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Arte

Velázquez, un veneno

Sin Velázquez el mundo no era mundo y la pintura carecía de calidad espiritual. Para mí, la posibilidad de acceder fácilmente a una gran cantidad de cuadros maestros de Velázquez en el Prado, ha sido un privilegio

6 junio, 1999 02:00

Cada uno vivimos “nuestro Velázquez” de modo distinto y creo que es bueno ser un mocito pueblerino y manchego para venir a Madrid un día, meterse en el Museo del Prado y “entendérselas” con Velázquez. Como le ocurrió a mi amigo el pintor Antonio López y me ocurrió a mí, sin ir más lejos, aunque con los naturales matices diferenciales, pues al final ni siquiera nos dedicamos a lo mismo. Y esto era porque la luz de la Mancha prepara como ninguna otra a percibir la cruda sutileza de la luz velazqueña que, más que andaluza, es madrileña y manchega, por razones obvias. El gran Velázquez esplendió desde la corte de Madrid, donde esa luz integra las lejanías azules y frescas del Guadarrama, el rompeolas de esa luz especial que domina la región manchega.

En todos los órdenes de la vida, ni en el arte ni en la literatura me he sentido jamás nacionalista y orgulloso, de los que ven las cosas sin referencias universales, imaginando que todo emana de su propio sistema de valores, como no hace mucho les sucedía manifiestamente -y aún puede que por dentro siga siendo igual- a ingleses y franceses. Los franceses, cuando yo me incorporé a ciertos movimientos de vanguardia que se producían en París, eran todavía el colmo de cultura centrípeta y absorbente. Sin el arte francés, el mundo no era mundo y la vida carecía de calidad espiritual. Aquel obtuso chauvinismo me ofendía. He dicho al principio “en todos los órdenes de la vida”, pero hubiera debido decir en casi todos porque, sólo con relación a Velázquez era como si yo hubiera sido un francés con educacionales anteojeras.

Sin Velázquez el mundo no era mundo y la pintura carecía de calidad espiritual. Para mí, la posibilidad de acceder fácilmente a una gran cantidad de cuadros maestros de Velázquez en el Prado, ha sido un privilegio. Repito que me resultaba imposible relacionar a Velázquez con ningún pintor español o extranjero. Suprimiendo a Velázquez, había cantidad de pintores que me fascinaban, pero me fascinaban como “artistas”. Gran artista Poussin, con un mundo propio de dioses amables, de arquitecturas, frondas y cielos bellamente ordenados. Superartista Goya, con toda una “mise en scene” que estimulaba mi vocación de hombre de teatro. Y Tintoretto e Ingres y Delacroix y los “raros” como Valdés Leal o Magnasco. Pero pintores...

Con o sin Velázquez, no se entiende de igual manera a Cervantes, al siglo de oro, a la novela picaresca y a tantas cosas más. En especial, en el amplio panorama de nuestras letras

La pintura extrañamente abierta de Velázquez no me seducía por “artista”, sino por veraz. Tenía como esa soberbia de no ser el arte que se pone en el escaparate y que conspira para asombrar al espectador. Asombraba precisamente por lo contrario, por esa autosuficiencia elegante, por ese despojamiento sin artificio, siendo como es “artificio” puro y tan grande que parece todo lo opuesto. Es un enigma que aún no se ha resuelto. Yo estaba sobrecogido por Velázquez, que me parecía de la más inalcanzable perfección “ocular”. Dentro de lo insensatos que pueden ser los jóvenes artistas, yo me sentía capaz de todo, pero no de descubrir y practicar la norma velazqueña, de tan solemne economía y tan vibrante de plenitud material. -“¡Jo, qué tío!” exclamaba desde la sombra, en aquel curioso recinto entonces exclusivamente dedicado a “Las meninas”.

Velázquez era mi obsesión. “Si voy a dedicarme a pintar, hay que desentenderse de Velázquez, porque yo sólo puedo pretender aquello de ser un artista más, incluso de los más conocidos, no descartemos esa posibilidad” pensaba; “pero no puedo ir por ahí con ese complejo de inferioridad sabiendo que, en el fondo, no soy pintor”. La historia de la pintura para mí se detenía en Velázquez, y era un peligro comprobarlo así, Velázquez ha resultado ser algo parecido a una “amenaza divina” sobre el oficio de pintor, creador de escrúpulos, remordimientos y despechos. Velázquez estaba al lado de Dios. Era un dios él mismo, el olímpico pintor de cámara, que invistió de genial a todo el reinado de Felipe IV.

Hablo muy subjetivamente, casi con la misma inocencia con la que me hubiera expresado cuando me examinaba de ingreso en la Real Escuela de Bellas Artes, ese entrañable caserón con luces de bodega velazqueña, donde se podrían freír un par de huevos para copiarlos del natural. Entre mi dedicación a la pintura y posteriormente a la literatura, hay un lapso de unión con Velázquez que, de inimitable maestro, se convierte en singular mentor de mis propias letras, y entonces su modelo se me vuelve más accesible. Con o sin Velázquez, no se entiende de igual manera a Cervantes, al siglo de oro, a la novela picaresca y a tantas cosas más. En especial, en el amplio panorama de nuestras letras, Cervantes y Galdós son absolutamente velazqueños. Lo velazqueño también ha sido ejemplaridad para las letras castellanas. Lo velazqueño representa esa solemne y vibrante parquedad, esa llaneza aristocrática y popular al mismo tiempo. También Velázquez enseña a escribir. Y ¿cómo no? Si el escritor tiene cierta sensibilidad plástica, como al parecer la tenía yo, Velázquez arbola igualmente como una resonancia normativa en el uso del español más depurado. El castellano es una lengua plástica como pocas, tenemos muchos y muy ricos sinónimos -del gris al púrpura- una paleta con un iris muy complejo, en el que debemos elegir bien entre tan sutil variedad. Si lo hacemos con tacto y agudeza, podemos “acertar velazqueñamente” en muchos aspectos.

La pincelada corrida y fundida que muestra Velázquez, se traduce en literatura como un transcurso sin accidentes que distraigan del tema principal y con precisión descriptiva un tanto impersonal y neutra. Trazos velazqueños coincidentes podemos encontrar en otras literaturas extranjeras, en Stendhal, en Tolstoi, en Proust, en Thomas Mann... Hay una brillante reflexión de Rubén Darío, que no quiero dejar de anotar, porque nos revela muchas cosas en cuanto al estilo de escribir que nos acerca a la norma practicada por el raro pintor: “Si la literalidad encadena al espíritu divagante y lo doma, ella contiene la infernal facilidad de la pluma”. Exactamente, como contiene “la infernal facilidad del pincel” para la mayoría de los artistas.

Picasso es el genio que impuso la infernal facilidad de sus pinceles, al darse cuenta de que por el camino de Velázquez la historia de la pintura era imposible de superar

Picasso es el genio que impuso la infernal facilidad de sus pinceles, al darse cuenta de que por el camino de Velázquez la historia de la pintura se detenía ante un precipicio imposible de superar. Y parece que a la literatura le importa menos cambiar de claves. La sobriedad expresiva, pero con vocablos siempre de excepción, por su exactitud descriptiva de lo físico y de lo metafísico, es lo que en literatura corresponde a la estética de Velázquez. La literatura lo puede definir mejor que lo pueden imitar los pintores de oficio y vocación. Todo esto ¿por qué? Porque la pintura excepcional de Velázquez simboliza también algo fuera de la plástica misma, como lo cervantino o lo quevedesco fuera de lo literario, y resulta un valor abstracto, que puede aplicarse a muchas cosas.

Esto, que puede suceder con tantos artistas, sucede con Velázquez de forma “diferente”, por aquello que he dicho más arriba, porque se disimula como artista y se libra como realidad pictórica imbatible. Realidad que es artística en el fondo, pero de un tono particular: Es algo maravillosamente calculado, que da una impresión de facilidad y es el engaño “más sincero” del arte y, al tiempo, el más distante y el más abstraído en sí mismo. El cálculo, con impresión de facilidad y naturalidad poderosas, se delata sólo un poco imprudentemente en el cuadro de “Los borrachos”; un cuadro que pretende competir con la pintura de género flamenca y que obligó a Velázquez a componer con cierta sujección. No es propiamente un fallo del pintor, pero sí un escrúpulo del artista que se escondía detrás. Todas las figuras parecen expuestas a la luz solar, pero el cielo se oscurece de modo alarmante para la idea de veracidad lumínica y ambiental que tenemos del pintor de la luz. Si él no lo hizo, ¿qué otro Velázquez decidió oscurecer ese cielo para poner en valor “caravaggiesco” a las figuras y carnaciones del primer término que saldrían perdiendo algo de presencia con un cielo claro y “real”?

El efecto de “exterior-interior-exterior”, de ambigöedad ambiental y de taller se hace evidente en ese cuadro para el espectador moderno. Pero es cierto que, contemplando esta pintura, tenemos asimismo el honor de contemplar al artista que duda y se decide con cautela por la convención. Sólo en ese cuadro, el artificio tiene mucho que ver con prejuicios pictóricos muy arraigados y no fáciles de desafiar. No todo es cuestión de tragarse a Velázquez entero, sin retirarle alguna raspa que hayamos podido descubrir los integristas de lo velazqueño. Lo que “no pasa” en el cuadro de “Los borrachos” y sólo “a medias” en “Las lanzas”, sí pasa magistralmente en “Las hilanderas” y allí la luz es un milagro real, sin que los reflectores de la mente apunten intencionalmente a nada ni a nadie. El gran pintor no era todo de una pieza, y también progresó.

Es ingente lo que se ha escrito sobre él dentro y fuera de España. Todavía recordamos páginas estupendas y agudísimas de Ortega y Gasset sobre Velázquez. Y recientemente nos hemos podido recrear en las certeras reflexiones de Ramón Gaya, que también son difíciles de igualar, pero lo velazqueño es “lo abierto e ilimitado” y nunca dejaremos de hablar sobre su misterioso atractivo. Es natural que Velázquez me enseñara más como “manipulador” del castellano que como pintor vocacional. Antes bien, Velázquez —mi veneno— me disuadió de serlo con paternal sonrisa y sin angustia, creyendo siempre en él.