Adolfo Suárez en una foto de archivo

Adolfo Suárez en una foto de archivo Efe

A la intemperie

Los papeles del presidente: cuando Adolfo Suárez me pidió que escribiera sus memorias

Muchas de mis preguntas sobre el 23-F nunca fueron contestadas. Pero yo siempre me quedaré con el recuerdo de aquella aventura imposible.

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La desclasificación de los archivos secretos del 23-F no ha afectado mucho ni a la opinión pública española ni a la publicada. Nihil novum sub sole. La vieja sospecha de la postura y la actitud del rey Juan Carlos I, que todos estos años ha sobrevolado la vida política y social en España, queda a salvo, aunque sospecho que no desaparecerá de la conciencia histórica de muchos ciudadanos españoles.

¿Paró el rey el golpe? Parece que sí, y me refiero al de Tejero y Milans del Bosch, mientras la mayoría de los capitanes generales esperaba órdenes superiores. Tengo para mí que el 23-F está amortizado en la conciencia política de los ciudadanos españoles, y en la política misma, aunque ahora las sospechas recaigan en un "arreglo interior" de esos mismos papeles desclasificados. Cualquiera sabe.

Recordé estos días, con motivo de esos mismos papeles desclasificados, que Adolfo Suárez quiso durante un tiempo que yo escribiera sus memorias políticas. Una importante editorial lo apremiaba para publicarlas. Nos pusimos en marcha en sesiones semanales —los viernes, de 12 de la mañana hasta las 3 de la tarde—, en su despacho de la calle Antonio Maura.

Fueron siete u ocho semanas seguidas, pero el trabajo no crecía. Suárez traía un esquema previo en cada reunión, pero el tiempo se nos iba en hablar de ese mismo esquema, de los detalles de los episodios más importantes. Entre ellos, había una fijación: cada semana nos trabábamos al hablar sobre el 23-F, lo que a veces desencadenaba en una larga conversación sobre sus relaciones con el rey durante su presidencia y de las que saqué las conclusiones de todo el mundo: que Juan Carlos I estaba harto de Suárez; que hubo discusiones de gran tensión entre ellos y que, en fin, el rey estaba deseando salir de Suárez y entrar en González, es decir, que en España hubiera cuanto antes un gobierno de izquierdas.

Muchos de los detalles que me contaba Suárez son importantes y enjundiosos, pero cada vez que yo demostraba sumo interés en algunos de ellos, el expresidente Suárez me contestaba siempre lo mismo: eso no se podía publicar ni siquiera cuando él hubiera muerto.

Las discusiones entre Suárez y el rey subieron de tono en los últimos meses de su presidencia, agravada por las prisas de tumbarlo del poder ("Hay que sacarlo del gobierno como sea", dicen que era la tesis de González) y las luchas internas, las traiciones de los democristianos liderados por Herrero de Miñón y, sobre todo, por un ambicioso Óscar Alzaga, de quien Suárez me dijo que nunca llegaría a nada por su manía conspiratoria.

Entonces, una y otra vez nos tropezábamos con el golpe de Estado en marcha, o con los golpes en plural. Y ahí, Suárez se volvía cauto, se ponía serio, cambiaba el tono de voz. Porque muchas de las cosas que él sabía no se podían contar, como él mismo decía.

Suárez me confirmaba una y otra vez que su dimisión se debió a —además del lamentable hartazgo del rey— lo que ya se supo hace mucho tiempo: el proyecto de una moción de censura de todos los partidos del hemiciclo, menos los comunistas, y con el apoyo de los democristianos, socialdemócratas y liberales de la UCD. El mismo Óscar Alzaga se atrevió a presentarse en Moncloa, sin previo aviso ni petición de audiencia oficial, a amenazarlo con ese proyecto. Suárez se vio perdido y, como sabemos, dimitió.

En todas las sesiones de trabajo, que para mí fueron una lección política inolvidable, flotó el 23-F. Si no fueron seis, fueron siete las veces que le pregunté a Suárez por el papel del rey. Pero ¿estaba al tanto de lo que estaba pasando en los cuartos de bandera o no?, le preguntaba. Pero ¿dejó hacer, a ver qué pasaba, o desde el principio trabajó en contra de todos los golpes? ¿Qué pasó con la conversación de la reina y Enrique Múgica en Lérida? ¿Y Armada?

Mis preguntas nunca fueron contestadas. Suárez nunca dijo que el rey estuviera en el asunto pero tampoco me lo desmintió. Pero estoy seguro de que el expresidente sabía desde el principio la postura del monarca. Yo nunca lo supe. Y he vivido estos años pensando siempre en mis preguntas y en esos serios silencios de Suárez. Y sigo pensándolo.

Perdimos aquel intento de conocer las memorias de Suárez. Entonces y hasta ahora. No sé si aquellos esquemas, que yo llamaba los papeles de Suárez, que nos servían de inicio en las sesiones de trabajo, permanecen guardados en manos de sus herederos. Ni siquiera sé si ya no importan, pero yo siempre me quedaré con el recuerdo de aquella aventura imposible de escribir las memorias del expresidente Adolfo Suárez. Y, de verdad, lo siento mucho.