérico con carga de profundidad sarcástica, que se atrevió en pleno tardofranquismo a saltarse todos los tabús, situando en la España profunda su historia de crimen, represión sexual y fanatismo religioso. Solo por este título, cabría situar ya a su director entre los mejores y más atrevidos de nuestro cine.

Aurora Bautista en 'Una vela para el diablo'.

Aurora Bautista en 'Una vela para el diablo'.

Auténtico todoterreno, curtido en lo mejor (y lo peor) de la época de la coproducción, el género y el subgénero, Martín demostró además su amor y capacidad innata para el spaghetti (o paella) western con títulos divertidos y psicotrónicos como Réquiem para el gringo (1968), al borde del puro fantawestern; El hombre de Río Malo (1971), en cuyo reparto internacional destaca la también recientemente fallecida Gina Lollobrigida, o la desopilante comedia El desafío de Pancho Villa (1972), con Telly Savalas encarnando al revolucionario mexicano en una fantasía satírica profundamente anti-yanqui sobre su puntual invasión de los Estados Unidos.

Pero también hay que destacar aquí una aportación singular, a la altura de los mejores títulos de Sergio Corbucci o Sollima: El precio de un hombre (1966), clásico y violento duelo psicológico, con ramalazos sociales de spaghetti rojo, a mayor gloria del gran Tomás Milián, favorita de Tarantino...

A Eugenio Martín, como a sus compañeros de viaje, también le pasó por encima la apisonadora Pilar Miró. En los años 80 se vio atrapado, como tantos, por las series de prestigio literario para Televisión Española, con Juanita la Larga (1982), adaptación del clásico de Juan Valera, y Vísperas (1987), según las novelas Llanura y El vencido de Manuel Andújar. Pero el cine español de la Transición, para alguien que había aprendido el oficio con Nicholas Ray, Guy Hamilton, Nathan Juran o Michael Anderson y dirigido a Cushing y Lee, Telly Savalas, James Mason, Tomás Milián, Gina Lollobrigida, Carroll Baker, Jean Sorel, Clint Walker, Anne Francis, Lee Van Cleef o Alida Valli, para alguien de su gran talento y mejor talante, se quedaba pequeño.

Humilde, agradecido siempre a sus fans, alejado por completo del divismo de algunos de sus contemporáneos y colegas en el cine popular y comercial, quienes tuvimos la oportunidad de conocerle y tratarle siquiera un poco, recordaremos también siempre no solo al genuino autor de algunos de los mejores filmes de género firmados por un director español —con solo El precio de un hombre, Pánico en el Transiberiano y Una vela para el diablo, basta y sobra—, sino también a un cineasta, artista y persona, que pudiendo presumir de mucho, se limitaba simplemente a sonreír, sinceramente satisfecho de que alguien le recordara y siguiera amando, contra todo pronóstico, sus "pequeñas" y viejas películas de terror y del Oeste.

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