Sophia Loren y Marcello Mastroianni en una escena de 'Una jornada particular' (Ettore Scola, 1977)

Sophia Loren y Marcello Mastroianni en una escena de 'Una jornada particular' (Ettore Scola, 1977)

Entreclásicos

'Una jornada particular': las vidas anónimas bajo los nuevos totalitarismos

Estrenada en 1977, su retrato del fascismo nos ayuda a comprender mejor nuestra época, cada vez más similar a la Europa de los años 30 del pasado siglo.

Más información: Las lecciones de 'La batalla de Argel'

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Hitler visitó Roma el 6 de mayo de 1938. Mussolini lo recibió con pompa y solemnidad, como corresponde a la estética fascista. El pasado 3 de enero de 2025 Donald Trump bombardeó Venezuela y secuestró a Nicolás Maduro sin la autorización previa del Congreso ni una declaración de guerra.

Maduro no es un presidente democrático, sino un autócrata que —según Amnistía Internacional y Human Rights Watch— ha violado reiterada y sistemáticamente los derechos humanos, pero solo un ingenuo o un mentiroso puede atribuir a Trump la intención de restaurar la democracia. Trump justificó el asesinato y el descuartizamiento de Jamal Khashoggi, disidente saudí, periodista del Washington Post y exgerente general y editor en jefe del canal de noticias Al-Arab.

El 2 de octubre de 2018 fue asesinado en el consulado saudí de Estambul por agentes del gobierno, cumpliendo órdenes del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, al que Trump recibió hace poco en el Despacho Oval y al que disculpó, declarando: "Son cosas que pasan".

La excusa del narcotráfico para justificar la agresión imperialista contra Venezuela no es creíble después de indultar a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado a 45 años por colaborar con las bandas de narcotraficantes de su país para introducir grandes alijos de cocaína en Estados Unidos.

Trump no ha ocultado sus intenciones. Quiere volver a controlar las mayores reservas de petróleo del planeta y alega que la nacionalización de Carlos Andrés Pérez y la renacionalización de Hugo Chávez constituyeron un robo, pues —al parecer— los recursos de Venezuela pertenecen a Estados Unidos.

Se repite la historia de Irak y de Chile, que sufrió un golpe de estado tras la decisión de Salvador Allende de nacionalizar el cobre, hasta entonces en manos de empresas estadounidenses.

Gracias a Donald Trump y Vladímir Putin, hemos vuelto a la casilla que ocupaba el mundo antes de la Segunda Guerra Mundial. Naciones Unidas ya solo es una organización fallida. Las grandes potencias se arrogan el derecho de invadir países y saquear sus recursos.

Gracias a Donald Trump y Vladímir Putin, hemos vuelto a la casilla que ocupaba el mundo antes de la Segunda Guerra Mundial

O de exterminar a pueblos enteros, como está haciendo Israel en Gaza y Cisjordania con los palestinos. La última jugada de Netanyahu para forzar una limpieza étnica ha consistido en expulsar de los territorios ocupados a organizaciones como Oxfam, Cáritas o Médicos sin Fronteras, lo cual agudizará el cuadro de penuria y desamparo que ya sufren un millón de palestinos hacinados al sur de la Franja de Gaza en precarias tiendas de campaña y sin acceso a comida, agua ni medicinas.

Dirigida por Ettore Scola, Una jornada particular fue estrenada en 1977, pero su retrato de los totalitarismos nos ayuda a comprender mejor nuestra época, cada vez más similar a la Europa de los años 30 del pasado siglo.

Aunque fue rodada en color, su estilo recuerda al neorrealismo, con sus escenarios extraídos de barriadas populares y sus personajes sacados de esa intrahistoria ignorada por las crónicas oficiales. No hay grandes contrastes entre la luz y la oscuridad, pero una iluminación pobre y sucia imita los documentales realizados con escasez de medios.

Toda la película transcurre de día, pero experimentamos la sensación de adentrarnos en un banco de niebla. Todo es insoportablemente gris o grotesco. Interpretada por Sophia Loren, Antonietta Tiberio es una ama de casa de origen humilde casada con Emanuele, un funcionario del régimen fascista que frecuenta burdeles y flirtea con una maestra. Machista, grosero y desconsiderado, trata a Antonietta como una criada y anhela engendrar un séptimo hijo para llamarlo Adolfo.

Sus seis vástagos comulgan con las ideas de Emanuele y el mayor se mancha con ceniza el labio superior para simular un bigotito similar al de Hitler. Antonietta parece resignada y no cuestiona las ideas imperantes en su hogar. De hecho, ha confeccionado con botones un retrato de Mussolini, pero se queda en casa cuando su marido y sus hijos se marchan a presenciar el desfile militar organizado por el Duce para homenajear a Hitler.

Ettore Scola oculta la belleza de Sophia Loren. Sin maquillar, con las medias rotas, unas zapatillas viejas y el pelo descuidado, casi parece una anciana prematura. No es extraña, pues su existencia carece de alicientes. Su rutina consiste en limpiar, cocinar, fregar, coser y mirar hacia otro lado cuando su marido perpetra una infidelidad tras otra.

La fuga accidental de un Rosamunda, un Maynate o pájaro del Himalaya con la capacidad de imitar la voz humana, pone a Antonietta en contacto con su vecino Gabriele, un exlocutor de radio. Marcello Mastroianni encarna a un hombre sensible, culto, inteligente y atormentado. Despedido por ser homosexual, está a punto de suicidarse cuando Antonietta llama a su puerta, pidiéndole ayuda para agarrar a Rosamunda, que se ha posado en una cornisa del patio de vecinos.

Originario de Viterbo, Lacio, Gabriele ya solo puede hablar por teléfono con su pareja, Marco, otro homosexual al que el régimen ha deportado a una isla. Sabe que le aguarda el mismo destino y se pregunta si merece la pena seguir viviendo en un mundo gobernado por el fascismo.

El encuentro entre Antonietta y Gabriele transforma sus vidas por unas horas. Después de ciertas formalidades y desencuentros, surgen las complicidades, las risas, las confidencias, las caricias y, finalmente, un breve romance. Aunque hacen el amor, Gabriele aclara que eso no cambia nada. Su identidad homosexual no le incapacita para mantener una relación carnal con una mujer, pero su manera de ser ya está forjada y no se alterará por una experiencia puntual.

Hay dos momentos particularmente hermosos en su fugaz idilio: las carreras de Gabriele en patinete por un pasillo y las bromas intercambiadas en una azotea llena de sábanas tendidas en cuerdas. A diferencia de Emanuele, el marido de Antonietta, Gabriele es un hombre divertido, delicado y ocurrente, capaz de jugar como un niño y de mostrar la dulzura que el fascismo considera incompatible con su concepto de la masculinidad.

Tal vez por eso le odia tanto Cecilia, la portera, una fascista fanática que vigila a los vecinos y husmea por los pasillos para denunciar cualquier gesto de deslealtad. Viuda, su marido pidió antes de morir que le pusieran la camisa negra fascista, pues no quería despedirse del mundo sin mostrar su devoción por el Duce.

El breve encuentro entre Antonietta y Gabriele es una isla de ternura en mitad de la barbarie. Primo Levi, superviviente de Auschwitz y autor de Si esto es un hombre, ya advirtió que el fascismo volvería, pero con una máscara diferente, invocando los valores que pretendía destruir.

Después de la guerra Vietnam, las grandes potencias comprendieron que es fundamental controlar a la opinión pública mediante la prensa

Es lo que está sucediendo en el siglo XXI, con Rusia, China y Estados Unidos, que pisotean con vergonzosa impunidad los valores proclamados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Contemplar a Trump y Netanyahu estrechándose la mano produce el mismo espanto que los gestos de amistad entre Hitler y Mussolini.

Eso sí, ahora los muertos son invisibles. Después de la guerra Vietnam, las grandes potencias comprendieron que es fundamental controlar a la opinión pública mediante la prensa. Por eso, no hay imágenes del genocidio perpetrado por Estados Unidos en Irak y muy pocas del genocidio en Gaza.

Putin y Xi Jinping actúan del mismo modo. El mundo se ha convertido en un lugar opaco, donde las víctimas son invisibles. Y la UE, cada vez más irrelevante, ya solo desempeña el papel de testigo o cómplice, sufriendo la presión de los gigantes que conspiran para triturar su escasa independencia.

Imagino que en nuestra época hay historias parecidas a las de Antonietta y Gabriele, con sus vidas desdichadas, insignificantes y, sin embargo, pletóricas de dignidad. Esas personas anónimas son una brizna de esperanza en mitad de la tormenta. Quizás por ese motivo Una jornada particular era una de las películas favoritas del papa Francisco.

En Esperanza, su autobiografía, califica la obra de Scola como "obra maestra del cine italiano" y destaca la dignidad de esos dos "descartados" que la protagonizan. Francisco señala que mientras Hitler y Mussolini son vitoreados por la multitud, "el homosexual y la mujer quedan expuestos a la mofa de todos, relegados a la insignificancia. Qué diabólico mundo al revés…".

Atacado por recibir y bendecir a personas del colectivo LGTBI, Francisco despeja cualquier duda sobre su visión moral: "Es raro que a nadie le inquiete la bendición a un empresario que explota a la gente, siendo un pecado gravísimo, o a quien contamina la casa común, mientras manifiesta públicamente su escándalo por que el papa bendiga a una mujer divorciada o a un homosexual".

Una jornada particular es un homenaje a todas las vidas maltratadas por la fatalidad, la intransigencia y los prejuicios. Siempre al borde del desahucio existencial, los perdedores de la historia, los olvidados, los "descartados", por utilizar la expresión del papa Francisco, son la verdadera luz del mundo. Aunque ellos no lo saben, nos salvan a todos, con su discreta dignidad y su silenciosa resistencia al fanatismo y la hipocresía de la mayoría biempensante.