Image: Fernando Casás, tiempo y fragmento
Vista de la exposición
La asociación no es baladí, máxime cuando este artista, mitad brasileño y mitad gallego, se movía en los 90 con los libros del teórico francés casi como catecismo y se apresuraba a recomendarnos a los más jóvenes su lectura. Más allá de la anécdota, es cierto que como señala Paul Virilio, a partir de la década de los 50 la gente comenzó a tener miedo del fin del mundo, moviéndose entre la disuasión nuclear y el cine precipitado, el de la supervivencia. Toda la obra de Fernando Casás nos recuerda que vivimos porque sobrevivimos todavía. Así sus Proyectos idiotas, que son experiencias germinales donde el dibujo de una ola en la arena o el brillo de una gota de agua cobran la grandeza del acontecimiento.
Gabinete de coleccionista, años 60 (detalle)
Así, resulta natural que muchas de sus obras se destilen como ejercicios arqueológicos. Es el caso de los Fragmentos de América, que actúan a modo de restos simbólicos más allá de lo que podemos percibir. Hablamos de memoria, que es la esencia definitiva del trabajo de Fernando Casás, tanto en las obras formales, esas que pueden visibilizarse en sus exposiciones, como en las intervenciones en la naturaleza, a mi entender los trabajos más logrados del artista y los que mejor capturan la esencia procesual que proclama. En estos últimos, no importa el tiempo sino una especie de sentimiento condensado, como si experimentásemos una especie de miopía que nos velara para conducirnos a lo ambiguo de esa inmensidad que causa una nostalgia indescriptible al tiempo que un vacío asfixiante, llevándonos así a las posturas más románticas.
Fernando Casás confiesa desconocer en qué momento descubrió que la madera deteriorada vivía un mundo laberíntico y paralelo al nuestro. Es la ruina como experiencia, como memoria abierta que nos deja ver sin mostrarnos nada... Lástima que ante una exposición en un espacio inmaculado como el Centro Galego de Arte Contemporáneo de Santiago de Compostela, parezca que sus obras no irradian la energía que les es propia, como si el tiempo no fuese, efectivamente, escultor.