Imagen | Series españolas: contengamos el entusiasmo

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En plan serie por Enric Albero

Series españolas: contengamos el entusiasmo

'Cardo', 'Vida perfecta' y 'El tiempo que te doy' tienen cierto interés pero en lo visual no pasan de ser simplemente correctas

10 diciembre, 2021 12:10

En un año aciago para la teleficción nacional como este, se tiende a fabricar elogios recurriendo a la comparación, como si determinados productos culturales quedaran imbuidos de prestigio por el hecho de ser mejores que otros y no por sus propios méritos. Es como decir que Ojo de halcón (Jonathan Igla, 2021) es una buena serie porque Loki (Michael Waldron, 2021) era una castaña sin entrar a valorar si, efectivamente, la última creación de Marvel contiene elementos que la hagan merecedora de tal calificativo. Las series de televisión, las películas, los discos y los libros deberían constituirse como sus propios comités de autodefensa y no necesitar de una comparación que los valide.

En este 2021 en el que pequeños chispazos de euforia disimulan esta bajona inacabable que nos tiene aplatanados -con esta plaga bíblica de baja intensidad que se parece demasiado a esa vecina que nunca termina de despedirse- es normal procurarse alegrías hurgando en el mal ajeno, de ahí que el lanzamiento de la segunda temporada de Valeria (María López Castaño, 2020-?) o de títulos como Todo lo otro (Abril Zamora, 2021) sirvan como argumentos de autoridad para ensalzar otras series que no solo comparten año de estreno, sino que, además, están protagonizadas por mujeres en crisis cuyo rango de edad se mueve entre las dos fronteras de la treintena. 

Cardo. Ana Rujas & Claudia Costafreda, 2021

Cardo | Tráiler | En noviembre solo en ATRESplayer PREMIUM

Y es normal -casi inevitable, diría yo- buscar paralelismos entre Cardo y Todo lo otro. Todo lo que en la serie de Abril Zamora resulta impostado e inverosímil, en esta producción apadrinada por Javier Calvo y Javier Ambrossi, funciona. María (Ana Rujas) tiene un trabajo de mierda, así que comparte un piso de esos que no arreglaría ni el webmaster de Engels and Volkers. Tiene un curro que más que un curro es un favor, consume drogas como si se las hubiera recetado un nutricionista y huye y huye y huye sin saber demasiado bien hacia dónde o hacia qué. La cuestión es, ¿se sostiene Cardo sin necesidad de recurrir a la socorrida comparación? Veámoslo. 

Pongámonos muy obvios. Si alguien no hubiera visto jamás Trainspotting (Danny Boyle, 1996) -no digo ya leer a Irvine Welsh- podría tildar la nueva producción de Atresmedia como rompedora en lo referente al tratamiento de las adicciones, del consumo de drogas y de un modo de vida que flirtea constantemente con la autodestrucción. En ese sentido, lo que muestra Cardo lo hemos visto cientos de veces. Además, su gramática tampoco puede ser calificada de novedosa, con esa pátina en la que lo documental se hermana con el vídeo doméstico, con la sobreimpresión de los mensajes de texto empleados en clave sarcástica o como método de autocastigo (a veces reales, otras veces como manifestación de la conciencia de la protagonista), con el gusto por las secuencias musicadas y con un manejo de referentes ya muy presente en los trabajos anteriores de sus productores ejecutivos (Claudia Costafreda ya formó parte del equipo de Veneno).

Cardo funciona cuando es menos directa. En el episodio final, María se encuentra en un pueblo de las afueras de Madrid. Ha ido a acompañar a la Fausta (Yolanda Ramos), cuya empresa de reparto de estupefacientes a domicilio la tiene muy ocupada. Cansada de esperar en el coche, molesta por el calor y por las moscas, decide entrar a la casa en la que la dealer cañí está entregando el último pedido del día. Dentro hay un grupo de jóvenes descabellando una fiesta que ya nadie recuerda cuándo empezó. Conversan sobre patologías mentales, aunque apenas presenciaremos unos cuantos segundos de esa charla. En ningún momento se nos dice que María pueda padecer algún tipo de trastorno. Sin embargo, la vemos manejarse con el frenesí de un conductor suicida, como si se exigiera un movimiento continuo (quedar, bailar, tomar drogas, follar) que le impidiera detenerse y pensar, conocerse.

Intuimos que no le gusta lo que traerá la calma. Detenerse implicaría remover un pasado marcado por un talento precoz explotado por el mundo del espectáculo y gestionado con pericia de economista con discalculia no se sabe bien si por ella misma, por su familia o por una representante que pondría Mefistófeles a hacer anuncios de chimeneas. Pararse también conllevaría afrontar un presente calamitoso, con un juicio pendiente por haber provocado un accidente que ha causado la muerte de un señor tan respetable como irrespetuoso (María es, al mismo tiempo, verdugo y víctima: conducía su moto drogada, sí, pero la caída no se produjo hasta que el hombre que iba de paquete decidió registrarle los genitales). En lugar de plantarse y reflexionar, se entrega a una sucesión de obsesiones que se superponen y que derivan en una conducta ciclotímica que combina momentos de euforia desatada con otros de desesperación, depresión e incluso melancolía. Quizá esa charla entre colegas en ese improvisado after pueblerino sea más relevante de lo que, a priori, se da a entender. ¿No es Cardo, más que ninguna otra cosa, una serie sobre salud mental? ¿Sobre esa ansiedad insaciable que viene alimentándose de la falta de expectativas del último par de generaciones?

Cargada con sus contradicciones, María inicia una fuga imposible (nadie puede escapar de sí mismo) que adopta la forma de un vía crucis invadido por una iconografía religiosa que nos advierte del peso de la tradición católica y de la pervivencia de conceptos como culpa y redención, y que busca constantemente el choque provocador entre lo sacralizado por la iglesia y lo prohibido, una confrontación que, como ya sucedía en La llamada (Javier Calvo & Javier Ambrossi, 2017), funciona más como elemento contextualizador que como arma arrojadiza contra determinadas creencias. En ocasiones este recurso plástico puede antojarse demasiado forzado (la imagen de la piedad que abre este post, la repentina procesión en el pueblo) pero no hay que perder de vista que esas secuencias están filtradas por la mirada de María; es decir, pueden ser producto del consumo de drogas y por lo tanto pueden no ser reales (alucinaciones) o pueden estar parcialmente alteradas. Sin necesidad de mentar otros títulos, podemos decir que Cardo es una serie solvente que la poderosa interpretación de Ana Rujas transforma en vibrante - ¿pueden ser frágiles los huracanes? -, una actriz y guionista que sabe de lo que habla y que da la sensación de haberse vaciado en este proyecto.

El tiempo que te doy. Nadia de Santiago, Inés Pintor & Pablo Santidrián, 2021

El tiempo que te doy | Tráiler oficial | Netflix

Más allá del resultado, uno creyó que las plataformas llegaron para producir series como esta, un drama romántico de 10 episodios de 11 minutos cada uno en los que se alterna el presente -con la relación de pareja entre Lina (Nadia de Santiago) y Nico (Álvaro Cervantes) ya rota- y el pasado, desde el momento en el que se inició el romance hasta que se agotó. La gracia está en el juego temporal que propone la serie, en el que el presente va ganándole minutos de metraje al pretérito a medida que los episodios avanzan y el amor -el primer amor- se va olvidando.

Es cierto que lo que cuenta El tiempo que te doy pueda quedarles muy lejos a los espectadores que llevan una década con el Carnet Joven caducado y que su factura visual es bastante menos atrevida que su planteamiento (no es 500 días juntos ni mucho menos Olvídate de mí… (¿qué había dicho de las comparaciones?), pero el entendimiento entre Nadia de Santiago y Álvaro Cervantes la hace llevadera, sobre todo porque al contrario que la mayoría de historias sobre romances -acaben bien o mal- aquí el foco se coloca, sobre todo, en la parte menos agradable, en ese punto en el que desearías que alguien hubiera inventado la roomba sentimental para que recogiera los pedazos de tu corazón roto; la cámara viaja justo a esos días, a esas semanas, a esos meses en los que no te consuelan ni las lentejas de tu madre, ni los consejos de mierda de tus amigos (ya te darás cuenta después de que no eran una mierda, o que aunque lo fueran valían como cuidados paliativos), ni un anuncio de tu jefe diciéndote que te hace fijo como si te acabase de regalar el sueldo de Nescafé (jóvenes lectores, habéis acertado, este último chascarrillo da fe de que, a mí, el Carnet Joven me caducó cuando Eminem lo petaba). 

La propuesta desprende cierta inocencia, intercala algún cliché sonrojante (ese affaire hindú que parece escrito por un guía de la Lonely Planet) y trata de tensarte la fibra sensible musicando todas las secuencias. Por el contrario, su estructura presente-pasado-presente le permite jugar con las rimas y las asociaciones, una ordenación que la dota de cierto encanto, de cierta redondez (verbigracia el uso del ‘Andar conmigo’ de Julieta Venegas en el tercer capítulo). Rescatemos, no obstante, una idea visual: los episodios terminan con la imagen de un espacio vacío que, anteriormente, hemos visto habitado por la pareja. Son imágenes sencillas, aparentemente utilitarias (uno tiene la tentación de decir que incluso banales) y, sin embargo, indican, mejor que cualquier otra, el peso de la ausencia: son las huellas de lo que se perdió, de los paisajes que jamás volverán a recorrer juntos.

Vida perfecta 2T. Leticia Dolera, 2021

Vida Perfecta Temporada 2 (2021) Movistar+ Serie Tráiler Oficial Español

La segunda entrega de Vida perfecta parece escrita por un matemático con TOC o por un árbitro en perpetuo estado de arrepentimiento que aplica la ley de la compensación para evitar que nadie quede descontento. La teleserie guionizada por Leticia Dolera y Manuel Burque está dominada por el equilibrio, ajustando las apariciones de su trío de protagonistas, otorgándoles una idéntica cuota de minutaje en esta tragicomedia coral medida con pie de rey. Revisión desacostumbrada, por infrecuente, de la crisis de los 40 en clave femenina, aquí se abordan temas como la crisis postparto y la dificultad para establecer vínculos maternofiliales, la apertura de las relaciones de pareja en aras de ventilar matrimonios que no funcionan ni aplicando la fórmula de la fidelidad ni con probaturas que asumen que los cónyuges son capaces de diferenciar el sexo del amor y viceversa; también de los noviazgos entre tipas que se ponen de MDMA oyendo a The Crystal Method y otras que sorben un bourbon mientras escuchan a Garth Brooks (sirvan las referencias musicales y de hábitos de consumo para establecer la diferencia de edad entre ambas). En la nueva tanda de episodios de Vida perfecta se habla de compromiso y de soledad, pero, sobre todo, de la dificultad de conocerse a uno mismo -no hay metáfora más íntima para describir ese conflicto que la de mirarse el coño (o ser incapaz de hacerlo)- y de lidiar con nuestras carencias mientras toca, qué remedio, seguir viviendo. 

La teleficción de Movistar + no evita enlodarse saltando sobre temas viscosos, de esos que se pegan a la piel y son difíciles de limpiar (la mala madre, la fresca y la disoluta; la familia nuclear, la familia ‘monomarental’ y los proyectos de vida; los padres que quieren serlo y no pueden y aquellos a los que les toca por interposición, pero no quieren porque no están preparados, etcétera, etcétera, etcétera). Sale (casi) impoluta de todos los embrollos porque evita en todo momento emitir un juicio moral sobre las actitudes y las decisiones de María (Leticia Dolera), Cris (Celia Freijero) y Esther (Aixa Villagrán) y porque consigue que los tres personajes no conviertan sus contradicciones en incoherencias: hemos pasado de un feminismo pop a otro mucho más espinoso -las diferencias entre las tres son abismales- y quizá por ello más comprometido.

Mis únicas discrepancias con respecto al tratamiento de determinadas cuestiones están relacionadas con la trama referida a Gary, aunque el trabajo de Enric Auquer me parece tan soberbio que incluso cuando la serie amaga con parecerse a Campeones (Javier Fesser, 2018) –“tenemos discapacidad pero somos capaces de hacer muchas cosas”- termino claudicando, quizá también porque aquí el mensaje final no viene revestido del falso buenismo que galvanizaba la película de Fesser, sino que se trata de asumir las propias limitaciones para poder avanzar (aunque toda la secuencia del pajarito hizo que mi párpado derecho diera saltos como una pulga con sobredosis de azúcar). 

A todo ese andamiaje escritural le falta, sin embargo, una puesta en escena menos ilustrativa, que solo se atreve a jugar con la colocación de María en posiciones descentradas para marcar su pérdida de rumbo, pero que apenas ofrece más estímulos. El uso expresivo del soundtrack suena a gastado en demasiadas ocasiones porque subraya lo evidente (el sobadísimo ‘Dramas y comedias’ de Fangoria) por más que el ‘Nada de nada’ de Cecila que irrumpe al final brille con luz propia porque, precisamente, no refuerza el contenido de la secuencia a la que acompaña.

De hecho, los principales problemas de esta segunda temporada están en los excesos enfáticos, como esa secuencia en la que María se enfrenta a sus miedos, representados por un lobo que se encuentra en el bosque mientras una voz en off nos recuerda la historia que la instructora del curso de tantra en el que se han inscrito las tres amigas ya ha contado previamente (el ralentí, el travelling circular y la música ‘tensa’ insisten en generar un estado de confusión demasiado marcado). Otro tanto sucede con el clímax, en ese viaje en furgoneta en el que las tres amigas abren el cajón de la mierda y encienden el ventilador, una explosión emocional a la que le sobran unos cuantos diálogos cuya única misión es volver a explicar unas situaciones vitales que ya conocemos. 

En resumen, las tres propuestas exhiben suficientes elementos de interés como para darles nuestro tiempo, pero ninguna de ellas posee un diseño visual con la entidad suficiente -ya sea de carácter vanguardista o aplicando con intención la ortodoxia clásica- como para traspasar el umbral de la corrección. 

@Enric Albero

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