Anselm Kiefer: 'Danaë', 2016-2021. Foto: Nastassia Tarusava

Anselm Kiefer: 'Danaë', 2016-2021. Foto: Nastassia Tarusava

Arte

Anselm Kiefer, el gran artista de la posguerra alemana, brilla en el Centro de Arte Hortensia Herrero de Valencia

Se inaugura una de las exposiciones más esperadas del año, la de un pintor clave del neoexpresionismo alemán, que reconstruye sus paisajes en lienzos monumentales.

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Un contexto de renovado interés por los procesos manuales en el arte junto a un cierto agotamiento de las estéticas frías, al que se suma el mercado, está favoreciendo la recuperación de la pincelada y del gesto de tendencia expresionista.

Anselm Kiefer. Centro de Arte Hortensia Herrero

Valencia. Comisario: Javier Molins. Hasta finales de octubre

A estas corrientes –y, en parte, también como impulso de ellas–, numerosos artistas de ese periodo están siendo hoy “rehabilitados”.

No es el caso de Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania, 1945), que, con otros grandes artistas alemanes como Richter o Baselitz, tiene nombre propio.

Aquí el artista ha estado muy directamente implicado participando como comisario, junto a Javier Molins, en la selección y adecuación de su trabajo al espacio del Centro Hortensia Herrero.

Esta particularidad está relacionada con las características del espacio, donde se presenta una pequeña selección de once obras, salidas directamente del estudio del artista, y nunca antes vistas, salvo la muy interesante pieza Himmel-Erde (1974). El edificio de este centro, un antiguo palacio del siglo XVIII, no ofrece sin embargo grandes salas en las que instalar los enormes formatos a los que nos tiene acostumbrados.

Por tanto, frente al Kiefer monumental, propio de los noventa y fuera de escala, con espectaculares instalaciones inmersivas, tan de ahora, nos encontramos con un Kiefer menos espectacular y más interesante.

En este sentido, podemos observar cómo los condicionantes de este espacio obligan a cierta domesticación de la obra; una adecuación que propicia el acercamiento a un Kiefer más humano. Las piezas repartidas por diferentes plantas y salas, por lo general reducidas, son mostradas muy cerca de los ojos, de modo que nos vemos obligados a entrar en la pintura y embadurnarnos con su materia.

Retrato de Anselm Kiefer. Foto: Waltraud Forelli

Retrato de Anselm Kiefer. Foto: Waltraud Forelli

Por otra parte, otro de los atractivos de la exposición, la selección de este reducido conjunto, no obedece a una lectura enciclopédica de la obra de Kiefer. No hay intención ni espacio para repasar su trayectoria, pero en este pequeño grupo, sin embargo, sí están presentes parte de sus obsesiones, como su particular y brutal forma de pintar, que no deja de ser elegante.

No encontramos los temas más problemáticos de su producción y, apenas la dimensión política, en favor de lo poético y más formalista, en consonancia con el arte pulido y sin aristas de la colección del centro.

La memoria histórica y el olvido, el poder transformador de la alquimia, junto a escenificaciones sobre la ruina, la destrucción y regeneración, como la mitología, la literatura y el pensamiento alemán conforman los motivos, sobre el fondo de paisaje-materia, que podemos reconocer en estas obras.

Entre todo ello, aunque llega al final del recorrido, destaca la impresionante Danaë (2016-2021). Procedente de Nueva York, esta obra de trece metros de largo, nunca mostrada en Europa, constituye el gran reclamo. La espectacular dimensión del cuadro, como concesión a su monumentalismo, descoloca la posición del espectador.

Da igual el lugar desde donde se mire: la obra epata. En este fabuloso trabajo, se condensa, en gran medida, lo mejor del artista. Sobre una planimetría abierta, de enorme horizontalidad, se expande la pintura con los mitos detrás, sin un único foco de atención, obligando a la mirada a desplazarse continuamente por toda la obra.

Esta pérdida de jerarquía en el reconocimiento de lo que se da a ver, fuerza al espectador a entrar físicamente en la pintura y perderse en ella.

La ambigüedad perceptiva del espacio, en el que se recrea el emblemático aeropuerto de Tempelhof, trastoca cualquier posibilidad de abarcar la completud de lo construido; algo que pertenece a la propia naturaleza arquitectónica y simbólica de este lugar tan terriblemente connotado en el pasado y el presente de Berlín.

Sobre densas gamas cromáticas apagadas (ocres, terrosas, grises y negras) reluce, por partes degradado, el dorado del mito clásico al que referencia la obra; un brillo que pesa desde su condición material, caído desde arriba, sobre la expansiva representación de un lugar, tan abierto como claustrofóbico.

Vista general de la exposición. Foto: CAHH

Vista general de la exposición. Foto: CAHH

A partir de emulsiones, óleo, acrílico, pan de oro, zinc, alambre y carbón, sobre un lienzo que lo aguanta todo –en el que, frente a otras obras, parece haber más reflexión que acción–, campa, a sus anchas, el mito de Dánae. Extensamente reproducido en la historia del arte, aparece aquí despojado de su sensualidad idealizada, para transmutarse en algo pesado y conflictivo.

Kiefer saca el objeto erótico de Dánae del tradicional paisaje, al que se asocia la fecundación de Zeus con la lluvia dorada, y lo introduce en un espacio de contemplación problemático.

Con la intervención alquímica de Kiefer, en Dánae se fecunda un paisaje-arquitectura –uno de los temas comunes en Kiefer– para que emerja una historia traumática que plasma la tensión entre ruina y regeneración; y lo que está por nacer aparece inseminado por la destrucción.

Al final, una vez visto esto, lo demás parece menor. Sin embargo, conviene detenerse, y mucho, en la discreta pieza Himmel-Erde (1974). Esta obra, de medio formato, adquiere una mayor dimensión al tratarse de un trabajo de uno de los períodos más interesantes de su trayectoria.

Anselm Kiefer: 'Himmel-Erde', 1974. Foto: CAHH

Anselm Kiefer: 'Himmel-Erde', 1974. Foto: CAHH

Parece fuera de lugar; su carácter casi esquemático y ligero muestra lo íntimo y personal del artista y su reflexión sobre la pintura como sistema, y no como mera representación; un tomo meditativo sobre el oficio que da gusto ver.

Estas ideas, a lo grande, redundan más tarde en la interesante Des Malers Atelier (2016-2025). Y entre un extremo y otro, la pintura más celebrada del artista: materia y color. Destacar, más allá de sus conocidas obras en la colección, la insistencia en el paisaje en Elektra (2024) o Walhalla (2018) y señalar la presencia testimonial de una de sus vitrinas, en Johannis Nacht (2014).

Dosis de pintura a lo grande de un artista alemán que pesa tanto como valen sus cuadros.

¿Qué demonios pasa con Kiefer?

Anselm Kiefer: 'Johannis-Nacht', 1995. Foto: CAHH

Anselm Kiefer: 'Johannis-Nacht', 1995. Foto: CAHH

El año pasado cumplió 80 años. Quizá esta efeméride puso en marcha la pesada maquinaria institucional y galerística que le celebre y le monetice, ya que, sin duda es uno de los grandes de la pintura matérica, monumental y neoexpresionista europea.

Kiefer nació con los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial y convirtió esa cercanía a la devastación en una gramática material propia. Tras estudiar Derecho y Lenguas Románicas antes de orientarse hacia las Bellas Artes –y pasar por el entorno de Joseph Beuys–, hizo de su obra un territorio lírico e híbrido convirtiendo el paisaje de grandes dimensiones en escenarios de la memoria.

En 2026 su presencia institucional sigue siendo máxima, no deja de inaugurar exposiciones por todo el mundo.

A esta del CAHH de Valencia se suma una gran institucional en Milán, Le Alchimiste, en el Palazzo Reale y en Galleria Lia Rumma; la galería Thaddaeus Ropac París-Pantin ha presentado el 25 de abril Nymphäum; La Pedrera de Barcelona abrirá en octubre su primera gran monográfica barcelonesa; MASS MoCA (Massachusetts, EE. UU.) reactiva su instalación de largo recorrido en colaboración con Hall Art Foundation (Reading, EE.UU.), y MUZEU, el nuevo museo de arte contemporáneo de Braga (Portugal), reserva una sala estable a su obra, sin olvidar su instalación permanente en la Fundación Sorigué de Lérida.

Aprovechen estas importantes exposiciones en Valencia y, en otoño, en Barcelona para, quizá, despedirse de un gran artista símbolo de una época y una generación.