El cohete del Sistema de Lanzamiento Espacial de la NASA que transporta la nave Orión. Foto: NASA/Aubrey Gemignani

El cohete del Sistema de Lanzamiento Espacial de la NASA que transporta la nave Orión. Foto: NASA/Aubrey Gemignani

Entre dos aguas

Artemis II: ¿"Un rayo de esperanza para todo el mundo"?

Pese a la admiración que despierta el nuevo programa de misiones de la NASA que llevará al ser humano de nuevo a la Luna, surgen ciertas cuestiones conflictivas que no se deben obviar.

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La misión Artemis II de la NASA ha permitido a los astronautas ver con detalle su mítica cara oculta, aunque esta ya haya sido hollada en 2019 y 2024 por las sondas chinas Chang’e 4 y Chang’e 6.

Quiero dejar constancia de que esta misión es un prodigio tecnológico, incluso se podría decir que es un homenaje a la física newtoniana de la gravitación (para este desempeño no es necesario recurrir a la teoría general de la relatividad y a la matemática que subyace en el estudio de la mecánica celeste, que tuvo entre sus grandes pioneros a científicos de la talla de Pierre-Simon Laplace y Henri Poincaré, una disciplina ahora potenciada por la disponibilidad de computadoras, y por el conocimiento que la astrofísica ha aportado al Sistema Solar).

Como cabía esperar, esta misión ha atraído una gran atención en los medios informativos de todo el mundo, muchos de los cuales han enviado reporteros para informar in situ. El Centro Espacial Kennedy de Florida ha sido un hervidero de periodistas y cámaras de televisión, y en los aledaños se congregaron miles de personas para ver el despegue de la nave.

No creo que sean muchos los periódicos o telediarios, si es que existe alguno, cuyas primeras páginas o aperturas no han estado dedicadas a esta misión, completadas con explicaciones de todo tipo de detalles: motores, cohete (el más potente construido), cápsula (Orión) para la tripulación (el que cuente por primera vez con un pequeño retrete atrae especial atención), cubierta protectora, trajes de los astronautas y las diferentes etapas del vuelo.

Mencionado todo esto, e, insisto, la admiración que siento por lo que esta misión significa en el orden tecnológico-científico, quiero detenerme en otros aspectos para los que soy muy crítico. El primero se refiere a la importancia que se le está dando y que se refleja en la respuesta que Lori Glaze, administradora asociada de la NASA, ofreció a Nuño Domínguez, enviado especial de El País: "Esta misión tiene que ser un rayo de esperanza para todo el mundo".

¡"Un rayo de esperanza" en un mundo asolado en la actualidad por destrucciones masivas de vidas y materiales en Ucrania, Gaza, Irán, Líbano! En un mundo en que la política internacional asiste, impotente, a la bravuconería más transparente y grosera (Trump), basada en el argumento de la fuerza, y al interés expansionista (Netanyahu) que traiciona el doloroso pasado del pueblo israelita.

Como si fuera una serie de televisión, vemos en los noticiarios televisivos cómo los misiles, que partieron desde cientos o miles de kilómetros, destruyen todo tipo de instalaciones y edificios, sin importar las vidas humanas, calificadas de "daños colaterales". La tecnología, que tanto bueno ha dado a la humanidad, ahora como instrumento del dolor.

La última misión de la NASA no contribuirá a dar respuesta a las perturbadoras preguntas de las que hoy somos conscientes

Esto, en un mundo en el que la amenaza, corrijo, la evidencia de un cambio climático enfrenta a la humanidad a un futuro medioambiental muy diferente al que ha imperado desde hace siglos, y que provocará cambios profundos en vidas y haciendas. Amenaza-evidencia que niega el presidente del país que más energía consume, apartándose de los acuerdos internacionales (apenas cumplidos) de control de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Otro de los comentarios frecuentes que se hacen sobre esta misión es que ahondará en el conocimiento que tenemos del cosmos. Pero el conocimiento que se va a obtener en este caso es pequeño, en absoluto comparable al que han proporcionado otras sondas, telescopios terrestres o espaciales, e investigaciones de astrofísicos y cosmólogos.

Artemis II no contribuirá a dar respuesta a las grandes y perturbadoras preguntas de las que hoy somos conscientes: qué es la materia oscura, a dónde va la masa que engullen los agujeros negros, si existen otros universos, o entender realmente qué fue el Big Bang.

Leo en diferentes medios que Artemis II y las misiones que la seguirán honran el deseo de los humanos de ir más allá de nuestro hogar terrestre, pero no comparto esta opinión, que considero manifestaciones fruto de miopía, de no ver más allá de lo inmediato (la Luna, Marte).

Quienes honran al intelecto humano son los miles de científicos que con sus investigaciones exploran el universo

Quienes satisfacen este deseo y honran al intelecto humano son los miles de científicos que con sus investigaciones exploran el universo, siguiendo la ruta abierta en el pasado por los Brahe, Kepler, Galileo, Newton, Herschel, Hubble o Einstein, entre otros, con el apoyo de esos "hogares" de la ciencia astronómica como Hven, Monte Wilson, Monte Palomar, Mauna Kea, Cerro de los Muchachos, Atacama, Telescopios Espaciales Hubble y James Webb…

Lo que sí está claro en este nuevo empuje a la exploración de nuestro vecindario planetario es la intervención de nuevos factores. Uno relativamente actual, porque se trata de una variación de la vieja carrera espacial por acaparar prestigio, que en el pasado tuvo como protagonistas a Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora reemplazada por China.

Diferente es la presencia de objetivos como la futura minería espacial lunar. Atisbada en un futuro próximo la escasez de algunos materiales en la Tierra, el ansia consumista y la obtención de grandes beneficios económicos, llevan a dirigir ahora las exploraciones hacia nuestro satélite. Y las dirigen no solo las naciones, sino también individuos, plutócratas que han fijado entre sus intereses (comerciales, publicitarios y personales, sus "filosofías vitales") la "colonización" y explotación de la Luna y Marte.

A la cabeza de ellos, Elon Musk, quien, antes del comienzo de la misión Artemis II, anunció su intención de sacar su compañía espacial, SpaceX, a la Bolsa; y Jeff Bezos, fundador de Amazon y dueño de Blue Origin, empresa de transporte aeroespacial.

El programa espacial ya no lo dirigen o controlan exclusivamente la NASA y las agencias espaciales de otros países como la europea ESA, sino individuos como estos. La democracia, ese, parece, ya viejo y noble proyecto que encumbraron movimientos como la independencia de Estados Unidos, de la que ese año se cumple su 250 aniversario, o la Revolución francesa, tiene sus enemigos dentro, y dinero y tecnología son sus mejores aliados.