Image: Crítica e incisiva Swetlana Heger
Dog, 2009
El monumento, y más en países con un pasado reciente dictatorial, es un conflictivo nodo en las relaciones entre historia, arte y vida ciudadana. Para artistas españoles como Fernando Sánchez Castillo e Ibon Aramberri es un tema central; hace poco conocimos la "versión" del cubano Diango Hernández sobre una de las esculturas de Lenin en Helsinki y pronto veremos las propuestas en torno a este concepto del alemán Thomas Schötte (MNCARS, junio). Heger parte en este proyecto fotográfico de un hecho histórico: la retirada de una emblemática estatua para la historia europea, la gran efigie de Stalin en la Karl-Marx-Allee de Berlín, en el mismo año en que se levantó el muro, 1961; la estatua de bronce fue fundida y el material entregado a diversos escultores para que realizaran figuras de animales destinadas a parques y jardines. En esa "metamorfosis" del dictador en zoológico se resume la deriva de la escultura pública en Occidente, de lo conmemorativo y políticamente significante a lo decorativo. Hay que decir que esos animales berlineses son mejores como esculturas que los grupos cinegéticos madrileños, pero obedecen a una misma idea sobre la función del arte -desactivado- en los espacios públicos.
El título de la serie, Animal Farm, hace referencia a la novela homónima de George Orwell, una fábula sobre el estalinismo. En ella, Stalin es el cerdo Napoléon; las fieras de Swetlana Heger, aunque "encarnan" todas ellas al mandatario, pues están hechas de su misma materia, son inofensivas. En la soledad invernal, retratadas frontalmente y en blanco y negro como para un viejo catálogo de esculturas, parecen mudas. Los marcos, no obstante, dan la alarma. Pintados con colores luminiscentes, señalizan algo inhabitual.
La artista checoslovaca parece estar buscando una dirección para su trabajo. Después de esta excelente serie ha realizado otra sobre mujeres fumadoras, y una más sobre la capilla del cementerio de Sedlec en Kutna Hora, profusamente adornada con huesos humanos. Podríamos situar esta última en una misma línea de reflexión sobre la asociación de memoria y ornamento, pero se me escapa la relación con el tabaco y, sobre todo, con su anterior fijación con las marcas de lujo. Esperemos una mayor coherencia para su obra futura.