Nicolás Maduro durante un mitin en diciembre del 2025. Foto: Europa Press / Jesús Vargas

Nicolás Maduro durante un mitin en diciembre del 2025. Foto: Europa Press / Jesús Vargas

A la intemperie

El bochinche venezolano y la revolución imposible

En América se ha vuelto una costumbre que los "libertadores" muten en dictadores y los rebeldes, en traidores a la patria.

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La noche del 31 de julio de 1812, el Generalísimo Miranda, jefe de la revolución independentista venezolana y de toda América, descansa en la mansión del mantuano y gran cacao Manuel María de las Casas, en el litoral de La Guaira, ajeno a la traición que le espera de inmediato.

Un grupo de sus aliados, civiles y militares, todos de origen social mantuano y de familias de grandes cacaos criollos, dirigidos por Simón Bolívar, irrumpen en el palacio de De las Casas, con la aquiescencia del dueño de la mansión, para detener a Miranda y entregarlo al jefe realista español Domingo Monteverde.

Ordenan al edecán de Miranda, Carlos Soublette, que lo despierte, lo levante de la cama y que se entregue por traidor a la patria por robar el tesoro de la República en marcha. Miranda, ya en el salón donde están todos los conjurados, arranca de la mano de Soublette la antorcha encendida que da luz a toda la escena y la va acercando a los rostros de cada uno de los mantuanos, dejando en el último lugar a Simón Bolívar.

Después, se vuelve hacia su edecán y pronuncia con firmeza la frase que se hará famosa a lo largo de toda la historia de Venezuela y América. "¿Lo ves, Carlos? ¡Esta gente no sabe hacer sino bochinche, bochinche!".

Casi veinte años después, el 17 de diciembre de 1830, en Santa Marta, Colombia, el Libertador Simón Bolívar está ya a las puertas de la muerte. Le quedan horas de vida en esa agonía en la que piensa en la traición a la que lo han sometido los suyos.

Después de la muerte de Bolívar vino la deificación del personaje, la del inmenso estratega militar, la del político fracasado

Tísico o tuberculoso, envenenado tal vez por no se sabe qué diablos tenebrosos, Bolívar trata de respirar para ganarle a la muerte algunos minutos más de vida. Y ahí, en ese camino final exclama a su vez otra frase que los historiadores y la leyenda se encargarán de hacer eterna. "Hacer la revolución en América es arar en el mar", musita Bolívar. Y después, vino el punto final a su vida y comenzó la deificación del personaje, la del inmenso estratega militar, la del político fracasado y la del romántico y mediocre escritor de cartas y decretos.

Miranda, grandísimo militar, ilustrado, masón, jacobino odiado por los jacobinos y amado por los gibelinos, morirá encerrado en La Carraca, en las Cuatro Torres, en Cádiz, España.

Cuando entiendes, hace rato que el bochinche venezolano ha salido a bailar por todo el sur del continente, donde los "libertadores" de cada región se han transformado en caudillos totalitarios cuya autoritaria arbitrariedad ha roto la unión revolucionaria americana proyectada por Miranda en su gran obra escrita, titulada Colombeia, y finalmente "rescatada" y "asumida" por Bolívar en un acto de contrición demasiado torpe y tardío.

Desde el punto de vista histórico, en América del Sur se han cumplido —como si fueran profecías de próceres inalterables— las dos frases citadas arriba, la de Miranda y la de Bolívar.

El bochinche histórico en América, y en Venezuela por supuesto, se convierte en una costumbre, los "libertadores" mutan en dictadores, los rebeldes son traidores a la patria y el pueblo asiste a constantes golpes de Estado en todas las regiones del sur hasta llegar a hoy, donde los aparentes revolucionarios y libertadores se convierten en sanguinarios criminales y en abusadores y esclavistas de sus pueblos.

Fue el poeta y revolucionario Mariano Melgar, fustigado en 1815 el que dio en el clavo, cuando tuvo la feliz ocurrencia histórica de pronunciar una frase única, rebelde, heterodoxa, hereje frente a las teorías de la historia oficial de América del Sur: "América será verdaderamente libre cuando se libere de sus Libertadores", proclamó.

Todas las revoluciones que han estallado en América central y del sur desde hace siglos se han llevado a cabo en nombre de la libertad frente a la barbarie del atraso, el esclavismo y el abuso social. Una libertad que se convierte en poco tiempo en su contrario, pasto de tiranos que la identifican con su persona y sólo con su persona traicionando al pueblo por el bien del cual dijeron que se levantaron en armas contra la opresión.

En lo que fue el Imperio español durante siglos en América, la libertad ha sido un fracaso. Una de las últimas revoluciones libertarias fue la llamada inútilmente "bolivariana", inventada entre La Habana de Fidel Castro —otro libertador— y el libertador venezolano, inútil émulo de Bolívar, Hugo Chávez.

Aquí tenemos el bochinche, la traición de los libertadores convertidos por su enfermiza avidez de poder en crápulas criminales que no reparan en medios para seguir eternamente en el poder, desde el sandinista Daniel Ortega, Calibán chiquitito pero atroz criminal, hasta el hace unos días secuestrado en su paraíso caraqueño Nicolás Maduro.

Y mañana, seguramente, Milei en Argentina y los que vayan ocupando los cargos presidenciales de las repúblicas americanas. Parafraseando al protagonista de la novela de Jorge Edwards El inútil de la familia, Joaquín Edwards Bello dirigiéndose a su familia: "¡Libertadores, os detesto!".