Image: Vamos a contar mentiras

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Exposiciones

Vamos a contar mentiras

Fake. No es verdad. No es mentira

11 noviembre, 2016 01:00

Vista de la exposición en el IVAM

IVAM. Guillem de Castro, 118. Valencia. Hasta el 29 de enero.

Si les dijera que en esta exposición todo es mentira no diría una falsedad, aunque no estaría diciendo toda la verdad. Este juicio que resultaría sorprendente tratándose de una exposición, podría no serlo tanto cuando reconocemos imposturas enquistadas en muchos ámbitos de lo que nos rodea, en la política, en la economía y en la comunicación. Sin embargo, pese a que la historia del arte arrastra enormes falsedades, son pocos los momentos históricos en los que el arte ha engendrado dudas sobre la verdad de lo que contaba. En la tradición occidental, el arte, como plataforma única de creación de imágenes, asumió la función de narrar aquello que el poder (al que bien se debía) quiso propagar como verdad. Hubo una fe ciega en el arte, que contaba la verdad de lo visible e invisible, sin género de dudas. De esa forma, se le atribuyó la función de representar la verdad, porque fue durante siglos el medio más eficaz para adoptar el disfraz mimético de la realidad. Más tarde, la fotografía y el vídeo, y estos en los mass media, desplazaron al arte tradicional a un papel residual y su objetivo fue copiar miméticamente la realidad, indicando que, así visto, la pintura mentía en ese propósito.

Así las cosas, cabría preguntarse cuánto de verdad hubo en el arte y en aquello que representaba. Bien es sabido que una de las imposturas mayores a partir del Renacimiento fue recrear el arte clásico de un modo que no fue, estableciéndose la falsa creencia de que templos y esculturas eran de puro mármol blanco, y así lo creímos porque lo decía el arte. También es conocida la anécdota que cuenta la rivalidad de los dos grandes pintores de la Grecia clásica Zeuxis y Parrasio, y de cómo Zeuxis atrajo a unos pájaros a sus uvas pintadas, mientras Parrasio engañó al propio Zeuxis cuando en su cuadro pintó una cortina.

En la exposición Fake. No es verdad, no es mentira, no encontramos mármoles, ni tampoco a Zeuxis y Parrasio, aunque sí muchas uvas y cortinas. Esta pertinente muestra, en la que hay mucho que ver y tanto sobre lo que pensar, aborda, como el propio comisario Jorge Luis Marzo indica, un espacio de duda en el que, paradójicamente, se pretende "conciliar nuestras perspectivas sobre la condición del engaño, sobre su potencial eficacia y objetivos". Con este proyecto no se busca rescatar ninguna verdad primaria, sino exponer "cómo se gesta, se gestiona y se interpreta el fenómeno de la credibilidad y la veracidad en el cuerpo social contemporáneo". Que la exposición lo logre, no tendría tanto que ver con lo expuesto, simplemente, como con la disposición del espectador para querer ver más allá de las uvas y las cortinas. Y a través de ello, de los objetos y las imágenes, sí poder vislumbrar el modo en el que los artistas pueden rasgar el tamiz a través del que aflore lo real, por mucho que nos ciegue.

En esta exposición el arte se convierte en un subterfugio que va más allá del arte, cuando la muestra trata de sacarnos de la zona de confort del propio arte y situarnos en un espacio de sospechas y dudas. Es entonces cuando el arte se convierte en un dispositivo eficaz, capaz de desenmascarar verdades como puños.

Detalle de El suelo de la fama (1978), de Carlos Pazos

Hay en esta exposición mucho de entretenimiento. Hay humor, pero también disgustos. Hay mucho que leer y mucho que ver sentado. En el museo se han repartido mediante varios episodios este repaso de camuflajes y sabotajes. Hay en el montaje una mirada casi precaria y casualmente estudiada, con mucho toque provisional, para que esa eventualidad de la impresión de que están sucediendo, sin demasiado ruido, a veces a media luz, entre sillas, vitrinas sillones y sofás, entre fotografías, documentos y más fotografías y más imágenes dirigidas a poner en duda nuestras creencias y a establecer en última instancia cómo debemos creer, más allá del arte y a través del marco institucional.

Entre los artistas, los hay pioneros como Max Aub, que bajo el pretexto de una biografía sobre Jusep Torres Campalans (1958) (un personaje unido al grupo parisino del cubismo pero apenas conocido que... ¿existiría realmente?) reflexiona sobre las vanguardias, la teoría de la novela, la astucia para triunfar y las relaciones paradójicas entre el genio y el éxito. También hay maestros del género como Isidoro Valcárcel que presenta ¿Es mailing mail-art? (1992), formado por el meticuloso memorándum de la relación epistolar mantenida a lo largo de un año con toda entidad responsable de cualquier misiva publicitaria nominal que recalara en su buzón. Y vemos también Inserciones en circuitos ideológicos. Proyecto Coca-Cola (1970) y Proyecto Cédula (1975), de Cildo Meireles.

Eduardo Costa, Pilvi Takala, Agustín Parejo School, Carlos Pazos, Preiswert, Rogelio López Cuenca, Montse Carreño y Raquel Muñoz, SEAC Selección de Euskadi de Arte del Concepto, Joan Fontcuberta, Joey Skaggs y Guillermo Trujillano son otros de los nombres de peso de este repaso por el arte de la confusión y la impostura. En total son 44 obras de 50 artistas, que comprenden, con gran acierto, en una exposición que da mucho de lo que hablar sobre los márgenes del arte, de una creación que ya hace mucho que trabaja en un paradigma nuevo y que, finalmente, la institución alumbra, entre tinieblas, como caso de estudio y que recoge un una publicación indispensable.

Artistas del juego y la mentira

Entre el repaso por los camuflajes, infiltraciones y sabotajes que propone la exposición, destacan cuatro obras paradigmáticas de la idea de Fake. Una de ellas es Spuknik (1997), de Joan Fontcuberta, la historia recreada en Ivan Istochnikov, el astronauta soviético supuestamente desaparecido en el espacio, que el artista ubica a golpe de Photoshop en un escenario mucho más real: recibiendo condecoraciones, visitando escuelas o despidiéndose antes de embarcar en la Soyuz. Destaca también el proyecto que Carlos Pazos hizo en 1978 para el Pompidou de París, El suelo de la fama, una crítica a los artistas convertidos en objetos. Montse Carreño y Raquel Muñoz y sus Cajas chinas (2011) explora la "autoridad" de los museos en relación a la autenticidad de las obras de arte, y La esperanza de Pandora (2013), de Joey Sacks, uno de los artistas del fake de referencia, cuyo aplaudido documental se proyecta por primera vez en España. Esto es lo que hoy opinan sobre la verdad y la mentira en el arte estos 5 artistas.

Joan Fontcuberta
"La verdad es la equivalencia entre el discurso y el hecho, y por lo tanto no existe. O no existe más que como una convención basada en un acuerdo de confianza y de sistema de veridicción. Mentira es la voluntad consciente de desviar el discurso del hecho".

Carlos Pazos "Ante la pregunta sobre qué es verdad y qué es mentira creo que sólo puede plantearse desde un punto de vista ético, no desde el punto de vista de la formulación de un discurso o práctica artística, ni de si ese discurso es verdadero o falso, en el sentido de que tergiverse o no aquello que, convencionalmente, atiende por ‘realidad'".

Montse Carreño y Raquel Muñoz
"El fake persigue socavar los regímenes de verdad imperantes, y que a su vez facilita el uso de canales no establecidos, poniendo en juego lo inesperado".

Joey Skaggs
"A diferencia de la mayoría de mentirosos, yo siempre trato de revelar la verdad. Soy, digamos, un mentiroso ético. El fake es una herramienta para fomentar el pensamiento crítico, crear conciencia de lo que está pasando y tratar de cambiarlo".