Tengo una cita por Manuel Hidalgo

Las penalidades infantiles de Jules Vallès

29 julio, 2016 11:32

[caption id="attachment_1173" width="235"] Jules Vallès[/caption]

Periférica publicó hace diez años El testamento de un bromista, con la misma traducción de Luis Eduardo Rivera, y ahora reedita el libro en su colección “Largo recorrido”, una nueva ocasión para leerlo y comentarlo.

Jules Vallès (1832-1885) escribió El testamento de un bromista en 1869 antes de su exilio londinense, antes, por tanto, de su trilogía sobre Jacques Vingtras, fuertemente autobiográfica, integrada por El niño, El bachiller y El insurrecto.

Lo autobiográfico es esencial en la narrativa del periodista y revolucionario francés y también está presente en El testamento de un bromista, que se asocia a Recuerdos de un estudiante pobre y a El candidato de los pobres.

“Cierta mañana, cuando estaba en un café, alguien me dio la noticia: “Se suicidó el bromista, ¿sabe?””. De esta manera, chocante sin duda, al asociar el suicidio y la broma, el narrador inicia su relato que no es otra cosa que la transcripción de unas “páginas memorialísticas” escritas por el “amable” suicida bajo el género de “diario caricaturesco y panfletario”, según las define quien ahora nos las da a conocer.

El suicida, un tal Ernest Pitou, era un hombre rico y de buena salud en el momento de volarse los sesos, pero en su peculiar diario recoge las tristes vicisitudes de su infancia a partir de los seis años. Desde 1838, fecha en la que el propio Vallès tenía esa edad.

Ernest Pitou era un buen estudiante en el colegio, pero sus muy brutos y primarios padres le daban enormes palizas a toda hora, le maltrataban con saña, le daban mal de comer, le vestían de forma ridícula y risible y, en fin, le mantenían humillado en todo momento, situación que no mejoraba con los castigos y correcciones que recibía en la escuela.

Todo esto coincide con la infancia del propio Vallès, quien desarrolló desde muy pronto una gran aversión a los padres, los profesores, la escuela, la educación, el clero y toda clase de autoridad, imposición y explotación.

El pobre Pitou sólo es consolado por una vecina, la solterona señorita Balandrou que le aplica remedios sobre su trasero en carne viva, y por las iniciáticas alegrías eróticas que le depara su prima Polonie, por la que bebe los vientos.

El recuento de los desmanes e infortunios que sufre Pitou permite avizorar la forja de un rebelde en el molde de una sociedad injusta, pero Vallès lo describe todo en un tono próximo a la farsa cómica, de manera que, por más raro que parezca, el relato, incluida su posible visualización, adquiere una sorprendente atmósfera felliniana.

Otra cosa es la viva, fragmentada y económica escritura de Vallès, que sigue causando asombro hoy por su absoluta modernidad, tan alejada de la media de la novela realista y naturalista que entonces era hegemónica.

El estilo se adensa y todo se solemniza un poco en el tramo final, en el que Pitou reside en París, es testigo de las insurrecciones populares y también de la represión y consolida –como Vallès- su vocación revolucionaria. La novela se detiene ahí, y nos deja sin conocer el tránsito de Pitou hacia la riqueza y el suicidio, lo que resulta un poco extraño.

La madre de Pitou es muy religiosa y lleva a su hijo a las vistosas vísperas dominicales, con sus pompas y su música: “¿Qué pompas? ¡Esos paseos de curas rosados y descoloridos que marchan como ciegos gañendo latinajos, murmurando padrenuestros! ¡Esos monaguillos con sus narices garrapiñadas y sus mejillas azuladas, con los calzoncillos que se transparentan bajo la sotana! Como vírgenes bobaliconas, de narices hinchadas y ojeras, algunas mujeres tienen pinta de manzana cocida o de calabaza aplastada, y siguen los palios tras los estandartes, cuyos mangos lastiman los pechos sudorosos de los congregantes o dejan sin aliento a los sacristanes. Me parecen unas metomentodo, feas, con aspecto de babosas. ¡Y la que lleva el agua bendita apesta!”.

¿Qué pensábamos? El ceremonial está visto con los ojos de un niño apaleado, lógicamente resentido con una madre tan cruel como beata. Pero, lejos de la pintura piadosa del costumbrismo religioso, he aquí un bronco aguafuerte que expresa sin paliativos el anticlericalismo y el rechazo de la religión del Vallès revolucionario.

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