Thomas Jefferson preparó el borrador de la Declaración de  Independencia. Diseño: Rubén Vique

Thomas Jefferson preparó el borrador de la Declaración de Independencia. Diseño: Rubén Vique

Entre dos aguas

La Declaración de Independencia, un documento fundacional influido por la ciencia

Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin... varios de los "padres fundadores" estadounidenses eran grandes admiradores del pensamiento científico.

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El 2 de julio de 1776, en Filadelfia, los delegados que participaban en el Segundo Congreso Continental, que representaban a las Trece Colonias norteamericanas, aprobaron un documento en el que se declaraban independientes de la Corona Británica, constituyéndose en una nación.

Ese documento, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, se ratificó formalmente dos días después, el célebre 4 de julio, en la Cámara Estatal de Pensilvania. "Cuando —comenzaba el texto—, en el curso de los acontecimientos humanos, se hace necesario para un pueblo disolver los lazos políticos que le han ligado a otro, y asumir, entre los poderes de la tierra, la situación de independencia e igualdad a la que las leyes de la naturaleza y la naturaleza de Dios le dan derecho, el mínimo respeto a las opiniones de la humanidad exige que declare las causas que lo han impelido a la separación".

Y continuaba con unas frases memorables: "Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados en la igualdad, y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

Algo de esto figuró también, dentro de manifiestas diferencias —sobre la religión (Artículo 12: "La Religión de la Nación Española es y será perpetuamente la Católica, apostólica, romana") y la monarquía (Artículo 14: "El Gobierno de la Nación Española es una Monarquía moderada y hereditaria")— en la Constitución española de 1812, concretamente en el Artículo 13 que decía: "El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los Individuos que la componen".

La tarea de preparar el borrador de la Declaración fue encomendada a un joven —tenía 32 años— Thomas Jefferson, quien en 1801 se convertiría en el tercer presidente de Estados Unidos, tras el militar George Washington y el abogado y diplomático John Adams. En principio, ese borrador debería haber corrido a cargo de Adams, pero años más tarde este comentó que se eligió a Jefferson "porque podía escribir diez veces mejor" y "los delegados conocían su reputación en la literatura, ciencia y su gran talento para la composición".

La mención a la ciencia no era gratuita, pues entre las muchas habilidades de Jefferson destacaba su inclinación científica. Admiraba la precisión que caracterizaba a la ciencia, especialmente en el campo de las matemáticas.

En este sentido, el 17 de agosto de 1811 escribía al médico Benjamin Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, y el primer profesor de Química en Estados Unidos (el 1 de agosto de 1769 había sido nombrado profesor de esa materia en la que posteriormente sería la Universidad de Pensilvania): "Como he tenido que orientar a mi nieto en sus estudios de matemáticas, he reanudado los míos con gran avidez. Siempre fue mi materia preferida. En ella no hay teorías, la mente nunca queda en la incertidumbre; todo es demostración y satisfacción".

La matemática y la física fueron las grandes pasiones de Jefferson. Su admiración por Newton no conocía límites

Pero más importante es el contenido de otra carta, dirigida a Adams el 21 de enero de 1812: "En cuanto a Francia e Inglaterra, con toda su superioridad en la ciencia, la una es una cueva de ladrones, y la otra de piratas. Y si la ciencia no produjera mejores frutos que la tiranía, el asesinato, la rapiña y la miseria de la ética nacional, preferiría que nuestro país fuera ignorante, honesto y estimable, como lo son nuestros vecinos los salvajes. Pero ¿adónde me está conduciendo la locuacidad senil? A la política de la que me he retirado definitivamente. Pienso poco en ella, y hablo menos. He renunciado a los periódicos en beneficio de Tácito y Tucídides, de Newton y Euclides, y soy mucho más feliz".

La matemática y la física fueron las grandes pasiones de Jefferson, especialmente cuando se retiró a su finca de Monticello, en Virginia (también fue autor de un importante tratado de geografía científica: Notas sobre el Estado de Virginia, 1785).

Su admiración por Newton no conocía límites: poseía una de las doce máscaras mortuorias que se hicieron de él, y en su galería de inmortales en Monticello, tres retratos ocupaban un lugar principal, el de Newton, el de Francis Bacon, el jurista y codificador de los métodos de la ciencia, y el de John Locke, autor de obras como Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), retratos que también habían colgado en la pared de su despacho cuando fue secretario de Estado.

Ha sido el único presidente de Estados Unidos que ha leído el gran libro de Newton —y de la historia de la humanidad— Principios matemáticos de la filosofía natural (1687). Y en este punto quiero volver al pasaje ya citado de la Declaración de Independencia, "Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados en la igualdad", porque como mantenía hace años en su libro Science and the Founding Fathers (1995) el gran historiador de la ciencia, experto mundial en Newton, I. Bernard Cohen (a quien tuve el privilegio de conocer), en la mente de Jefferson lo "evidente" de esas verdades estaba modelado en el ejemplo de los axiomas que constituían el pilar de los Elementos de Euclides, y también, aunque con una base diferente, en los Principia de Newton.

En un borrador previo, la frase que aparecía era "Sostenemos estas verdades sagradas e innegables". La diferencia es fundamental. Se ha señalado que el cambio pudo haberse debido a Benjamin Franklin, otro de los firmantes de la Declaración, puesto que el borrador original contiene correcciones suyas, y también de John Adams, pero la caligrafía de ese cambio es de Jefferson.

La dimensión de Franklin como científico es bien conocida —especialmente sus contribuciones a la ciencia básica y aplicada de la electricidad—, menos son las de Adams, que tampoco fue ajeno a la ciencia: fue el principal fundador de la Academia Americana de Artes y Ciencias de Boston, y en diversas ocasiones invocó conceptos y principios científicos, como en una discusión que mantuvo con Franklin sobre si la legislatura debía ser unicameral o bicameral, citando entre sus argumentos la tercera ley del movimiento de Newton, la de la acción y reacción.

Como se ve, la Declaración de Independencia estadounidense está unida en sus orígenes al pensamiento científico.