El burro Bottom, las hadas luciérnaga y su reina Tytania. Foto: Favier del Real.
Britten sonríe en el Teatro Real
'Sueño de una noche de verano’ es un éxito redondo y colectivo: más de dos horas de concentración y creatividad en una celebración del ingenio británico.
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El Sueño de una noche de verano, nueva producción del Teatro Real, es un éxito redondo y colectivo. Un grupo de ingleses ―William Shakespeare, autor de la comedia, Benjamin Britten, libretista y compositor, Peter Pears, solo libretista, Ivor Bolton, director de orquesta, y Deborah Warner, de escena― se juntan en torno a uno de sus grandes talentos nacionales: la comedia.
Quizá por eso, la gran ovación de la noche se la llevó el bajo Clive Bayley, por su creación divertida y bien cantada del personaje de Bottom: humor directo, antisutil, farsa de burro y rebuzno. Una vez estrenado en Madrid, este Sueño viajará a los otros dos teatros coproductores: el Royal Ballet and Opera de Londres y el Maggio Musicale Fiorentino.
El mismo equipo de Bolton y Warner protagonizaron los anteriores éxitos brittenianos del Teatro Real: las tragedias marinas de Peter Grimes, el pescador, y Billy Budd, el marinero. Pero en el Sueño no encontramos mares negros, sino las divertidas sombras de un bosque mágico.
Desde el momento de levantarse el telón ―que es una fantasía de niños luciérnaga vestidos con tutú de led¬―, el espectador se ve secuestrado por lo que oye y lo que ve. Del foso llegan sin parar ideas musicales brillantes que se entienden y se sienten a la primera y sitúan con precisión las emociones de la trama.
Este Britten sonriente, tan genial como el tenebroso de La vuelta de tuerca y de las tragedias marinas, suena liberado: no tiene que entrar en profundidades y puede recrearse en las delicias y ligerezas. Lo que oímos, en realidad, es una competición generosa de guiños y esplendideces: Shakespeare dispara imágenes afiladas a razón de varias por verso y Britten responde a cada una con un gesto sorprendente de la orquesta, sea melódico o tímbrico.
A las órdenes del maestro Bolton, la Orquesta Titular del Teatro Real sonó a un nivel altísimo: más de dos horas de concentración y creatividad, matizando y dando vida, color y expresividad a los magníficos interludios y al discurso general, que es casi siempre camerístico. Cada frase, hasta las más pequeñas, sonó bien fraseada y los solistas ―celesta, trompeta, flauta, arpa, contrabajo...― brillaron en sus respctivos momentos.
La línea vocal busca por encima de todo la eficacia prosódica y el servicio al texto. Iestyn Davies contratenor de voz homogénea en casi todo el registro, hizo un Oberon verisímil, al igual que la Tytania, reina de las hadas, de la soprano Liv Redpath, de bonito timbre. Fantástico el cuarteto de enamorados y la compañía de actores/operarios, dotados todos de vis cómica.
El actor Daniel Albelson comparte el papel de Puck con Juan Leiba, un "bailarín aéreo" de oficio adecuadamente definido, porque recorre la dimensión vertical de escenario andando, nadando y bailando en el aire con pasmosa naturalidad. El espacio escénico es sugestivo: un bosque de un árbol solo (como los del teatro noh), que crece al revés, raíces arriba. Es un espacio único. No cambia apenas, salvo por el despliegue de una hamaca para los amores y de un teatrillo para la escena de teatro dentro del teatro.