El Cultural

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Entreclásicos por Rafael Narbona

Dostoievski o la lucha contra el demonio

El autor escribió para liberar el dolor que llevaba en su interior y para encontrar un sentido a la vida

23 noviembre, 2021 09:04

Casi siempre leo con música de fondo. Mahler ayuda a transitar por las páginas de Thomas Mann, mostrando que la muerte puede transmutarse en frágil, dolorosa belleza. Marcel Proust se comprende mejor con una sonata de Schubert, pues en sus notas vibra la nostalgia por el tiempo perdido. Los libros de Dostoievski se iluminan con la música de Henryk Górecki, especialmente con la Sinfonía nº 3, o Sinfonía de las lamentaciones. Górecki es católico y polaco, lo cual le sitúa entre los enemigos tradicionales del pueblo ruso, pero ese antagonismo obedece más a tensiones políticas que a una confrontación espiritual.

Los rusos son ortodoxos, pero su interpretación del cristianismo apenas difiere del sentimiento trágico del catolicismo polaco. Ambos pueblos acumulan más sufrimiento que la mayoría de las naciones europeas. Si hubiera que buscar un tercer país con un alma tan herida, yo elegiría a España, con sus campos ensangrentados por interminables discordias civiles. En la música de Górecki fluye la misma conjunción de humanismo y misticismo que circula por las páginas de Dostoievski. Ambos autores nos revelan que la fraternidad no es un simple sentimiento, sino un signo de trascendencia. El corazón que ha perdido la capacidad de apreciarlo se ha extraviado en una tierra baldía. 

Dostoievski escribió para liberar el dolor que llevaba en su interior y para encontrar un sentido a la vida. De joven simpatizó con el socialismo utópico, pero después de pasar cinco años en Siberia y sobrevivir a un simulacro de fusilamiento buscó en el Evangelio el bálsamo que no pudo hallar en una ideología materialista. Algunos le acusan de reaccionario por exaltar a la iglesia ortodoxa y pedir que Rusia se mantuviera alejada de una Europa cada vez más hostil a la herencia cristiana, pero me pregunto qué significa ser reaccionario. ¿Por qué no se emplea esa expresión para referirse al socialismo, una doctrina que ha esclavizado a los pueblos donde ha prosperado? ¿No es reaccionario creer en la hipotética restauración de un comunismo primitivo que jamás existió? ¿No es más retrógrado adorar al Estado que a Dios o pensar que la tecnología es el motor de un progreso indefinido, cuando no cesa de causar estragos en el medio ambiente? Seguimos inclinándonos ante los ídolos, pero repudiamos el sentimiento religioso como si fuera el mayor enemigo de la humanidad. 

La Sinfonía nº 3, Op. 36, también conocida como Sinfonía de las canciones dolientes, Sinfonía de las canciones tristes o Sinfonía de las lamentaciones, se divide en tres movimientos. El primero se basa en una canción popular del siglo XV donde la Virgen se dirige a Jesús crucificado y le pide que comparta sus heridas con ella. El segundo se inspira en un mensaje escrito en la prisión de la Gestapo en Zakopane, situada al sur de Polonia. Se trata de las palabras de una joven de dieciocho años llamada Helena Wanda Błażusiakówna, que garabateó: “Oh mamá, no llores. Inmaculada Reina Celestial, socórreme siempre”. El tercer movimiento parte de una melodía del folclore tradicional que recrea el dolor de una madre ante la muerte de su hijo, caído en la rebelión de los polacos de la Alta Silesia contra el domino alemán en 1919. Toda la sinfonía es un canto a la maternidad y un homenaje al sufrimiento de los inocentes.

Dostoievski también escribió sobre la maternidad y el dolor de los inocentes. Llegó a pensar que la tortura infligida a una niña por un cruel maltratador constituía una poderosa objeción contra la existencia de Dios. En Los demonios, Stavroguin, un joven revolucionario, viola y asesina a una niña de once años. ¿Por qué Dios no interviene en el mundo y evita el mal? ¿Por qué la joven polaca Helena Wanda Błażusiakówna se retuerce de angustia en una cárcel de la Gestapo, sin otra expectativa que la tortura y la muerte? ¿Dónde está Dios? En la inquietud de Helena por su madre. Que ella sufra le preocupa más que su propia vida. La santidad, que según Emmanuel Lévinas consiste en anteponer el bienestar ajeno al propio, pone de manifiesto que Dios no ha abandonado el mundo a su suerte. Allí donde impera la oscuridad, siempre despunta una luz, como es el caso de Sonia, la prostituta que logra la redención de Raskólnikov y a la que los presos llaman “madre” por su delicadeza y cercanía. Siempre tiene una palabra amable para los que sufren. Un gesto de ternura puede salvar al mundo, aunque algunos lo interpreten como impotencia, y lo hace de una forma silenciosa, discreta, ahogando la estridencia del mal. El amor siempre puede más

Ahora que se cumplen doscientos años del nacimiento de Dostoievski, que vio la luz un 11 de noviembre de 1821 en Moscú, la interpretación de su obra choca con un obstáculo colosal. El escritor ruso es un autor furibundamente antimoderno, algo que ya advirtió Nabokov, lo cual despertó su irritación. En su Curso de literatura rusa, le acusa de ser un novelista mediocre que idealiza al pueblo ruso y utiliza una palabrería vulgar para expresar sus obsesiones religiosas. Dostoievski confesó que escribía para dialogar con Dios. Si olvidamos eso, su literatura se vuelve ininteligible.

Sus novelas nacen del propósito de explicar el mundo desde una perspectiva cristiana. No es algo meramente teórico, sino el fruto de experiencias sumamente dramáticas. Cuando había perdido la esperanza en Siberia y su carne, martirizada por el hambre y el frío, temblaba bajo unos harapos, una niña huérfana se acercó a él y le entregó unas pocas monedas. Mirándole a los ojos, solo dijo: “En nombre de Cristo”. Ese gesto le devolvió la esperanza y le empujó a releer el Evangelio, transformándole en un hombre nuevo. Al recuperar la libertad, ya no creía en una revolución política, sino espiritual. 

Dostoievski nunca fue un reaccionario. No soñaba con volver al Antiguo Régimen. La pobreza, la discriminación de la mujer y la servidumbre, que en Rusia no fue abolida hasta 1861 por el zar Alejandro II, le parecían intolerables. No obstante, pensaba que el fin de esos males no sería suficiente. El hombre no podía ser feliz sin la esperanza cristiana. Por eso, le causó una impresión demoledora el Cristo muerto de Holbein el Joven. En ese cuadro, el cadáver del joven rabino de Nazaret parecía tan insignificante como el de cualquier hombre. No había nada que insinuara la resurrección: la boca abierta, el estómago hundido, la piel amarilla, el rostro afeado por una agonía dolorosa. No parecía el Hijo de Dios, sino una criatura desdichada y sin otro horizonte que pudrirse en la tumba cedida por José de Arimatea. 

Los polacos son tal vez los últimos intelectuales y artistas sin miedo a identificarse públicamente como católicos: Czesław Miłosz, Adam Zagajewski, Henryk Górecki. Dostoievski no simpatizaba con el catolicismo, al que acusaba de pervertir el mensaje cristiano para incrementar el poder de su iglesia. Esa discrepancia no le vuelve incompatible con los nombres citados, pues comparte con todos ellos el propósito de luchar contra el demonio. Conviene aclarar que el demonio no es para Dostoievski un ser mitológico, sino la simple ausencia de Dios. Desde su punto de vista, cuando el mundo le da la espalda a Dios, prosperan las figuras como Stavroguin, precursor de tiranos como Hitler y Stalin. En Crimen y castigo, Los demonios, Memorias del subsuelo o Los hermanos Karamázov se esboza cómo sería la historia sin la herencia judeocristiana. Hombres que se arrogarían el derecho de decidir qué es el bien y qué es el mal, ideologías que inmolarían vidas para imponer sus dogmas, individuos desarraigados que ya no esperarían nada, inquisidores disfrazados de benefactores de la humanidad. El mezquino inadaptado del subsuelo, el bohemio sin talento, se convertiría en caudillo o líder carismático. El siglo XX corroboró todas estas hipótesis con despiadada crudeza. 

Podemos leer a Dostoievski desde una perspectiva moderna, prescindiendo de su fe ortodoxa y su amor místico a Rusia, pero apenas lo comprenderemos. Me pregunto si es ético interpretar a un autor, ignorando sus motivaciones principales. Creo que adentrarse en la obra de Dostoievski acompañado por la música de Henryk Górecki, nos ayuda a adoptar la perspectiva correcta. Dostoievski carece de la pericia arquitectónica de Tolstói, el talento humorístico de Gógol o la maestría de Chéjov para crear atmósferas, pero sus tramas intrincadas y asimétricas, su prosa descuidada y atropellada, sus personajes atormentados y neuróticos, sondean el alma humana con una profundidad inigualable.

No es un fanático. Un fanático repite irreflexivamente consignas. Cuando en Los hermanos Karamázov plantea que “si Dios no existe, todo está permitido”, no pretende subordinar la moral al temor a un castigo sobrenatural, sino señalar que hace falta un punto de referencia para discriminar el bien del mal. Si todo es relativo, las categorías morales solo son convenciones con un valor temporal. En un contexto de escasez, la vida del otro podría ser algo sin demasiada importancia. Dostoievski piensa que el bien es absoluto e incondicional. Amar al prójimo, no herirle, respetar su vida, tratarlo con respeto y compasión, no es un mandato provisional, sino un absoluto. Ni siquiera es necesario justificarlo. Nuestra conciencia aprehende de forma inmediata su necesidad.

Nietzsche proclamó que Dios había muerto y eso le hizo perder el respeto a la vida. En El Anticristo, abogó por el exterminio de los débiles y enfermos como un gesto de amor a la vida. Una vida entendida como naturaleza, una vida oscurecida por la ausencia de Dios, una vida basada en la ley del más fuerte. Para Dostoievski, escribir fue una forma de rezar, es decir, de contemplar el mundo y amarlo. No fue un ser humano ejemplar, como él mismo reconoció, pero sus palabras están henchidas de ternura hacia los humillados y ofendidos. En algún momento se aproximó a Stavroguin, pero su ideal fue emular al príncipe Mishkin, ese hombre dulce, tímido y generoso al que sus contemporáneos tomaron por loco, quizás porque la santidad no es algo de este mundo.

@Rafael_Narbona

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