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Entre Gutiérrez Solana y Josep Maria Sert, los tapices flamencos y la cerámica de Alcora. Seis artistas actuales le sacan punta a la Colección Banco Santander en Madrid

22 octubre, 2019 02:42

Ecos

Fundación Banco Santander. Avda. Cantabria, 2. Boadilla del Monte (Madrid). Comisarios: Nacho Ruiz y Carolina Parra. Hasta el 20 de diciembre

La mirada de los Chulos y chulas de José Gutiérrez Solana tiene un aura inquietante con todos esos ojos bizcos y estrábicos que debieron mirar fijamente al artista y que ahora nos vigilan a nosotros. Es una mirada con la que Santiago Ydáñez (Puente de Génave, 1967) ha sabido medirse a la perfección al retratar a Florencio Cornejo, el pariente al que Solana dedicó su novela, con esos agónicos ojos azules que tiemblan mientras aprieta con fuerza sus labios. Hablan los dos de la España profunda aunque en temporalidades distintas. La de Gutiérrez Solana es heredera de la Generación del 98, con todas esas procesiones sombrías, colecciones de maniquíes y esqueletos. En la de Ydáñez, José el gitano se engalana y mira con cierta sorna y un vecino del pueblo posa junto a la Virgen sin soltar su mechero.

Este es uno de los diálogos que establece la exposición Ecos entre seis artistas contemporáneos y la presentación –casi permanente– de la Colección Banco Santander en Boadilla. El tándem Ydáñez-Solana sale airoso. Conecta con la imagen de nuestro país que Josep Maria Sert importó a Estados Unidos a finales de los años veinte, cuando le encargaron la decoración del Waldorf Astoria de Nueva York. Quince pinturas de más de cuatro metros de altura en las que representó fragmentos de El Quijote. José Medina Galeote (Gerona, 1970) está más que acostumbrado a tomar la historia del arte como el punto de partida de sus trabajos y ha transferido las medidas de las piezas de Sert a dos pinturas murales perfectamente integradas en el espacio en las que vemos esas pinceladas tan suyas, cercanas a lo topográfico. Son dos pinturas para mirar de cerca pues, aficionado al camuflaje, su obra esconde más de lo que muestra.

Los retratos de Ydañez se miden con las procesiones de Gutiérrez Solana, en esta caja de resonancias que es 'ecos'

Hay otro retrato nacional en las fotografías de Mira Bernabeu (Aspe, 1969). Es un retablo fotográfico con el que inmortalizó a artistas, responsables de instituciones, galeristas, coleccionistas y críticos. Se acota su estampa al gremio del arte en un momento de plena crisis económica. Su Panorama (New Economy) (2010-2011) es de sobra conocido y convive en la exposición con los retratos del siglo XVI y XVII. Subyace en el fondo una reflexión amarga: la delicada situación de los artistas dentro del sistema del arte. En uno de los vídeos que lo acompañan, una voz robotizada lo dice muy claro: el arte se entiende cada vez más como evento y patrimonio mientras que los artistas hacen su trabajo en paralelo, producen obra, sí, pero los que se benefician son otros. Y todo esto junto a Tintoretto, Rubens y Van Dyck quienes, seguro, vivieron tiempos mejores que muchos de nuestros creadores.

La trasera del mundo del arte aparece de nuevo en la obra de Irma Álvarez-Laviada (Gijón, 1978), atenta a las pequeñas cosas que no se ven en las exposiciones pero que sin embargo acompañan al artista en su día en el estudio. Su obra habla de pintura, pero sin pintura, aquí con un libro en el que los datos técnicos (Arrepentimientos, 2018) sustituyen a las imágenes. Pone también en cuestión los procesos de restauración de las obras de arte con fotografías de bastidores, marcos y caballetes por los que bien podría haber pasado El Greco que tienen al lado.

Los siguientes diálogos toman el medio como hilo conductor. Los grandes lienzos de Sonia Navarro (Puerto Lumbreras, 1975) agitan la imponente sala de tapices flamencos de la Fundación. Altera una lectura que de otra manera sería más monótona introduciendo esas masas abstractas de color en las que combina telas y distintas texturas –grecas y flores, materiales lisos y pana– que luego pinta. Pone el foco en la autoría de este tipo de trabajos: mientras las labores las hacían siempre mujeres, quienes firmaban las obras eran hombres. De los textiles a la cerámica, Fernando Renes (Covarrubias, 1970) alicata la sala de la porcelana de Alcora con una pared de 1.200 azulejos. Transfiere de nuevo a la cerámica su audaz dibujo, con lebrillos granadinos, textos desenfadados y formas geométricas más cercanas a la decoración árabe que a las amaneradas formas de la Real Fabrica de porcelana no pueden hacer sombra.

Aparece de nuevo al final del recorrido –entre un Miró, un Picasso tardío y varios Alberto Sánchez– con una frase cargada de humor. “Se puede tocar”, proclama, y cierra así esta caja de resonancias. Nos despedimos paseando entre Tàpies, Lucio Muñoz, Millares y Zóbel. Arena, madera y delicados textiles entre los que, se me ocurre, muchos artistas podrán seguir tirando del hilo. La Fundación parece favorable a continuar. Que vengan muchos más y si se apoya la producción de obra nueva, mejor.

@LuisaEspino4