Réplica en resina acrílica de un bajorrelieve mural, 645-640 a. de C. 1856,0909.46 (CRM.2391). Foto:  The Trustees of the British Museum

Réplica en resina acrílica de un bajorrelieve mural, 645-640 a. de C. 1856,0909.46 (CRM.2391). Foto: The Trustees of the British Museum

Arte

Asurbanipal, el gran rey asirio que reunió en la primera biblioteca todo el saber del mundo

La fascinante sociedad asiria aterriza en CaixaForum Madrid con más de 150 piezas del British Museum que narran la fastuosa vida de uno de los imperios más cultos y sanguinarios de la Antigüedad.

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Después de la lluvia afloran intensos olores del palacio imperial de Nínive. Arden en los braseros maderas y resinas que se utilizan para purificar el aire. Las vigas de madera de cedro del Líbano, que sostienen los techos decorados con profusión, exhalan un delicioso aroma que se mezcla con los de los calderos de las cocinas.

Soy Asurbanipal. Rey del mundo, rey de Asiria

CaixaForum. Madrid. Comisario: Sébastien Rey. Hasta el 4 de octubre

Allí se trabaja a destajo: los olores de la grasa caliente, el asado, el pan cocido, la cerveza de cebada y las frutas frescas recorren los deliciosos jardines, repletos de árboles frutales y plantas aromáticas traídas de todo el imperio; el enebro era el favorito del rey y con él perfumaban hasta los lechos.

Asurbanipal (aprox. 685 a. C., Nínive - 631 a. C., desconocido) y su mujer, Libbali-sharrat, van a celebrar la conquista de Tebas, que ha sido saqueada y despojada de sus riquezas tras una brutal derrota. Estamos en el año 663 a. C. El propio Asurbanipal escribiría: “Me llevé un cuantioso botín, que era incalculable, de la ciudad de Tebas”.

La biblioteca de palacio huele a la arcilla húmeda sobre la que se escribía sin parar. Ese era el deseo del rey, un rey excepcional que no estaba destinado a serlo: al ser el menor de los hermanos, recibió una educación letrada. Fue el único rey asirio que sabía leer y escribir sumerio y acadio, también interpretar los hados en hígados de oveja.

Por ese motivo se le representa con unos estiletes de junco, unas varillas triangulares que portaba siempre en un cinturón y que se utilizaban para marcar la arcilla con signos cuneiformes (que, por cierto, podemos practicar en la exposición con estiletes y arcilla fresca, como los asirios).

Azulejo de pared, 875-850 a. de C., en Nimrud. Foto: The Trustees of the British Museum

Azulejo de pared, 875-850 a. de C., en Nimrud. Foto: The Trustees of the British Museum

Asurbanipal quería reunir todo el conocimiento del mundo; por eso reunió una de las primeras grandes bibliotecas de la historia, con más de 30.000 tablillas. Una barbaridad. Allí guardaba presagios, medicinas, himnos, rituales, poemas, lecciones de astronomía, correspondencia, hechizos…

Para él, el estilete era tan poderoso y devastador como la daga; el conocimiento era otra forma de poder. En 1850, Austen Henry Layard halló el primer fragmento de lo que hoy se conoce como la Epopeya de Gilgamesh, un gran poema narrativo conservado en acadio que contaba la amistad entre Gilgamesh y Enkidu (¿Los tátara-abuelos de Quijote y Sancho?) y que fue copiado y conservado en tablillas durante su reinado.

Los bajorrelieves que podemos ver en la exposición son de una perfección
y un detalle sorprendentes

Cuando el imperio asirio llegó a su fin y fueron incendiados todos sus tesoros, ocurrió que las tablillas se cocieron por las altas temperaturas, y eso contribuyó, curiosamente, a preservarlas hasta llegar a nosotros. Muchas de ellas llevan la inscripción “Palacio de Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria”, de la que esta exposición toma su título.

Aquí no podrán oler nada de lo enumerado, pero, si se dejan llevar por los fascinantes bajorrelieves que presenta la muestra –además de piezas cotidianas de toda índole, platos, bustos, figuras talladas, vasijas y varias tablillas que describían la vida de entonces, más de ciento cincuenta objetos en total, procedentes de la ingente colección del British Museum, junto a alguna que otra réplica–, podrán imaginarse con claridad cómo era aquella vida llena de belleza y de crueldad, porque ambos mundos, hoy tan opuestos, convivían en sintonía en la antigua Asiria, hoy Irak.

Estela de piedra con Asurbanipal restaurando un santuario, 668-655 a. de C., (Irak). Foto: The Trustees of the British Museum

Estela de piedra con Asurbanipal restaurando un santuario, 668-655 a. de C., (Irak). Foto: The Trustees of the British Museum

Fíjense en que, mientras Asurbanipal y su mujer comían en el banquete conmemorativo de la victoria sobre el reino de Elam, colgaban de un árbol del jardín la cabeza y la mano de Teumman, rey de Elam; también se representan enemigos desollados vivos o ya decapitados, desangrándose. Esto lo sabemos por relieves palaciegos. No significa que esto hubiera sucedido así, tal como aparece representado, aunque esa era la imagen de poder demoledor que querían transmitir.

Los bajorrelieves que podemos ver en la exposición son de una perfección y un detalle sorprendentes. Las barbas llenas de tirabuzones, la anatomía y la proporción física perfecta de los soldados se despliegan en un profuso horror vacui, en una narración continua casi protocinematográfica. Las escenas señalan diferentes tiempos, por lo que en una imagen nos cuentan una historia completa en una sucesión de episodios.

A pesar de lo que pudiera parecer, esos bajorrelieves eran policromados. Estaban pintados con colores brillantes, rojos y azules, blancos y dorados. Para hacernos una idea, CaixaForum ha ideado un mecanismo por el que, al apretar un botón, se colorean con luz algunos de ellos, mostrando su imagen primigenia.

Por desgracia la representación femenina es escasa en la cultura visual asiria, aunque sí podremos encontrar muchos animales: sobre todo, caballos y leones. El león simbolizaba el caos del mundo y Asurbanipal representaba en los jardines de su palacio una matanza ritual de estos felinos para ordenar el universo y así mostrar su inmenso poder.

Bajorrelieve de un león moribundo. Foto: The Trustees of the British Museum

Bajorrelieve de un león moribundo. Foto: The Trustees of the British Museum

Su crueldad llegó a nuestros oídos a través de la helenización de su nombre: Sardanápalo. Lo recordarán por el pintor francés Eugène Delacroix, quien pintó su muerte (La muerte de Sardanápalo, 1827) rodeada de riquezas y concubinas desnudas, aunque los hallazgos arqueológicos descubrieron que esto no fue así, sino que fue un rey disciplinado, trabajador, curioso, culto y ejecutor. Es fascinante pensar cómo Asurbanipal comprendió que gobernar consistía también en construir e imponer un relato. Y ese es el relato que seguimos contando.