Byung-Chul Han.

Byung-Chul Han. Foto: Román G. Aguilera / EFE

Entreclásicos

La esperanza según Byung-Chul Han

Según el filósofo coreano, la belleza nos anticipa el esplendor de lo venidero.

Si creemos en un futuro, ya no miraremos hacia delante con miedo, angustia y desesperación.

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En la Edad de la Nada, solo unos pocos se atreven a hablar de esperanza. En Europa occidental, ha triunfado el nihilismo. Se ha impuesto la convicción de que el ser solo es materia y su destino, la progresiva degradación. El fin de los tiempos ha sido descrito con la meticulosidad de un pintor flamenco. El orden que hoy percibimos se desintegrará algún día. Las estrellas agotarán su combustible nuclear y se apagarán. Los átomos se descompondrán y los agujeros negros se evaporarán. La distancia entre las escasas partículas supervivientes será tan gigantesca que no interactuarán entre sí.

El universo estará poblado únicamente por fotones de bajísima energía, neutrinos y tal vez algunos electrones y positrones dispersos. Todo el cosmos se hallará una fracción mínima por encima del cero absoluto, sin ninguna variación térmica. Al no haber diferencias de temperatura ni de gravedad, ninguna partícula podrá transferir energía a otra.

Aunque el tiempo cronológico seguirá fluyendo, perderá su significado, pues no habrá eventos ni cambios. Al finalizar toda actividad física y química, no surgirá nuevas estrellas ni nuevas galaxias. Congelado en un presente atemporal y estático, se convertirá en un lugar totalmente oscuro, frío, vacío y homogéneo.

Para Miguel de Unamuno, el ser es algo mucho más grande que el universo. El universo está acotado por el tiempo. En cambio, el ser es eterno y solo lo eterno merece el nombre de existencia. De ahí que se llame a Dios el Existente, pues es lo único que no está sujeto a la flecha del devenir. Sería inútil buscarlo en el mundo. No es un ente, sino la Vida misma. Se objetivó o vació (kénosis) en el cosmos y, lejos de degradarse, restituirá todo lo que ha sido en una plenitud definitiva. San Pablo así lo entendió y por eso escribió: "Dios será todo en todos".

El filósofo coreano Byung-Chul Han, al que se ha definido como un "incómodo pensador católico" por sus especulaciones poco ortodoxas, comparte el punto de vista de Unamuno. "Sin una religión que nos eleve hacia lo trascendente -escribe en Sobre Dios. Pensar con Simone Weil-, la vida queda reducida a mera supervivencia". Quizás sería más exacto decir que la vida queda reducida a nada. Sin una perspectiva escatológica, la existencia es un chispazo efímero, casi una ilusión.

Ante el famoso "Dios ha muerto" de Nietzsche, Byung-Chul Han replica que "no es Dios quien ha muerto, sino el tipo de ser humano capaz de escucharlo". El "ruido digital", que no cesa de bombardearnos con estímulos audiovisuales, ha destruido la capacidad de escucha y contemplación. La hiperactividad nos impide apreciar que el silencio y la oración no son actos pasivos, sino las únicas vías posibles para contactar con lo trascendente.

En una de las reflexiones más célebres, Simone Weil apunta: "La atención, llevada a su grado más alto, es lo mismo que la oración". El sentido de la oración no es pedir, sino ponerse a la espera de Dios. Simone Weil advierte que el padrenuestro no es un simple gesto de adoración, sino una forma de despojarse del yo. Dios creó el mundo y se ocultó. Se puso en segundo plano para garantizar la autonomía del universo y del ser humano. Nosotros debemos imitar ese proceder.

La hiperactividad nos impide apreciar que el silencio y la oración no son actos pasivos, sino las únicas vías posibles para contactar con lo trascendente.

Disminuir nuestro propio ego es la única forma de abrir un espacio a la acción de la gracia divina. Esa forma de obrar no puede estar más alejada de la espiritualidad moderna, cuya meta principal es el bienestar individual. El ser humano sufre desde la caída. Ya no percibe el mundo como su hogar ni a los otros como sus hermanos. Siente que ha sido arrojado a un entorno hostil donde sus semejantes constituyen una amenaza.

La comunión con la naturaleza y la fraternidad originales se malograron cuando el ego se desbocó y sucumbió a la voluntad de poder, al deseo de ser más y de disponer de las vidas ajenas. Necesitamos interrumpir la vertiginosa y banal actividad de nuestra era para escuchar a Dios y lograr la salvación. La salvación es sanación, reconciliación, conexión con la alteridad y nunca se obtiene individualmente, sino en estrecha colaboración con los otros.

Esperanza significa mirar a lo lejos, percibir el futuro como algo abierto y fecundo. Pensar que no nos espera la oscuridad y el frío, sino la plenitud de un mundo corregido y trascendido. "La esperanza nos hace creer en un futuro", escribe Byung Chul-Han en El espíritu de la esperanza. Si creemos en un futuro, ya no miraremos hacia delante con miedo, angustia y desesperación. Frente a la esterilidad del nihilismo, el nacimiento de un Niño nos anuncia una vida nueva, más plena y fructífera.

La esperanza es un salto que nos libera de la perspectiva de un "futuro agotado". Nos inspira y nos mantiene en movimiento. Nos ofrece un horizonte de sentido. Nos permite vivir, pues "vida y esperanza son lo mismo". Byung-Chul Han reivindica la Teología de la Esperanza de Jürgen Moltmann, pues abre un vasto horizonte de futuro, que engloba también a la muerte.

Disminuir nuestro propio ego es la única forma de abrir un espacio a la acción de la gracia divina

La esperanza surge al borde del abismo, cuando estás cerca de la desesperación más absoluta. "La esperanza no es optimismo –aclara Václac Havel–. No es el convencimiento de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, al margen de cómo salga luego".

Byung-Chul asegura que la esperanza "viene de otra parte, de una 'lejanía'. Hunde sus profundas raíces en lo 'trascendente'". ¿Podemos atisbar en el presente esa nueva creación de la que habla la escatología cristiana? Según el filósofo coreano, la belleza nos anticipa el esplendor de lo venidero. Al escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven, contemplar un paisaje o leer un poema descubrimos –por utilizar una expresión de Ernst Bloch– "una brisa matutina" o, si se prefiere, intuimos que "hay posibilidades contra toda probabilidad".

La esperanza no se basa en evidencias, sino en la confianza. Confianza en algo que nos sostiene y trasciende. La confianza no se apoya en hechos, sino en expectativas. No es irracional, pero se escapa al cedazo del método hipotético-deductivo. No brota en un laboratorio, sino en el corazón y rescata al universo de la insignificancia. Muchos insistirán en que el universo viaja hacia la oscuridad, el silencio y el frío, pero yo creo que ese horizonte, desprovisto de sentido, solo es el fruto de una mirada insuficiente.

¿Hay algo más absurdo que afirmar que el universo se creó a sí mismo para autodestruirse? Me parece más racional aventurar que, después de viajar por el tiempo y el espacio, la conciencia algún día exclamará, como escribió C. S. Lewis en Las Crónicas de Narnia: "¡He llegado a casa por fin! ¡Este es mi país! Pertenezco aquí. Esta es la tierra que he estado buscando toda mi vida, aunque nunca lo supe hasta ahora".

C. S. Lewis fue un visionario. El 17 de junio de 1963 escribió una carta a su amiga Mary Willis Shelburne, desahuciada por los médicos, para ayudarla a encarar su inminente fin: "¿Este mundo ha sido tan amable contigo que deberías dejarlo con pesar? Hay cosas mejores por delante que las que dejamos atrás". Lewis murió cinco meses después de escribir estas palabras. En cambio, Shelburne se recuperó y vivió doce años más. Estoy convencido de que ambos se reencontraron en ese mundo mejor del que habla la esperanza y que constituye nuestra única alternativa a la noche eterna augurada por la física.