Image: Ben Clark
Steve McQueen interpreta a Henri Charrière en la versión cinematográfica de 1973 de Papillon
Son viajes ideales, viajes soñados, pero esta vez desde la ficción. Porque viajar es también un placer cuando se hace desde las páginas de un libro, la imagen sugerente de un cuadro, una fotografía, desde la butaca de un cine. Y así, nos vamos al Nueva York de Paul Auster, al Sáhara de El paciente inglés, al Cape Cod de Edward Hopper...
El viaje con el que sueño este verano -y todos los veranos- es un viaje doble y por lo tanto doblemente imposible. Sueño con poder viajar a la biblioteca donde trabajaba por las tardes después del instituto y poder regresar, así, a los días de la primera lectura de Papillon, de Henri Charrière. No tengo, claro, ningún deseo de visitar los lugares, terribles en su mayoría, que tuvo que soportar Papillon en las colonias francesas, pero sí que querría revisitar los escenarios a los que ya viajé, sentado en aquella silla mientras descuidaba mis labores de bibliotecario. Desde entonces, un verano sí y otro no, he releído incansable Papillon con la esperanza de sorprenderme oteando el horizonte junto a Papi. Si alguna vez avisto la cosa de Trinidad y Tobago, deberé decir que no la reconozco, que esta silueta no es ni puede ser la que me hizo ver Charrière con palabras toscas y desapasionadas hace tantos años. Si la vida me lleva, algún día, a la Isla del Diablo, sé que no tengo más que contar las olas en busca de la séptima, la más grande, para saber que una huida es posible, que las primeras lecturas son cárceles de las que uno escapa releyendo.