EuropaPress_7850183_exExterior de la librería Pérgamo, a 16 de octubre de 2026, en Madrid (España).

EuropaPress_7850183_exExterior de la librería Pérgamo, a 16 de octubre de 2026, en Madrid (España). Eduardo Parra / Europa Press

A la intemperie

La librería Pérgamo y otras añoranzas

Pasaba por ser la más antigua de Madrid. Tras su cierre, se suma a todos esos lugares que fueron refugio y esencia de la libertad y ahora solo quedan en la memoria.

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Han cerrado la librería Pérgamo, en la calle General Oráa, en Madrid. Una más al recuerdo.

Vivo a una cuadra de ese lugar para mí sagrado desde hace tiempo. Allí me he refugiado muchas veces con la excusa de encontrar novedades editoriales y literarias con las que hacerme para seguir cultivando el fantástico vicio de leer. Cada uno es cada uno y su circunstancia, pero mi circunstancia está en los libros que he leído y si no soy más es porque no he leído más libros.

La librería Pérgamo, legendaria y mítica, pasaba por ser la más antigua de Madrid, y yo lo creo. En las viejas librerías, muchas de las cuales ya han desaparecido de mi vida, hay una profunda esencia de estilo que hace que el lugar se convierta en un peregrinaje casi necesario.

Recuerdo otros casos mitológicos ya. La Turner, en la calle Génova, Madrid. Me refiero a la vieja Turner, la que regentaba el editor, escritor y librero José Esteban, otro gran refugio de la libertad y las literaturas en tiempos del franquismo. Refugio incluso de furtivos fugitivos buscados por la dictadura, refugio y esencia de la libertad, como toda librería que se precie de serlo y lo sea de verdad.

La librería Hispania, en Las Palmas de Gran Canaria, con su altillo clandestino reservado a libros prohibidos por aquella dictadura interminable. Allí, en la Hispania, le compré a mi padre las memorias de Indalecio Prieto en las que el político socialista echaba de menos, un poco parcialmente, no haber dialogado más con Gil-Robles, el jefe de la derecha española durante la Segunda República. Sí, tal vez se hubiera evitado la guerra más indecente de nuestra historia.

En la Hispania reinaba el poeta Juan Jiménez, como en la Turner hacía lo propio José Esteban, y la esencia profunda de esas dos librerías y otras muchas se me venía a la memoria cada vez que entraba yo en la librería Pérgamo a buscar algún tesoro cuyas páginas llevarme a los ojos y a mi mente.

La esencia del estado de esas inolvidables librerías hoy cerradas llevaba consigo un perfume especial y único, cada uno el suyo, desde luego, pero tan inolvidable como ellas. Eran, en fin, lugares principales. Y sus espacios llenos de libros esperando por los lectores eran sitiales de princesas que hoy ya son solo añoranzas.

Todo pasa y nada queda, escribió tal vez el poeta. Bueno, queda la memoria de la esencia a la que me refiero; esencia que tiene que ver con la belleza que hemos vivido y que ya no existe, con el estilo que se nos va marchando como nos vamos yendo nosotros poco a poco, quizá sin darnos cuenta, a velocidades de vértigo que ya son una costumbre para el ser humano.

¿Cómo llamar a la tristeza para no darnos pena a nosotros mismos? Lo digo recordando ese título de Bryce Echenique, Dándole pena a la tristeza. ¿Cómo, entonces? Tengo para mí que la más cercana es esta: añoranza. Tal vez no somos ya el tiempo que nos queda, sino mera memoria de la tristeza, pura añoranza que acaba casi siempre por hacernos llorar.

Han cerrado la librería más antigua de Madrid, como cerraron los cafetines, las tascas y tabernas, muchos lugares de nuestra memoria y de nosotros mismos. El verso y el poeta tratan de marcar con exactitud perfecta esa añoranza de lo desaparecido, la esencia que ya no existe pero que deseamos inútilmente volver a pensar y a sentir. Pero no siempre llegan el poeta y su verso a que la quejumbrosa lírica sea verdadera poesía. A veces es solo una llantina sentimental y cursi que nos embarga y nos hace perder nuestro propio estilo.

Nos cerraron el Café Gijón hace unos meses como ahora cierran Pérgamo. Luego abrieron el nuevo Gijón, pero ya le habían arrancado el alma vieja que nos alumbraba y marcaba nuestra visita, la peregrinación mágica a un lugar único que formaba parte de nuestra respiración intelectual. Hay lugares cuyo estilo y alma desaparecen cuando se les cambia de traje y se quiere dar gato por liebre.

Quiero decir, si abren de nuevo la Pérgamo será una buena noticia, pero si tardan mucho tiempo o no se vuelve a abrir ya no habrá nada que hacer: el alma, la esencia del estilo, el ambiente exacto como la poesía, su poesía, habrá desaparecido para siempre y solo permanecerá encendida la añoranza en nuestra más encendida memoria.

Lo siento por la librería Pérgamo hoy, como hace ya un tiempo (para mí, un siglo), lo sentí cuando cerraron el Gijón, o la Hispania, o aquella Turner que sigue abierta pero es otra cosa. Han cerrado la Pérgamo y lo siento. Lo siento por nosotros.