Thomas Pynchon en su juventud. Foto: Oyster Bay High School

Thomas Pynchon en su juventud. Foto: Oyster Bay High School

Letras

Crítica de 'A oscuras', la última obra maestra de Thomas Pynchon: un orgásmico festín lector

La evocación en la trama del surgimiento de los movimientos fascistas en Europa, allá por los años 30, reverbera en un presente muy polarizado.

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Nadie lo esperaba: Thomas Pynchon (Nueva York, 1937), el más escurridizo de los escritores vivos, el más enigmático, el autor que en sesenta años tan solo nos ha regalado diez obras, pero qué obras (tres de ellas con más de mil páginas), tenía aún en la recámara, a sus ochenta y ocho años, una última novela. Ambientada en los años treinta del pasado siglo, y transcurriendo su trama entre Milwaukee y Budapest, A oscuras (2025) sigue la estela estética de Vicio propio, aquel noir psicodélico que nos engatusó a tantos, solo que en otro tiempo, claro, y en otro lugar.

Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets)

Cubierta de 'A oscuras' (Tusquets)

A oscuras

Thomas Pynchon

Traducción de Vicente Campos
Tusquets, 2026
400 páginas. 23,90 €

Ambas conformarían, junto Al límite, una involuntaria trilogía conspiranoico-detectivesca. Siendo estas sus tres últimas novelas, alguien con más tiempo, ganas y espacio debería analizarlas en conjunto, con el ojo puesto en sus vasos comunicantes. Quizás en ellas se encuentre una más que perspicaz lectura sobre los porqués de las derivas democrático-identitarias que en los últimos años viene padeciendo Estados Unidos, y por ende medio mundo.

Y es que mucho de esto hay en A oscuras, una novela que leída a vista de pájaro no pasaría de ser un pin-pan-pun escrito por un emporrado en estado de gracia, un homenaje lisérgico-posmoderno a las novelas clásicas de Raymond Chandler o Dashiell Hammett, en las que uno se encontraba con otro, y luego con otro, y luego con otro… y así ad nauseam hasta perdernos en una fantabulosa maraña de nombres y callejones sin salida.

A oscuras es un poco así, reconozcámoslo, también que es todo hueso, quizás demasiado, puro diálogo, raspante e incisivo, rítmico hasta el paroxismo, un toma y daca frenético y adictivo gracias a esa prosa tan juguetona y socarrona, fresca y chispeante, imaginativa y desvergonzada, que sigue gastando Pynchon incluso a edad tan provecta.

Nadie escribe como él, ni siquiera sus más lúcidos imitadores, he aquí la cuestión del enganche que genera su literatura, por lo que cualquier acercamiento a su narrativa, sea esta como fuere, más o menos compleja, más o menos extensa, es en todo caso un gozo inenarrable no encontrable en ningún otro lugar.

Pero A oscuras esconde entre sus esculpidísimas páginas algo más que un orgásmico festín lector, pues toda la alocada peripecia que aquí se cuenta, aparentemente hueca, transita en paralelo al surgimiento de los movimientos fascistas en Europa, mientras los estadounidenses sobreviven como pueden a la Gran Depresión.

Pynchon conecta entonces los puntos: del nombramiento de Hitler como canciller en 1933 a las huelgas lecheras en Wisconsin, y nos invita a hacer todas las comparaciones que se nos ocurran con nuestro presente, tan polarizado, tan turbulento, tan capitalizado. Hagan juego, lectores, seguramente acertarán. Incluso si piensan entre sí lo contrario.

Al margen de lecturas "políticas", A oscuras es, con permiso de El arco iris de gravedad, la obra más europea de Pynchon, en tanto que nos lleva, ya sea a lomos de una Harley-Davidson (con sidecar), un submarino (espectacular su aparición en el lago Michigan), un zepelín (disfrazado de "melón volador") o un autogiro (guiño español incluido), no solo de viaje por Hungría sino también por sus fronteras (Austria, Rumanía, la vieja Yugoslavia…), pues por allí transcurre la Trans-Trianon 2000, una salvaje carrera de motos poblada por vampiros, golems y demás fauna de la zona, incluidos los Vladboys, una banda antisemita sobre ruedas, cuyo trazado vertebra buena parte de la acción de esta novela.

Al frente de la comitiva (o a la cola, según se mire) se encuentra el detective Hicks McTaggart, llevado contra su voluntad al Viejo Mundo desde la "tranquila" Milwaukee a la búsqueda de una descarriada heredera, hija de un empresario local con aires de mafioso conocido como "el Al Capone del queso". What’s made Milwaukee famous, rezaba la célebre canción, y aquí su estribillo se hace realidad.

Bajo su apariencia de obra menor, y dando por hecho que no hay Pynchon malo, late una novela brillante en todas sus páginas

Por el camino, como suele ser marca de la casa, encontraremos de todo lo imaginable: espías y matones, visionarios y metafísicos, clarinetistas y radioaficionados, speedballs y theremines, zapaterías con lectores de rayos-X y hasta una suerte de red social avant la lettre, un festín culturalista de bizarrías varias, un dechado de erudición histórica (cameos de los Primo de Rivera incluido), todo salpimentado, cómo no, por numerosas letras de canciones inventadas para la ocasión por el propio Pynchon. A oscuras se mueve así a ritmo de swing y música klezmer. Un mundo este subterráneo en plena decadencia, puesto en peligro por el auge del nazismo. Una pena.

Bajo su apariencia de obra menor, y dando por hecho que no hay Pynchon malo, late sin embargo una de las novelas más redondas y equilibradas de su autor, sin divagaciones de ningún tipo, honda y humorosa a partes iguales, brillante en todas sus páginas, y con una emocionante escena final (esa Estatua de la Libertad vista desde un submarino… y hasta aquí podemos leer) digna de pasar a los anales de lo que sea.

Los tiempos de epatar, de trascender, de querer firmar la Gran Novela Americana, ya han pasado. A Thomas Pynchon no se le puede exigir más nada al respecto habiendo escrito obras tan monumentales y definitorias como la citada El arco iris de gravedad o Mason y Dixon, ni pienso que a estas alturas él quiera exigirse otra cosa que pasarlo bien escribiendo. Merecido se lo tendría. La coherencia de su obra es a todas luces innegable y su compromiso con la excelencia literaria ha quedado a prueba de bombas.

Pynchon no ha dejado nunca de ser él y A oscuras es prueba irrefutable de ello. Un título que no solo hará las veces de testamento literario (salvo sorpresas de última hora…) sino que se convertirá, para aquellos que se quieran iniciar en el culto, en inmejorable puerta de entrada a su particular universo, amén de ser ya una de las grandes novelas de este año, por qué no de la década o del siglo que nos queda, pues su reconocimiento crecerá seguro con el tiempo hasta que sea aplaudida como lo que es: la última obra maestra de uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo.