Dolores Fonzi, en 'La casa de los espíritus'
‘La casa de los espíritus’: un melodrama mágico solo apto para fans de Isabel Allende
De lo que aquí se trata es de responder a las expectativas de esa enorme base de lectores que aspira a que las imágenes concuerden con lo que ellos imaginaron al leer a Isabel Allende.
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La operación tiene todo el sentido. No es nada nuevo y, además, las plataformas están comprando propiedad intelectual (IP) a destajo para sacarle el mayor rédito posible (basta ver lo que está sucediendo con el Decálogo de Kieslowski). En el caso de Prime Video, ahí están las revisiones de Jack Reacher, Alex Cross, Bosch o La rueda del tiempo por citar solo algunas.
Así que resulta lógico que una novela como La casa de los espíritus (70 millones de ejemplares vendidos) y una autora como Isabel Allende, que aquí además ejerce como productora ejecutiva, haya sido adaptada en forma de miniserie por una plataforma con recursos ilimitados –véase su versión de El señor de los anillos: Los anillos de poder (Patrick McKay & John D. Payne, 2002-?).
En cualquier caso, la novela de la escritora chilena, que había sido llevada a la gran pantalla por Bille August en 1993, encuentra en el nuevo formato un mejor acomodo a las dimensiones y a la prolijidad del libro, alejado de la compresión a la que obligaba el atropellado largometraje del director danés, quizá también porque la sensibilidad de sus creadoras, Francisca Alegría y Fernanda Urrejola, está más próxima a la de Allende que la del director de Pelle, el conquistador (1987).
En ese sentido, Urrejola y Alegría han sido tremendamente respetuosas con el material original sin renunciar a introducir ciertos apuntes de corte personal. Aunque en La casa de los espíritus no se mencione que la acción transcurre en Chile, novela y miniserie compendian lo que aconteció en aquel país entre los años 20 y los 70 a través de la entrecruzada genealogía familiar que une a los Del Valle y a los Trueba (con el consiguiente injerto de los García).
Huelga aquí resumir una trama por todos conocida, pero sí conviene advertir que la miniserie atiende a los acontecimientos principales de la novela y encuentra un punto de vista más o menos novedoso. Si hablamos de respeto al original es porque lo que aquí encontramos es un cruce entre el melodrama más canónico y el realismo mágico en la estela de Gabriel García Márquez en su versión pigmea (la novela era eso, y no otra cosa).
La casa de los espíritus en su formulación teleseriada es, al mismo tiempo, una prolongación respetuosa de la tradición culebronera latinoamericana –dicho esto con el mayor de los respetos- trufada con ese toque místico que viene introducido por el personaje de Clara (Nicole Wallace/Dolores Fonzi), niña clarividente que, no obstante, nada puede hacer contra su propio destino. Sucede aquí, como sucedía en La templanza (Susana López Rubio & Javier Holgado, 2021), que el envoltorio no puede resultar más vistoso: el diseño de producción, el primoroso vestuario, las localizaciones de postal… Todo lo accesorio funciona.
¿Qué es, pues, lo que falla? Uno podría decir que nada. Que ahí está un casting que soñaría cualquier director (los de marketing, sobre todo), porque cuenta una mezcla intergeneracional que incluye a actrices icónicas para las nuevas generaciones como Nicole Wallace, estrellas latinoamericanas del calibre de Dolores Fonzi o Antonia Zegers, e intérpretes que podrían vender su prestigio y aún tendrían de sobra para fraguar una carrera nueva, como Eduard Fernández o Maribel Verdú.
Dolores Fonzi, en 'La casa de los espíritus'
Tengan el absoluto convencimiento de que quienes devoraron la novela con hambre de niño de posguerra se beberán la serie como si fuese un clarete ligero. Todos aquellos que tuvimos que tirar de Pepcid para acabar con el libro nos encontraremos ante un melodrama de qualité con toneladas de música enfática cortesía de Tomás Videla, un surtido de diálogos explicativos (voice over incluida) y conflictos de toda clase y condición –como los que ya contenía la novela- que tienen que ver con la emancipación femenina, la violencia doméstica, el sufragio universal, la sororidad, la lucha de clases, el ascenso del comunismo (y de Allende) o el maltrato que sufren los trabajadores por parte de los patronos. Además de todos los ítems propios de las soap operas: familias cuyo árbol genealógico no catalogaría ni Linneo y con tantos problemas –palizas, hijos bastardos, hermanas repudiadas...- que necesitarían de 23 ediciones de Hermano mayor para arreglarlos.
Para quien esto firma, lo más interesante de la nueva versión de La casa de los espíritus se encuentra en sus puntos de fuga. En los momentos en los que Francisca Alegría y Fernanda Urrejola regresan a su trabajos previos, véanse el cortometraje The Humming of the Beast (2021) o la película La vaca que cantó una canción hacia el futuro (2022), y se dejan llevar –dicho con malicia, se despegan del registro académico de Andrés Wood, el otro realizador de la serie– permitiendo que la parte mágica de la novela se apropie de las imágenes, tal y como sucede en el primer encuentro sexual entre Blanca (Sara Becker) y Pedro Tercero (Nicolás Contreras), el arrebatado erotismo de la naturaleza haciendo que cuerpos, bosque y terremoto sean todo uno, la serie viaja hacia lugares que debería frecuentar con mayor asiduidad para apartarse de esa sensación de producto para consumo masivo que emana de casi cada secuencia.
Chiara Parravicini y Francesca Turco, en 'La casa de los espíritus'
Dicho esto, es muy probable que estemos ante un error de apreciación del analista, que atendiendo a esa máxima que dice que las mejores películas salen de las peores novelas, espera que la manipulación de la materia prima sirva para escapar de ella, lo que en términos de mercadotecnia constituye un error mayúsculo. De lo que aquí se trata es de responder a las expectativas de esa enorme base de lectores que aspira a que las imágenes concuerden con lo que ellos imaginaron al leer a Isabel Allende. Es muy posible, pues, que La casa de los espíritus sea un éxito.