Joan Brull: 'Calipso'a 1896. Foto: Ferran Gimenez / MNAC

Joan Brull: 'Calipso'a 1896. Foto: Ferran Gimenez / MNAC

Arte

De los quimbayas al Guernica: el Día de los Museos enfoca la disputa por el relato en las colecciones incómodas

En el Día de los Museos ponemos el foco sobre Sijena, Quimbaya, la fragata de las Mercedes y las obras incautadas de la Guerra Civil.

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“Detrás de cada utopía hay siempre un gran diseño taxonómico”, escribió Georges Perec. Y es que todos los relatos necesitan imágenes y objetos que los legitimen.

Colombia reclamó formalmente el retorno del Tesoro de Quimbaya, hoy en el Museo de América; la justicia ha dado 56 semanas al MNAC para devolver a Aragón los murales de Sijena; el caso de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes sigue siendo un emblema de defensa del patrimonio subacuático; y el Museo del Prado ha abierto un proceso de transparencia sobre obras incautadas durante la Guerra Civil.

Mi problema con las clasificaciones es que no son duraderas; apenas pongo orden dicho orden caduca […]; la abundancia de cosas para ordenar, la casi imposibilidad de distribuirlas según criterios verdaderamente satisfactorios, hacen que a veces no termine nunca, que me conforme con ordenamientos provisorios y precarios, apenas más eficaces que la anarquía inicial”.

Estas palabras de Georges Perec en su libro Pensar/Clasificar bien podrían aplicarse a las colecciones de los museos de todo el mundo. No solo los españoles han tenido conflictos por la procedencia de sus colecciones.

El fastuoso Louvre es objeto de continuas demandas, como la de Irak, que pide la inmediata repatriación del Código de Hammurabi, y lo mismo ocurre en el British Museum con los mármoles del Partenón.

Como apunta a El Cultural Juan David Correa, ministro de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia de 2023 a 2025, bajo la presidencia de Gustavo Petro, “debemos entender que la propia idea de museo es una idea colonial que nace para almacenar objetos, y ese sistema de ordenamiento puede ser impugnado y reformado”. Pero no todo el mundo está de acuerdo con esta reescritura, como veremos en este reportaje.

Hoy continúan vigentes varios relatos en disputa, conflictos protagonizados por las diferencias de criterio en torno a la preservación y exhibición de nuestro patrimonio.

Vista de los murales de Sijena instalados en el MNAC. Foto: MNAC

Vista de los murales de Sijena instalados en el MNAC. Foto: MNAC

Las colecciones museográficas despiertan anhelos políticos que alimentan los nacionalismos, como la exigencia –una vez más– del gobierno del País Vasco de que el Guernica se exhiba nada más y nada menos, que en el Guggenheim de Bilbao.

Para César Antonio Molina, ministro de Cultura desde 2007 hasta 2009, con José Luis Rodríguez Zapatero, el tema es exacerbante: “El Guernica es un cuadro enfermo. Cuando llegué al ministerio me volvían loco los del PNV con este tema.

Jan Brueghel el Joven: 'Paisaje nevado con patinadores', 1625. Foto: Museo del Prado

Jan Brueghel el Joven: 'Paisaje nevado con patinadores', 1625. Foto: Museo del Prado

El cuadro fue pagado por la República española y a través de esta demanda lo que quieren hacer, simbólicamente, es decirnos que la Guerra Civil fue una guerra contra el País Vasco. Se le puso el nombre de Guernica, pero podía haber sido Madrid, que fue la ciudad más bombardeada. No tienen ningún derecho ni económico, ni legal, ni histórico, ni político sobre el cuadro”.

La pregunta de fondo es incómoda porque hiere la vieja neutralidad del museo. ¿Debe una institución pública limitarse a custodiar lo que ha heredado? ¿Tiene que devolver o litigar? ¿Le corresponde, al menos, narrar el conflicto en vez de esconderlo bajo la vitrina?

Un museo no es inocente. Detrás de algunos displays museográficos no solo hay oro, pintura o memoria: hay pleitos, expolios, guerras, despojos, sentencias y países discutiendo sobre quién es el legítimo custodio del pasado.

El caso de Quimbaya es, quizá, más delicado porque aglutina cuestiones de rabiosa actualidad: descolonización, restitución, dignidad de los pueblos originarios y revisión del museo como institución nacida en un marco colonial.

“El retorno de la colección Quimbaya no es el de un mero tesoro, es una cuestión de dignidad –afirma Juan David Correa–. Deberíamos poder llegar a acuerdos que vayan desescalando el colonialismo con una restitución de derecho. El conjunto tiene un valor incalculable, cultural, simbólico y profundo de lo que ha significado este territorio, del que nos han querido convencer que no tenía historia antes de la llegada de los europeos, algo que no es así”.

Aunque otros justifican que el tesoro fue un regalo del presidente colombiano Carlos Holguín a la reina regente María Cristina, en agradecimiento por la posición española en un litigio de fronteras entre Colombia y Venezuela, ergo no fue expoliado sino donado y se encuentra en un excelente estado de conservación gracias a las instalaciones del Museo de América de Madrid.

“El País Vasco no tiene ningún derecho ni legal ni político sobre el Guernica”. César Antonio Molina

“El tesoro fue un regalo institucional de Colombia a España y la labor de un ministerio de cultura es defender el patrimonio”, apunta Molina. Frente al lenguaje de la reparación, esgrime el de la custodia nacional. Frente a la descolonización, la defensa del patrimonio recibido.

Molina, además, fue ministro de Cultura cuando se produjo el caso de Nuestra Señora de las Mercedes, atacada en 1804 sin declaración de guerra por Graham Moore, que lideraba una escuadra británica.

Pablo Picasso: 'Guernica', 1937. Foto: Museo Reina Sofía

Pablo Picasso: 'Guernica', 1937. Foto: Museo Reina Sofía

La fragata se hundió en aguas portuguesas con más de 500.000 monedas de plata y oro, telas preciosas, quina y canela. En 2007, la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration rescató 17 toneladas del pecio (valoradas en unos 500 millones de dólares) y las llevó a Florida.

España, liderada por el ministro Molina, demandó inmediatamente, y, ahora, el tesoro recuperado se puede visitar en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQUA) de Cartagena.

El suceso ha inspirado un cómic de Paco Roca y una serie dirigida por Alejandro Amenábar sobre el caso. Recuerda el exministro “que un tribunal norteamericano, de Tampa (Florida), dio la razón a España contra el robo de una empresa pirata creó el precedente de no dejar en manos de compañías privadas la gestión del patrimonio submarino”, sentencia taxativamente.

José Jiménez, director general de Bellas Artes y Bienes Culturales del Gobierno de España entre julio de 2007 y julio de 2009, añade: “Estaba claro que no eran solo de unas monedas recuperadas del fondo del mar sino de afirmar que se trata de patrimonio subacuático amparado por la ley y por los principios internacionales sobre patrimonio cultural subacuático”.

Jiménez, además, aboga por que los museos públicos integren los relatos conflictivos en sus discursos y cartelas: “Un museo público no puede limitarse a defender una pieza, tiene que hacerlo explicando el conflicto. Una vez que ha sido incorporada legítimamente, forma parte del patrimonio que el Estado está obligado a defender y a proteger según la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español”.

Eso sí, apostilla, es necesario incluir en las cartelas de las piezas su procedencia, los contextos bélicos o coloniales por los que pasaron y las reclamaciones actuales.

“Cooperar significa investigar con los países de origen, compartir resultados”. José Jiménez

El exdirector general de Bellas Artes defiende la cooperación entre países y museos: “Un museo europeo del siglo XXI gana legitimidad cooperando más y narrando mejor. Cooperar significa investigar con los países de origen, compartir resultados, organizar exposiciones conjuntas y explorar soluciones como depósitos de larga duración”.

Pero ¿qué ocurre cuando el conflicto se libra dentro de nuestras fronteras? Si Quimbaya abre el melón colonial, Sijena lleva el conflicto al corazón del territorio español.

Aquí la disputa no se dirime entre un antiguo imperio y una nación reclamante. El Tribunal Supremo avaló la devolución de las pinturas murales del monasterio de Sijena y, en abril de 2026, un juzgado de Huesca dio al Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) un plazo de 56 semanas para ejecutar su retorno a Aragón.

El museo barcelonés ha recurrido, pero ese recurso no suspende la ejecución. Y la resolución no cerró el debate: lo amplió a una zona todavía más delicada, la del riesgo material que implica mover unas obras extremadamente frágiles.

Mateo Maté: Shipwreck (Shipwreck on a Rocky Coast, 1837, Wijnandus Johannes Joseph Nuyen, Rijksmuseum, Amsterdam), 2008. Foto: Mateo Maté

Mateo Maté: Shipwreck (Shipwreck on a Rocky Coast, 1837, Wijnandus Johannes Joseph Nuyen, Rijksmuseum, Amsterdam), 2008. Foto: Mateo Maté

Carme Ramells, jefa del área de restauración y conservación del museo, describe para El Cultural un panorama casi clínico. Las pinturas sufrieron daños gravísimos en el incendio del monasterio al inicio de la Guerra Civil; estuvieron expuestas a temperaturas de entre 800 y 1.000 grados; perdieron aglutinantes; presentan grietas, levantamientos y una porosidad extrema; y, tras su salvamento mediante la técnica del strappo, quedaron convertidas en una suerte de “sándwich” de materiales orgánicos e inorgánicos con comportamientos distintos frente a cambios ambientales, las vibraciones y la manipulación.

“La capa de pintura original tiene un espesor aproximado de apenas medio milímetro”, nos recuerda. “Hay, además, más de 700 puntos críticos ya identificados”. Su conclusión es inequívoca: “Incluso en el escenario técnico menos arriesgado, el desmontaje y el traslado pueden producir pérdidas irreversibles”.

El Prado introduce, por último, la dimensión quizá más incómoda de todas: la que obliga a España a mirarse a sí misma. El museo revisa desde hace años las obras de su colección procedentes de depósitos de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico y del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, encargada de recopilar y almacenar obras de arte de particulares e instituciones religiosas para su salvaguarda durante la Guerra Civil.

En 2023, elevó a setenta el número de piezas identificadas en sus fondos como procedentes de incautaciones o depósitos desviados. Muy recientemente, en 2025, se restituyeron a los herederos de Pedro Rico –abogado y político republicano, alcalde de Madrid entre 1931 y 1934 y en 1936, y exiliado en Francia, donde murió en 1957– siete pinturas que habían sido incautadas durante la Guerra Civil y jamás devueltas.

El Estado ha identificado más de 6.000 bienes bajo custodia pública vinculados a este proceso histórico. Aquí el debate ya no mira hacia América ni hacia un museo extranjero. Mira hacia la posguerra española y hacia los agujeros de su reparación.

Carlos Chaguaceda, director de Comunicación del Prado, ha seguido muy de cerca este proceso. Subraya que el museo no teme una cadena de reclamaciones, sino que considera haber hecho “lo que le corresponde a cualquier institución responsable: actuar con honestidad y sentido de la justicia”.

Carles Pellicer Rouviere: 'Noia asseguda, mig nua', 1901. Foto: Ferran Gimenez

Carles Pellicer Rouviere: 'Noia asseguda, mig nua', 1901. Foto: Ferran Gimenez

Recuerda que el estudio impulsado por la pinacoteca se hizo público y se llevó a una web de acceso abierto para facilitar reclamaciones, y reivindica el principio formulado por Miguel Falomir: “El Prado quiere que las obras de arte estén en manos de sus legítimos propietarios”.

Esto significa asumir que un museo nacional, emblema del canon español, acepta que la grandeza institucional no se mide solo por conservar mucho, sino por saber desprenderse de lo que no le pertenece.

“El desmontaje y traslado de los frescos de Sijena pueden producir pérdidas irreversibles”. Carme Ramells

Ese gesto desplaza de manera decisiva el debate. Durante años, las “colecciones incómodas” parecían remitir a los expolios coloniales o a los litigios de la Segunda Guerra Mundial.

Pero el caso Prado recuerda que también existe una incomodidad doméstica: la del patrimonio preservado y retenido por las instituciones del franquismo. Una colección pública también administra heridas, silencios, desposesiones y deudas históricas. Ya no basta con conservar; hay que explicar. Ya no basta con exhibir; hay que responder.

Un museo implica un relato y señala a quien lo escribe. Una historia de poder que negocia entre memoria y dominio, conservación y reparación, prestigio y justicia. Y ahí es donde se jugarán su futuro nuestros museos, en la cantidad de verdad que sean capaces de sostener. Escribiendo la historia en los relatos limpios y banderas blancas que ondeen en sus cartelas.