María Magdalena Campos-Pons: 'Anatomía del Magnolio para Koyo Kouoh & Toni Morrison', 2026. Foto: Andrea Avezzù / La Bienal de Venecia

María Magdalena Campos-Pons: 'Anatomía del Magnolio para Koyo Kouoh & Toni Morrison', 2026. Foto: Andrea Avezzù / La Bienal de Venecia

Arte

Crítica de la Bienal de Venecia: la gran cita del arte internacional, al margen de polémicas, vuelve a la tierra

La 61.ª edición se perfilaba frágil por la repentina muerte de su comisaria, Koyo Kouoh, pero la exposición ha resultado ser un canto a la vida.

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Por denostada que esté, la Bienal de Venecia sigue siendo el gran semillero del que se nutre el sistema del arte contemporáneo para introducir nuevas tendencias y artistas en museos y centros de arte de todo el mundo.

Y en esa fuente inagotable de inspiración, más que los pabellones nacionales dentro y fuera del recinto de los Giardini, que en gran parte se hacen eco de la poética propuesta, las aportaciones decisivas se encuentran en la exposición comisariada cuyo recorrido se prolonga más de 52.000 metros cuadrados.

La comisaria camerunesa de nacionalidad suiza Koyo Kouoh (1967-2025) encontró el título In Minor Keys (En clave menor), bajo el que mostrar una mirada necesaria para sobrevivir en esta época convulsa, en un poema de la poderosa escritora Toni Morrison (1931-2019), la primera afroestadounidense en conseguir el Premio Nobel en 1993.

En torno al políptico se despliegan desde el suelo exuberantes, coloridas y enormes flores que rodeamos con la compañía susurrante de la música de Kamaal Malak. No hay nada de menor en esta gran instalación que habla de complicidad, transmisión del legado y confianza en la vida.

A pesar de la sencillez artesanal de la elegante fachada del Pabellón Central, en esta edición diseñada por la artista nigeriana Otobong Nkanga, salteada con algunos tiestos de barro y cristal con pequeñas plantas, en el kilométrico recorrido, como siempre, hallamos piezas monumentales y rotundas que hablan alto y claro y van marcando las sucesivas secciones ante el asombro de los visitantes.

Nick Cave:'Amalgam (Origin)', 2024, Foto: Marco Zorzanello / La Bienal de Venecia

Nick Cave:'Amalgam (Origin)', 2024, Foto: Marco Zorzanello / La Bienal de Venecia

Pero este año, desde el inicio, me reconozco en la gestualidad perpleja de los blanquitos, sin claves, mientras quienes pertenecen a otras culturas exhiben una abierta sonrisa de autorreconocimiento satisfecho. Hace ya mucho tiempo que la biennale introdujo la perspectiva poscolonial, insistiendo en la diversidad y en la concienciación de la aculturación de tantos pueblos, consecuencias de la violenta explotación y el enriquecimiento de Europa.

Entonces, ¿qué hay de nuevo en esta propuesta, supuestamente en clave menor?

Aunque al entrar se apele brevemente a Duchamp, lo que no hay es ironía, ni sublimidad, ni crueldad. En cambio, sí humor, belleza y también dolor.

No recuerdo ninguna otra biennale en la que me haya reído espontáneamente tantas veces, con una risa franca. Se apela a sentimientos y sensaciones primarias. No he encontrado rencor, ni culpa, sino sinceridad, invocaciones espirituales y amor a la naturaleza.

Sawangwongse Yawnghwe: 'People’s Desir', 2018. Foto:  Marco Zorzanello / La Biennale de Venezia

Sawangwongse Yawnghwe: 'People’s Desir', 2018. Foto: Marco Zorzanello / La Biennale de Venezia

En conjunto, una gran exposición armónica, salvo alguna disonancia inevitable en tal amplitud. Y muy bien montada, ya en el Arsenale con una acertadísima iluminación con múltiples recursos. Creo que el resultado de esta clave menor, para propios y extraños –cada cual entendemos bien solo algunas propuestas–, es que salimos un poquito reconciliados con lo que de verdad importa en este tiempo de incertidumbres.

Con la mitad de artistas de lo que suele ser habitual, constatamos que distintas propuestas de las mismas autorías se repiten en Giardini y Arsenale: como los sarcásticos pero tiernos grabados de la serie Novias revolucionarias de la uruguaya Leonilda González (1923-2017) o las diversas piezas oníricas de la polifacética camerunesa Werewere Liking.

También la videoinstalación e instalación fotográfica de las sudafricanas Berni Searle (que conocimos hace unos años en MUSAC), MaSebidi, aquí con pinturas y esculturas, y Buhlebezwe Siwani, con una videoinstalación y una escultura, entre otros.

Y luego está el escultor estadounidense Nick Cave, que puntea todo el recorrido, incluso con la estatua Amalgam (Origin) en el exterior del Arsenale: sus personajes en metamorfosis cubiertos de flores y pájaros son cantos de duelo por la deseada pero perdida fusión con la naturaleza.

Cada cual narra su historia. Hay algunas que denuncian acontecimientos políticos. Pero la mayoría cuentan memorias y hablan de heroínas personales, madres e hijas, identidades marginales en pueblos y ciudades, y mitos. Hasta que se van formando polifonías.

Apabulla la monumentalidad de los retratos pintados del keniata Kaloki Nyamai. Los paneles de algodón teñido colgados en círculo de la francesa de origen guineano y danés Tabita Rezaire (de quien ya disfrutamos una individual en TBA21) apelan a la diosa Yemaya del océano Yoruba.

La colombiana británica Carolina Caycedo honra en tapices a mujeres japoestadounidenses, indígenas Tlingit en Alaska y pertenecientes a la tribu Stockbridge-Munsee de los mohicanos de Wisconsin.

Fachada de la Bienal de Venecia en los Giardini. Foto: La Bienal de Venecia

Fachada de la Bienal de Venecia en los Giardini. Foto: La Bienal de Venecia

También hay impresionantes solos, como los espacios protagonizados por la gran Wangechi Mutu, con su recreación cosmológica del Edén, y, en otro orden completamente distinto pero también sobresaliente, la superinstalación de Carrie Schneider, que exacerba la destrucción del aura del rostro humano en nuestra época mediática.

Nunca el arte visual había sido menos mudo. Tan importante es la poesía, que inicia y marca etapas en el recorrido, como la música. A partir de Subcontinentment de la india Himali Singh Soin, con registros acústicos árticos junto a otros de Delhi, lo sonoro va in crescendo hasta la clave menor de Laurie Anderson, que, con retratos y letras de canciones, brinda un homenaje a sus amigos Leonard Cohen y Tom Waits en una salita negra pintada con tiza.

Y al final, cómo no, la naturaleza, la tierra. Tras columnas de extracciones y mapas fantásticos, el maestro chileno Alfredo Jaar firma un largo espacio rojo infernal vacío que termina en una pequeña pieza donde se condensan los elementos que hoy deciden guerras y violencias. Ya en Corderie llegamos a la deriva espiritista que tampoco podía faltar.