Fotograma de 'Comanchería' (David Mackenzie, 2016).

Fotograma de 'Comanchería' (David Mackenzie, 2016).

Entreclásicos

El wéstern nunca morirá

La creación de AMC Western y el éxito de series del Oeste como ‘Yellowstone’ y 'Godless' corroboran que el género sigue muy vivo y que no dejará de evolucionar.

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AMC Western acaba de llegar a España. Es un nuevo canal de televisión que solo incluye “películas del Oeste”, un término que durante mucho tiempo se utilizó despectivamente para designar un género supuestamente menor. Con su ironía habitual, John Ford se presentaba a sí mismo como director de “películas del Oeste” y cuando alguien le decía que era el gran cronista de la epopeya americana, un nuevo Homero, respondía con un improperio y chupaba con sorna su pipa, fulminando a su interlocutor con su ojo de cíclope.

Por cierto, el parche de John Ford no procedía de una lesión producida por una de esas peleas a puñetazos que tanto le gustaban, sino de su negligencia después de una operación ocular. Ford tenía un temperamento imposible, pero es el mayor genio de la historia del cine. Ni Billy Wilder, ni Hitchcock, ni Orson Welles, pueden competir con él.

De hecho, cuando a Welles le preguntaba quiénes eran sus maestros, sus directores favoritos, respondió: “John Ford, John Ford y John Ford”. Y reconoció haber visto La diligencia más de 40 veces para alcanzar el mayor grado de perfección artística en Ciudadano Kane.

A finales de los 60, el wéstern sufrió un ataque comprensible. Se le responsabilizó de haber deshumanizado a los pueblos nativos americanos para justificar el genocidio perpetrado por la colonización blanca.No se puede negar este hecho, quizás el pecado capital del género, pero no está de más recordar que ya en 1948 John Ford denunció en Fort Apache los abusos cometidos en las reservas y dignificó la figura del Cochise, jefe de los apaches chiricahuas.

A pesar de la tendencia a demonizar a los indígenas, ya circulaba por el género la sospecha de estar construyendo un falso mito sobre la conquista de América.No obstante, se prefería la leyenda a los hechos, como señala Maxwell Scott (Carleton Young), director del diario local Shinbone Star al final de El hombre que mató a Liberty Valance. El arte a veces sacrifica la verdad en aras de la belleza o la grandeza. Lo sublime casi siempre implica una impostura.

En las décadas posteriores, el género comenzó a hacer justicia y mostró con crudeza los crímenes de guerra del ejército y los colonos. En Soldado azul (Ralph Nelson, 1970), se recreó la masacre de Sand Creek, acontecida el 29 de noviembre de 1864.

En esa fecha, una fuerza de más de seiscientos voluntarios del Tercero de Caballería de Colorado bajo el mando del coronel John Chivington atacó sin previo aviso el campamento de cheyenes y arapajós del jefe Caldera Negra, asesinando indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños. Se calcula que murieron 135 nativos y solo nueve blancos.

En muchos casos, se mutiló a las víctimas o se las torturó despiadadamente. La perspectiva crítica sobre la historia del Oeste no es incompatible con la fidelidad histórica, nada complaciente con las idealizaciones surgidas de los relatos revisionistas.

En La venganza de Ulzana (Robert Aldrich, 1972), se muestra abiertamente las miserables condiciones de vida de los nativos confinados en reservas, pero cuando un grupo de apaches se escapa, no se limita a buscar una vida mejor.

Durante su huida, matan y torturan a familias inocentes. Los pueblos nativos —apaches, comanches, sioux no eran pacíficos agricultores, sino comunidades nómadas que sobrevivían cazando y saqueando a las tribus rivales.

Ulzana y su banda ejecutarán las tácticas de guerra habituales en su cultura, que implican la tortura de los prisioneros hasta la muerte. Era una forma de desmoralizar al enemigo y de apropiarse de su fuerza, de acuerdo con sus creencias tradicionales.

Los apaches no eran más crueles que los soldados de la Caballería estadounidense, los cruzados cristianos de la Edad Media o los paracaidistas franceses que participaron en la batalla de Argel. En las guerras entre culturas diferentes, no hay piedad. Deshumanizado y execrado, solo se anhela destruir al enemigo, infligiéndole el mayor sufrimiento posible.

'Pasión de los fuertes', de John Ford.

'Pasión de los fuertes', de John Ford.

El wéstern no es simplemente un género que exalte la conquista del Oeste. Al margen del rigor histórico, compone un universo con arquetipos que trascienden el marco histórico. El héroe que lucha contra las injusticias es un mito universal.

En el caso del wéstern, suele ser un sheriff, como en Pasión de los fuertes, un pistolero que busca la redención, como en Raíces profundas o un dandi que suscita las burlas de los cowboys, como en Horizontes de grandeza.

El inconsciente colectivo sabe que los héroes suelen fracasar al luchar contra adversarios mucho más poderosos, como los grandes ganaderos, los políticos corruptos o los banqueros sin escrúpulos, pero necesita fantasear con el triunfo del bien.

En el wéstern, el verdadero enemigo es el mal, que se manifiesta bajo distintas formas. En Centauros del desierto, de John Ford, el mal es el odio que consume a Ethan Edwards, el excombatiente sudista interpretado por John Wayne. Su deseo de venganza lo convierte en una criatura antipática y desdichada. No es un héroe, sino un espíritu atormentado que no conocerá la paz hasta transformar su ira en ternura.

Dispuesto a matar a su sobrina, que ha asimilado la cultura de los comanches tras ser secuestrada por ellos en su niñez, la confrontación final se resolverá con un gesto protector. En vez de disparar, Ethan levanta y abraza a la sobrina perdida. Ese cambio de actitud restituirá su humanidad y le abrirá la posibilidad de echar raíces. Sin embargo, preferirá seguir vagabundeando por Texas, sin otra compañía que su caballo y su rifle.

John Ford no era Chaplin. Los desenlaces de sus filmes nunca escatiman ciertas dosis de amargura. En Pasión de los fuertes, Wyatt Earp (Henry Fonda) se despide de Clementine con la incertidumbre de un adiós definitivo.

En Fort Apache, la ambición sin límites del coronel Owen Thursday (Henry Fonda) provoca una absurda masacre. En El hombre que mató a Liberty Valance, Tom Doniphon (John Wayne) sacrifica su felicidad para que desaparezca la violencia y prospere la civilización.

Gracias a su intervención anónima en un duelo, salva la vida del abogado Ransom Stoddard (James Stewart), el hombre del que se ha enamorado su propia prometida, Hallie (Vera Miles). Su gesto le priva del afecto de la mujer amada y lo convierte en un paria. Los artífices del nuevo mundo que surgirá después de la pacificación del Oeste se quedarán al margen de la historia. Shane (Alan Ladd) acaba con el hostigamiento que sufren los campesinos, víctimas de la codicia de los ganaderos, pero lo hace a costa de esa violencia que había jurado no volver a emplear.

Es un héroe, casi un caballero andante, pero también un perdedor y un maldito. La sociedad no quiere saber nada de los que han derramado sangre para que el derecho ponga fin a la ley del más fuerte. La historia de las naciones silencia sus orígenes, casi siempre cruentos y nada ejemplares.

Las mujeres han desempeñado papeles secundarios en el wéstern. Esposas abnegadas, pudorosas maestras o amas de casa. Sin embargo, Vienna (Joan Crawford) es la protagonista de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954). Propietaria de una casa de juegos, maneja el revólver mejor que muchos hombres y no se deja intimidar por sus enemigos.

William A. Wellman rodó dos películas con mujeres tan valientes como Vienna: Caravana de mujeres (1951) y Cielo amarillo (1948). En la primera, un grupo de pioneras realiza una peligrosa travesía, sabiendo que un tercio no sobrevivirá.

En la segunda, Constance “Mike” Mae (Anne Baxter) protege a su abuelo de siete pistoleros en una mina abandonada. En la moderna serie Godless, un grupo de mujeres acaba con una peligrosa partida de forajidos durante una sangrienta batalla.

Evidentemente, el wéstern clásico refleja una mentalidad de otra época, pero conserva su atractivo por su carga épica. En una época sin grandes aventuras, el heroísmo y la leyenda ejercen una poderosa seducción.
Quizás eso explique la proliferación de series ambientadas en el Oeste, como Yellowstone y sus secuelas y precuelas, Godless, Billy the Kid, Érase una vez en el Oeste, Horizon o Deadwood.

La creación de AMC Western corrobora que el género sigue muy vivo. No sé si los más jóvenes volverán a apasionarse por grandes clásicos como Grupo Salvaje, Dos hombres y un destino o Winchester 73, pero el éxito de Sin perdón (Clint Eastwood) en 1992 ya puso de manifiesto que el género poseía la capacidad de reinventarse una y otra vez.

El wéstern nunca morirá

El wéstern nunca morirá

Lo verdaderamente universal siempre se gesta en un lugar pequeño. Troya no ha caído en el olvido y aún simboliza los grandes dilemas morales asociados a la guerra, como la posibilidad de experimentar compasión por el enemigo derrotado.

Dodge City, la ciudad pacificada por el legendario Wyatt Earp, también ocupa un lugar en la memoria y, para muchos, representa la lucha de la civilización contra los impulsos depredadores de la condición humana. El wéstern nunca morirá y jamás dejará de evolucionar. Pienso que el mejor wéstern que se ha rodado en los últimos años es Comanchería (David Mackenzie, 2016), un durísimo retrato de la América rural, pobre y olvidada.

Ambientada en Texas, su trágico final convive con un mensaje esperanzador: los pobres a veces pueden vencer a los más poderosos y la venganza siempre puede esperar. Pienso que el wéstern seguirá vivo mientras la humanidad conserve la sed de libertad y de aventura. Un cowboy no es una estampa del pasado, sino uno de los rostros de la rebeldía humana.