José Castillejo e Irene Claremont fundaron la pequeña Colonia del Zarzal en el barrio madrileño de Chamartín. Diseño Rubén Vique

José Castillejo e Irene Claremont fundaron la pequeña "Colonia del Zarzal" en el barrio madrileño de Chamartín. Diseño Rubén Vique

Entre dos aguas

España y su intelectualidad a través de la mirada extranjera de Irene Claremont

En 'Me casé con un extraño', la escritora inglesa comparte sus impresiones sobre nuestro país tras su boda con José Castillejo.

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Hay libros que, por alguna razón, contienen "hilos" que reconocen los tejidos de nuestra vida. Así sucede, en mi caso, con el que la histórica Residencia de Estudiantes, uno de los faros más reconocibles de la vida cultural madrileña, ha rescatado del olvido en una espléndida edición: Me casé con un extraño, de Irene Claremont.

Pero para entender mi relación con este libro tengo que retrotraerme a lo que ya es un pasado lejano, a 1976. Después de pasar un año en el Departamento de Matemáticas del King’s College de Londres, me trasladé, para hacer mi doctorado, al Departamento de Física y Astronomía del University College, también de Londres.

Cuando llegué me recibió en su despacho un professor de apellido español que más tarde supe que era una autoridad en física de partículas elementales: Leonardo Castillejo (1924-1995). Este apellido no me decía nada. Tampoco sabía yo entonces que había existido (1907-1938/9) en España una institución llamada Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), cuya alma había sido su secretario general, un extremeño, catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Madrid, y seguidor de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza: José Castillejo y Duarte (1877-1945).

La vida a veces nos juega curiosas pasadas porque, con el tiempo, cuando de físico teórico me convertí en historiador de la ciencia, llegué a ser una ¿"autoridad"? en la historia de esa Junta, una institución que fue un ejemplo de coexistencia entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales.

Acogió al Centro de Estudios Históricos, encabezado por Ramón Menéndez Pidal y que contó, entre otros, con Américo Castro, Tomás Navarro Tomás, Dámaso Alonso y Rafael Lapesa; y al Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, en cuyos laboratorios trabajaron Santiago Ramón y Cajal, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Juan Negrín, Miguel Catalán y Julio Rey Pastor.

Me casé con un extraño me ha ayudado a evocar vivencias de la época en que investigaba sobre la JAE. Porque en este libro, con una espontaneidad e inocencia difíciles de encontrar, Irene Claremont (1885-1967), una inglesa que se casó con José Castillejo, ofrece panorámicas preciosas de la España del primer tercio del siglo XX, y de sus élites intelectuales.

Revivimos con ella, por ejemplo, su primera experiencia al llegar a la que iba a ser su nueva patria, del "rápido tránsito del día a la noche en Castilla": "El crepúsculo pertenece a Inglaterra. Pero las montañas, sin la luz deslumbrante del sol, se volvieron de repente acogedoras y aterrizamos de la forma más apacible en la plaza de La Granja".

Como tantos otros españoles, Castillejo tuvo que abandonar España al empezar la Guerra Civil, refugiándose en Inglaterra

Nos hace, asimismo, partícipes de sus recuerdos de personajes que forman parte de la mejor historia de España. De Francisco Giner de los Ríos escribe que era "un hombre bajo, calvo, de barba blanca, tez morena y facciones morunas; los ojos y la sonrisa inolvidable", y que "acostumbraba llevar chaqueta de hilo blanca y, en el jardín, un ridículo sombrero de paja con el que se paseaba airoso y burlón, subrayando aún más su figura cómica".

Recuerda que, según Salvador de Madariaga, "en Castillejo confluían la inocencia de la paloma con la astucia de la serpiente", caracterización que a la vista de lo que logró no parece desencaminada.

Y con candor confiesa: "Los estudios de fonética de Tomás Navarro me dejaban fría, así como el pensamiento original del físico Cabrera o la extensa erudición arqueológica de Gómez-Moreno. Américo Castro sería una autoridad en Cervantes, pero a mí solo me impresionó lo increíblemente guapo que era. En Ortega y Gasset me fijé algo más, porque sus ensayos eran lo único en literatura española que me apetecía leer; y, además, nos había regalado un par de bellas, revoltosas, palomas blancas para iniciar nuestro palomar".

El "palomar" al que se refiere estaba situado en un olivar que Castillejo compró en 1917 en el hoy distrito de Chamartín, y donde construyó la casa en la que vivió con su familia: él, Irene y sus hijos, Jacinta, Leonardo —el mismo que muchos años después me recibiría en un college londinense—, Sorrel y David, estudioso del Newton más esotérico, con quien pasé una tarde inolvidable hace muchos años en esa casa, explicándome la geometría de las serigrafías de la Alhambra.

Justo al lado del Olivar de Castillejo, situado en lo que entonces se llamaba Cuesta del Zarzal, hoy calle Ramón Menéndez Pidal, recuerdo que don Ramón se construyó también una casa. Hace años pasé muchas horas y días allí, consultando los papeles de su yerno, el químico especializado en espectroscopía Miguel Antonio Catalán, del que finalmente publiqué su biografía (se casó con Jimena Menéndez-Pidal, bien recordada por muchos por haber fundado, después de la Guerra Civil, el Colegio Estudio de Madrid).

En esa casa nació Diego Catalán Menéndez-Pidal, quien continuaría la tradición de su abuelo convirtiéndose en un eminente filólogo e historiador de la lengua. Diego, que me honró con su amistad, debió ser elegido miembro de la Real Academia Española. Cuando yo leí en 2003 mi discurso de entrada en la RAE, él aceptó ocupar un lugar en la primera fila, junto a mi familia.

En aquella zona se formó la pequeña "Colonia del Zarzal". El entomólogo Ignacio Bolívar, director del Museo de Ciencias Naturales y, tras la muerte de Cajal, presidente de la JAE, construyó dos casas en la parte sur del Olivar. Lindando con su propiedad, Luis Lozano Rey, catedrático de Vertebrados en Madrid, levantó otra. También Dámaso Alonso se construyó allí, en 1933, un chalet, que ya no existe, demolido para edificios de viviendas en una zona muy valorada de Madrid.

En uno de esos edificios, que da a la calle Alberto Alcocer, una placa recuerda que allí estuvo el hogar-biblioteca de don Dámaso. Humilde rescoldo de un tiempo pasado, del que únicamente quedan hoy la casa-fundación de Menéndez Pidal y las actividades musicales veraniegas en lo que hoy es la Fundación Olivar de Castillejo.

Como tantos otros españoles, intelectuales o no, Castillejo tuvo que abandonar España al empezar la Guerra Civil, refugiándose con su familia en Inglaterra, donde falleció. Aquel "tiempo de plomo y metralla" se recuerda ahora en una exposición que se muestra, hasta el 12 de abril, en la Residencia de Estudiantes: Intolerancia. España en una Europa convulsa, 1914-1945, a la que acompaña un magnífico catálogo.