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El Cultural

Mathias Enard: "Lo que pensemos de la muerte puede cambiar nuestra vida"

El escritor francés regresa a su Niort natal en la caleidoscópica 'El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros’, un fresco de la Francia histórica a la vez que un recuerdo nostálgico de ese mundo rural perdido que Occidente sólo recuerda en la memoria de los más viejos

29 octubre, 2020 07:25

Durante años, inmerso en sus constantes viajes, Mathias Enard (Niort, 1972) ha llevado a sus lectores por lugares como los Balcanes (Zona, 2009), la Constantinopla renacentista (Habladles de batallas, de reyes y elefantes, 2011), la efervescencia de la Primavera árabe (Calle de los ladrones, 2013) y el Oriente más múltiple y sugerente (Brújula, 2015). Pero mientras recorría el mundo, el escritor francés ya pergeñaba en su cabeza la que sería una vuelta a casa literaria. "Crecí en el noroeste de Francia entre Poitiers y La Rochelle y como decía el gran historiador del mediterráneo Fernand Braudel —uno de los miembros más destacados de la Escuela de los Annales—, quizá es porque soy hombre del Norte que me interesé en el Mediterráneo", explica el escritor, que tras que tras enamorarse de Oriente siendo estudiante de Historia del Arte aprendió árabe y farsi y se dedicó a viajar por todo el mundo árabe.

Sin embargo, esa idea recurrente del regreso a la patria chica que abandonó con 18 años fue tomando forma hacia 2010, cuando se le ocurrió que para narrar con libertad y distancia su propia tierra “necesitaba un narrador viajero, como yo, para explorar esta zona con ojos ajenos, desde fuera. Entonces creé a David Mazon, un antropólogo que quiere retratar esta región de forma científica. Él llega a un pueblo de unos 600 habitantes y se instala para escribir su tesis doctoral”. Así arranca El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros (Literatura Random House), cuya primera (y última) parte nos muestra el diario de campo de Mazon, que escribe con sinceridad y perplejidad hilarantes sus escarceos con los habitantes autóctonos del ficticio pueblo de La Pierre-Saint-Christophe.

"Vivir en una aldea pequeña hoy es lo que ha sido siempre: tener otra relación con la naturaleza y con la gente que te rodea"

“El humor surge del contraste entre ambos mundos, del decalaje entre lo que el narrador cuenta y lo que nosotros podemos ver, inferir o imaginar que es realmente el pueblo”, explica Enard, que, en su país, donde el libro acaba también de salir, está cosechando mucho éxito y buenas críticas que destacan esta faceta cómica poco habitual en su obra. No obstante, el escritor se pone serio para tratar uno de los temas capitales de libro que es a la vez “una pregunta inmensa que se hace David: ¿Qué significa realmente vivir en el campo hoy con todos los cambios tecnológicos, ecológicos, sociales…?”, explica el autor.

El pasado, un fresco inagotable

“Desde que comenzó la pandemia, todo lo que vemos en el campo es la posibilidad de alejarnos un poco de todo lo que está pasando en la ciudad, contagios, restaurantes y bares vacíos, toques de queda… Pero más allá de esto, vivir en una aldea pequeña hoy es lo que ha sido siempre: tener otra relación con la naturaleza, con los servicios públicos y con la gente que te rodea”, sostiene el autor, aunque matiza que hay campos y campos. “En Francia parece que ahora en el campo solo hay campesinos y gente que se dedica a la agricultura, lo que no es verdad para nada. Hay taberneros, médicos, carteros… un montón de gente que no vive directamente de la tierra. A mí me interesa el microcosmos de esos pueblos, que cada vez van teniendo más rasgos urbanos”.

Un interés que no es exclusivo, pues como reconoce el propio escritor, "en esta última década ha habido una actualización del tema del mundo rural en la sociedad y también literariamente, pues hace unos años apenas se escribía sobre el campo, algo que ya no es así, como demuestran muchos libros en Francia y, por ejemplo, el último de Gabi Martínez en España”, apunta Enard, que asegura que “en cierto sentido, esta es mi novela más contemporánea, pues trata de lidiar con el presente y los desafíos de hoy en cuanto a cambio climático, biodiversidad, problemas sociales, pero también de comprender cómo hemos llegado aquí y qué significa la historia”.

"Todos los destinos están vinculados unos con otros, los seres humanos tenemos un destino único y la historia es una"

Y es en este punto, el de la historia, donde la novela del Premio Goncourt da un giro inesperado y fecundo, pues dentro de esta narración contemporánea nace otra inagotable, un fresco de la historia de Francia que huyendo de las limitaciones geográficas y temporales nos lleva a un paseo por el pasado que comparte ciertos mimbres con la de su compatriota Éric Vuillard en ese sentido múltiple coral y minucioso que dedica a personajes insignificantes, en muchos casos animales, como un verraco, una pulga que picó a Napoléon o el caballo con el que el rey franco Clodoveo ganó la batalla de Vouillé.

"Intento retratar como a través de un lugar muy pequeño se puede llegar a lo universal, de forma muy concreta, no abstracta, historias personales que conforman el gran tapiz de la historia y de la vida. Siempre se dice que en los pueblos no pasa nada, que están fuera de la historia. Pero yo creo que, al contrario, todos los destinos están vinculados unos con los otros, que todos los seres humanos tenemos un destino único y la historia es una”, explica el autor, que salta de un personaje a otro en breves y potentes ráfagas, detalles perdidos de la historia que componen ese gran cuadro del mundo. “Lo consigo haciendo que todos los personajes se vayan reencarnando de una forma casi budista, un mecanismo literario con el que consigo traspasar las fronteras de ceñirme a una historia temporalmente”, desvela.

Un mundo de consecuencias

Es esta universalidad, este concepto de unidad el letimotiv que encierra la novela de Enard, donde, por cierto, sí ocurre hacia la mitad un banquete real de sepultureros que es un homenaje a grandes clásicos de la literatura gala como Rabelais o François Béroalde de Verville y "a esos escritores que, al estilo griego, consideraban el banquete un simposio, un debate para charla y disfrutar de la conversación y la compañía del otro”. Pero el escritor no considera esta exploración de la reencarnación como algo teológico o religioso, sino que “este concepto de que nuestra alma viaje en una infinita rueda me apasiona porque refuerza la idea de que todo lo que hacemos tiene consecuencias en el mundo y en todos nosotros, el famoso efecto mariposa. En los últimos tiempos tenemos más pruebas que nunca de que eso es verdad, pero todavía no hemos asumido las consecuencias”, apunta.

"Al final ni los enterradores saben nada de la muerte en sí, solo de cuerpos. La única respuesta puede estar en los filósofos"

En este sentido, también mantiene desde su experiencia de trotamundos que, al final, todos los lugares están relacionados. “No digo que vivir en Irán sea como vivir en Niort, es muy distinto, pero sí creo en el sentimiento de que todas las vidas, de allí y de aquí, están vinculadas. El planeta es la suma de todo ello. El vínculo entre Irán y Niort existe y yo y mis libros somos la prueba de ello”, razona. “Y no soy el único. A unos 5 kilómetros de mi pueblo nació un niño, hijo de una panadera, que fue el primer explorador que volvió con vida de Tombuctú, el gran viajero que contó lo que era aquello en la Francia del siglo XIX”, relata Enard que repite que “la interacción entre cualquier parte del mundo, la más insospechada, es real”.

En cuanto a la muerte, Enard, que afirma, por si hay dudas, que no es budista ni nada parecido, asegura no creer en la reencarnación, “algo muy difícil. Los propios budistas dicen que creer no sirve, que lo que sirve es la experiencia. Opino que hay que pensar en la muerte desde el lado más filosófico. Explorar las diversas opciones, aunque al final la decisión no es nuestra y lo que creamos poco va a cambiar. Pero lo que pensemos sí cambia nuestra vida, que es al final lo único que tenemos”, reflexiona el escritor. “Por eso en esta novela, en la parte del banquete, hay muchos textos y citas, porque los enterradores hablan mucho de su oficio, ya que están relacionados con la muerte cada día. Aunque algo curioso es que, al final, ni ellos no saben más que nosotros. Lo saben todo de cuerpos muertos, sí, pero no de la muerte en sí. Una verdad sobre la que quizá, los únicos en quienes podemos apoyarnos sea en los filósofos”, concluye.