James Bond, entre Auric Goldfinger (izquierda) y Donald Trump. Diseño: Rubén Vique

James Bond, entre Auric Goldfinger (izquierda) y Donald Trump. Diseño: Rubén Vique

Ciencia

Por qué Trump prefiere que Ormuz siga cerrado: la estrategia 'Goldfinger' y la necesidad de un James Bond

Supongamos que cambiamos al villano de la película por el presidente estadounidense y el oro por el petróleo. Tenemos un problema digno de 007.

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Supongo que a estas alturas quedará poca gente que no haya visto Goldfinger, la tercera de la saga de James Bond, producida en 1964 y protagonizada por Sean Connery, pero resulta que sesenta y pico años después su magnífico guion (de Richard Maibaum y Paul Dehn) puede estar poniéndose de actualidad a marchas forzadas.

Auric Goldfinger es un gánster, un supervillano, del que se sospecha que quiere robar el oro de Fort Knox, a pesar de las enormes medidas de seguridad y de los riesgos que eso implicaría. Sin embargo, el malo no quiere robar el oro, sino destruirlo, volverlo intocable contaminándolo con radioactividad para hacer aumentar el valor de sus propias reservas. Es una simple cuestión de mercado: si el metal disponible disminuye drásticamente, el restante aumentará de valor.

Pero entonces estaba allí James Bond para impedirlo. ¿Y ahora?

Supongamos que cambiamos a Goldfinger por el presidente estadounidense Donald Trump y supongamos que se sustituye también el oro por el petróleo. Es posible, y hasta plausible después de seguir las noticias de las últimas semanas, que el plan de Trump no pase por quedarse con el petróleo iraní y el de la región del golfo Pérsico, sino que simplemente quiera sacarlo del mercado para revalorizar sus ya menguantes reservas de petróleo de fracking y, a través de la escasez, dominar el mercado mundial.

Esta jugada, de salir bien, supondría unas ganancias colosales, además de reafirmar el poder norteamericano sobre el mundo entero, haciéndonos a todos dependientes de sus decisiones y sus intereses.

Esta hipótesis, lo reconozco, es más propia de un guionista o de un novelista que de un político, pero sometida a un análisis de la información de que disponemos, se sostiene con bastante solvencia. Por ejemplo, explicaría el hecho de que a Trump no le importe gran cosa que en la guerra se estén destruyendo importantes infraestructuras energéticas, desde pozos petrolíferos a refinerías, pasando por yacimientos de gas y oleoductos. De hecho, esa sería la parte principal del plan, si nos ceñimos a la hipótesis Goldfinger: reducir la oferta para aumentar el valor de las reservas propias, sin necesidad de controlar nada más.

Explicaría también la insistencia del presidente de EE. UU. en invitar al resto de la comunidad internacional a abrir el estrecho de Ormuz y el modo en que se desentiende el problema en semejante cuello de botella geoestratégico. ¿Para qué iba a molestarse en resolver el problema de Ormuz si su intención es alejar ese petróleo de los mercados? El que quiera petróleo, que hable con él, que ya se ha asegurado el suministro de Canadá, México y Venezuela, que están en su órbita de influencia, mismamente a las puertas de su casa.

Cierta o no la teoría de Goldfinger, el hecho es que, mientras tanto, el reloj corre desbocado para el resto. Recientemente, el departamento de estrategia de JPMorgan ha publicado un documento en el que detalla el impacto que tendría para las distintas regiones un alargamiento de la guerra.

En el escenario de que se terminase ya mismo, la necesidad de reparar las infraestructuras dañadas haría que la situación tardase hasta tres años en normalizarse. A partir de la primera semana de abril, toda Asia comenzaría a sentir la escasez, aunque las reservas disponibles son desiguales.

Si la guerra durase hasta la segunda quincena de abril, toda Europa tendría que empezar a plantearse la imposición de restricciones, especialmente en lo referido al diésel y al queroseno de aviación.

Y si la guerra durase hasta la primera semana de mayo, entonces el mundo entero se vería afectado por la escasez, y nos veríamos abocados a una enorme crisis económica, con los precios del crudo rondando los ciento cincuenta dólares, o incluso precios superiores.

Y no es que el petróleo del golfo Pérsico sea el único del mundo, pero como los precios son marginalistas, es decir, que se fijan por el precio del último barril vendido, nos encontraríamos ante una especie de juego de las sillas energético, donde todo el mundo buscaría suministro a toda costa, elevando el precio, con el objetivo de que fuera otro el que se quedase con las manos vacías.

Queda otra salida, por supuesto: arreglarse a toda prisa con Rusia, sea cual sea el precio que haya que pagar, o el que tenga que pagar Ucrania, y soslayar la escasez del petróleo iraní y de los países aledaños con petróleo ruso. Pero para eso falta por saber lo que opinaría Putin y, peor aún, lo que opinaría Zelensky, después de resistir cuatro años. ¿Dejar tirados a los ucranianos es una opción? Visto lo visto, y ahora que el mundo parece reírse a mandíbula batiente de la legalidad, las normas y los compromisos alcanzados, no me atrevería a apostar en contra.

Así que, además de verlas venir, y por si la hipótesis Goldfinger tuviese algo de cierto, más nos vale irnos buscando un James Bond que nos saque de esta.