Anton van Leeuwenhoek junto a un microscopio.

Anton van Leeuwenhoek junto a un microscopio.

Entre dos aguas

El mundo microscópico: lo que no ven nuestros ojos

Aunque nunca han llamado tanto la atención como los telescopios, estos instrumentos han sido fundamentales para revelar el mundo microscópico que nos rodea.

Más información: Entre la asfixia del presente y el refugio de aquel pasado en el que estaba todo por hacer

Publicada

El microscopio no ha tenido nunca el atractivo popular que su "hermano mayor", el telescopio. ¿Cómo competir con un instrumento que nos lleva mucho más allá de nuestro mundano entorno, a ese cielo que tanto han ensalzado los poetas?

Aunque ya en el mundo grecolatino se utilizaron esferas de vidrio rellenas de agua que magnificaban imágenes, ninguna de las historias tempranas que se pueden asociar al microscopio posee el atractivo de la de Galileo construyendo en 1609 un tosco telescopio, que dirigió a la Luna, Júpiter y Vía Láctea, y cuyas observaciones socavaron la cosmología geocéntrica, algo que él se apresuró a difundir en un libro de pocas páginas, escrito todavía en latín: Sidereus nuncius (1610).

Se abrió entonces la puerta que conduciría al célebre juicio que la Inquisición romana le incoó, y a su, todavía más famosa, posterior abjuración. Pocas veces la ciencia ha adquirido una presencia, una "poética", tan marcada como la que puso en marcha el telescopio de Galileo.

No se sabe quién inventó el microscopio, entendido este como diferente a una mera lupa —algunos lo adjudican al holandés Zacharías Janssen (1588-1638), óptico de Middelburg, hacia 1590—, pero sí está bien establecido que comenzó a aparecer a comienzos del siglo XVII.

Galileo fue uno de los constructores pioneros, pero fue Robert Hooke, que desde 1661 se ocupaba de preparar experimentos para las reuniones de la Royal Society inglesa, quien más hizo por "presentar en sociedad" a la microscopía, con un libro que forma parte de los "clásicos de la ciencia": traducido el título inglés, Micrografía, o algunas descripciones fisiológicas de los cuerpos diminutos realizadas mediante cristales de aumento con observaciones y disquisiciones sobre ellas (1665; Alfaguara, 1989).

Se trata de un texto extraordinario, no solo por su contenido sino también por los grabados que incluye, realizados a partir de dibujos del propio Hooke, y que representan a seres como gusanos, moscas, arañas, avispas, piojos o pulgas; o todo tipo de superficies de vegetales, por ejemplo, la del corcho, que demostró que estaba formado por minúsculas partículas cuadradas, para las que utilizó el término cell ("celda" o "célula").

Utilizaba para sus observaciones lo que se denomina un "microscopio compuesto", formado por un tubo de entre 15,2 y 17,7 centímetros de largo provisto de cuatro secciones extensibles e incorporaba tres lentes, (un pequeño objetivo, una lente de campo y un ocular).

Anton van Leeuwenhoek identificó las bacterias, que observó en 1683 en sus propios esputos y sarro dental

Con el microscopio, decía Hooke en el prefacio de su libro, "no parece improbable que llegue a descubrirse más plenamente la sutil composición de los cuerpos, la estructura de sus partes, las varias texturas de su materia, los instrumentos y modos de sus movimientos internos y todas las demás posibles constituciones de las cosas".

Era consciente, efectivamente, de las posibilidades de este instrumento, posibilidades de las que él apenas se benefició porque utilizaba un microscopio que apenas alcanzaba los 150 aumentos, por lo que sus observaciones no tuvieron la calidad que alcanzaron algo más tarde las de Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), un comerciante y ujier municipal de Delft, que no había recibido una educación superior pero que se dedicó a construir microscopios durante cerca de medio siglo; se estima en alrededor de 500 los que salieron de sus manos, instrumentos con una sola lente pequeña biconvexa muy potente, que montaba entre dos placas metálicas, y que dependiendo de la calidad de la lente proporcionaba hasta 300 aumentos.

A partir de 1673, van Leeuwenhoek (que no sabía inglés) comunicó sus observaciones a la Royal Society de Londres, que fueron traducidas para su publicación. Entre sus descubrimientos se hallan la identificación de las bacterias, que observó en 1683 en sus propios esputos y sarro dental, la forma y tamaño de los hematíes o glóbulos rojos de la sangre, y la textura de la pared de los vasos sanguíneos, del corazón, de los músculos, de la sustancia blanca cerebral y de la médula espinal.

En una gota de agua de lluvia descubrió la presencia de unos seres minúsculos que se movían, y asoció su movimiento con la vida, lo que le llevó a denominarlos animáculos. Era, además, un hábil preparador de muestras: la finura de sus cortes era tal que, siglos después, al someter una de sus muestras al microscopio electrónico, se vieron con toda claridad las paredes de las células. No tuvo discípulos, ni descubrió sus procedimientos de tallado de lentes.

La observación microscópica no dispuso de instrumentos mejores hasta la aparición en la década de 1830 de los microscopios acromáticos, que eliminaron la aberración esférica y los halos. Fue gracias al trabajo del óptico y físico Joseph Jackson Lister (padre del gran cirujano Joseph Lister, introductor en la práctica quirúrgica de la asepsia y del empleo de medicamentos antisépticos).

Este desarrollo fue fundamental para combatir un rechazo hacia los microscopios bastante extendido: la creencia de que distorsionaban la realidad. Así, en 1746, George Adams, un conocido fabricante de instrumentos, explicaba la falta de interés en ellos por "la dificultad de utilizarlos y el miedo a que se necesitase un conocimiento de Óptica", añadiendo que "entretenían poco y eran de poca utilidad". El futuro se encargaría de mostrar cuán equivocadas eran tales apreciaciones.

Santiago Ramón y Cajal fue uno de los que se beneficiaron de la disponibilidad de mejores microscopios (y también de un instrumento como el micrótomo, que sirve para cortar en láminas muy finas lo que se va a observar con el microscopio; el primer micrótomo lo construyó el naturalista John Hill [c. 1716-1775]).

El microscopio que utilizó Cajal, y tantos otros histólogos, antes y después de él, era óptico, hacía uso de la luz visible, es decir, de los fotones, pero en la década de 1930, Ernst Ruska y Max Knoll utilizaron las enseñanzas de la física cuántica —en concreto, la dualidad onda-partícula— para inventar un nuevo tipo de microscopio, en el que los fotones se sustituían por electrones, cuya longitud de onda es mucho menor que la de los fotones, permitiendo así visualizar estructuras diminutas, casi mil veces más pequeñas. Se trata del microscopio electrónico, sobre el que el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología ha preparado, en su sede de Alcobendas, una exposición, Gigantes para ver lo diminuto. Microscopía electrónica, a la que acompaña un magnífico catálogo.