Ana María Matute. Foto: Doménec Umbert

Ana María Matute. Foto: Doménec Umbert

El Cultural

Ana María Matute: "Hace ocho meses que no escribo. Pero ya, enseguida, me meto otra vez"

26 junio, 2008 02:00

Los huesos de cristal. Pero un alma de hierro. Aunque últimamente se le quiebre a ratos por las muchas horas de cama y de hospital, de paredes blancas donde la memoria se niega a fijar recuerdos ni a inventar historias. ¿La culpa?, ¿la última? De una rodilla perezosa que se niega a trabajar, aunque Ana María Matute haya decidido desafiarla calzándose unas bambas tan blancas como sus calcetines. “Piececitos de niña buena”, ríe. De niña, sí, porque la escritora presume de haberlo sido siempre, de haberse quedado anclada en los once años que cumplió cuando se desató la Guerra Civil. Pero, ¿buena? Más bien traviesa y peleona. O “un poco loca”, como dice ella con una carcajada tan cristalina como dulce. Ojalá todas las locuras fueran tan cuerdas.

Ana María Matute (Barcelona, 1925), una mujer que siempre ha dicho que su mejor refugio es la literatura, que ha encontrado en los libros, en los propios y en los ajenos, la fuerza necesaria para conjurar los sinsabores de la vida, hace ocho meses que no escribe. Que no puede. Que no le dejan. “Hace ocho meses que estoy inválida”, se queja con mohín de querubín, morritos de princesa destronada, de hada a la que le han robado la varita capaz de convertir cualquier retazo de vida en un pozo de magia.

Estos días, Ana María Matute se siente desposeída, desasistida, destronada sin esos poderes que le han permitido conjurar las palabras en tantos y tantos libros: de Primera memoria -que escribió con diecisiete años y con el que ganó el premio Nadal más de tres lustros después de haberlo terminado- a Olvidado rey Gudú (1996); y, por el camino, La torre vigía (1971), Los hijos muertos (1959), Pequeño teatro (1954) o Los Abel (1948). Pero, ahora, por lo menos, olvidado ya el hospital traicionero y maldito, de nuevo en el salón de su casa, sí que puede volver a leer.

Así que, en la mesa, a sólo estirar la mano, la novela que estos días devora con ojillos de avispa, Arthur & George, de Julian Barnes. Y en las estanterías de su ático, que roza el cielo con el cielo del parque Göell, otras miles de presas a las que clavar la mirada para entretener la mente y despistar esa desesperanza, esa angustia, que le causa el no poder escribir. “Hace ocho meses que no escribo. Pero ya, enseguida, me meto otra vez”.

-Hace muchos años, desde la década de los 90, que habla de ese Paraíso inhabitado que debe ser su nueva novela.
-Hace muchos años que la pienso, pero la dejé estar para poder escribir Aranmanoth.

-Y ¿cómo la tiene ahora después de este nuevo parón?
-Poco, ya me falta poco. Sólo el final. Lo que pasa es que nunca sabes cuánto tiempo te va a llevar acabar una novela, porque el escribir no es una cuestión de cantidad. A veces, para completar tres páginas necesitas meses; y, otras, para tres capítulos bastan sólo unas semanas.

-Pero ¿usted ya sabe cómo acabará su Paraíso inhabitado?
-Claro, nunca empiezo una novela sin saber cuál será el final.

-¿Y no se cansa de tener tantos años la misma historia, los mismos personajes, dándole vueltas por la cabeza?
-No, porque no me da vueltas todo el día por la cabeza, tengo otras cosas que hacer, otras cosas en que pensar. Pero, además, es que no sólo tengo en la cabeza esta historia, me rondan muchas otras para muchos otros libros que también quiero escribir. Pero es que la literatura es mi vida. Sin ella no podría vivir. Es lo que más me gusta, lo que más me interesa... De dedicaciones, claro; si hablamos de sentimientos ya es otra cosa.

Un Paraíso vacío

- Y en ese Paraíso que usted ha querido retratar en este libro, ¿no hay nadie? ¿está vacío?
-Claro.

-¿Porque nadie se merece estar en él o, simplemente, porque no existe?
-Es mucho más complicado que todo eso. Le diría que leyera mi libro, pero, claro, aún no lo he terminado. Entiéndame, nunca me ha gustado hablar de lo que estoy escribiendo. Me parece que da mala suerte.

-De todas maneras, me parece que ahora ha vuelto usted a ser creyente. Y ha regresado a la Iglesia después de años de no haber practicado, aunque se educara en un colegio de monjas.
-He recuperado un sentimiento más místico que religioso. Se trata más un estado del alma que de otra cosa. De todas maneras, uno siempre tiene que creer en algo.

-Pero usted durante años no lo hizo.
-No era tanto que no creyera, no es que yo me confesara atea, se trataba más bien de que no me preocupaba del asunto, de que tenía muchas otras cosas en que pensar.

-¿Quiere que regresemos a su infancia?
-La he explicado tantas veces... Fui a un colegio de monjas antes de la guerra, después ya no. Mi padre tenía una fábrica de paraguas, que luego colectivizaron. Antes de la guerra, los niños, yo y mis hermanos, nunca salíamos solos de casa; siempre con mis padres o acompañados de las tatas. Después, sí. Después nos mandaban a hacer cola para conseguir pan, para conseguir comida. Y había que ir temprano para lograr tener un buen número. Vi tantas cosas en la guerra. Recuerdo aquellos bombardeos sobre Barcelona y aquel ruido de las ametralladoras; también, los coches que pasaban por la calle Platón, donde vivíamos, con soldados enarbolando pañuelos manchados de sangre o, por lo menos, que ellos decían que era sangre. Me acuerdo perfectamente del cadáver de un hombre que una mañana me enseñó mi hermano. Entonces se sabía por las noticias de lo que estaba pasando en el frente, de que se estaban matando entre hermanos... Yo antes de la guerra no sabía de la muerte, para mí sólo era una palabra.

-¿Le robó la guerra un poco de su infancia?
-No. No me la robó, porque todavía ni nadie ni nada me la ha podido quitar. Aún la llevo encima. Aún soy una niña, con lo bueno y con lo malo que eso comporta, porque la infancia, en contra de lo que muchos dicen, no es paradisíaca. Pero yo aún conservo intacta mi capacidad de imaginar. Me he envilecido, sí, pero nadie me ha robado la infancia, aunque no hayan faltado oportunidades para que lo hicieran. A mi hermana, sí; a mi hermana mayor, que murió hace poco, que éramos inseparables, sí que le robó la infancia la guerra.

-Seguirá siendo una niña, pero a lo largo de su vida ha demostrado que también es una mujer de armas tomar.
-Sí, una mujer, pero con la niña dentro. No soy ingenua, pero sí conservo la inocencia.

-¿Qué le parece a Ana María Matute que ahora el Gobierno quiera recuperar la memoria histórica de la Guerra Civil española?
-La memoria se tiene, no hace falta recuperarla. Y me parece, además, que hay que ser ecuánime. Hay que explicar lo que hicieron los unos y lo que hicieron los otros, porque los don bandos hicieron muchas cosas. De todas maneras, por mucho que nos expliquen la historia no somos capaces de aprender de ella.

-Usted siempre busca refugio en la misma época histórica, en la Alta Edad Media, en los años del Rey Arturo.
-Sí. En Arturo, en el Santo Grial... He leído todo lo que se ha publicado sobre el tema.

-Y, ¿por qué le fascinan aquellos tiempos?
-Supongo que por la niña que llevo dentro. Aquél era un mundo de fábulas y de imaginación; vivían de leyendas, de mitos y magia, aunque también fuera una edad brutal y cruel. Y es precisamente ese contraste entre brutalidad y delicadeza lo que hace que aquélla sea una época muy literaria, aunque ahora la están estropeando con todos esos best sellers.

Contra Ken Follet

-¿Cuáles?
-Los de Ken Follet y también otros que, como son más cercanos, no quiero nombrar. Y El código da Vinci, por supuesto.

-¿Ya ha leído la segunda parte de Los pilares de la tierra?
-Ni he leído la segunda ni leí tampoco la primera. Las he ojeado, me han hablado de ellas gente en cuyo criterio literario confío. Yo estoy a punto ya de cumplir 83 años y no voy a perder el tiempo con eso.

-¿Qué libros le gusta leer?
-Depende del momento. Ahora he vuelto a la novela decimonónica. A Charles Dickens, a Tolstoi, qué gran novela que es Guerra y paz, a Fiodor Dostoievski. También a los españoles, a los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós; a Emilia Pardo Bazán, una señora de colmillo retorcido que sabía escribir muy bien; y a otra gallega estupenda, Rosalía de Castro, aunque poeta. Pero es que a mí lo que más me gusta es la poesía. Aunque, es curioso, nunca he escrito una. Me da repeto. Me dicen que mi prosa es muy poética, pero eso es otra cosa. No es poesía.

-Siempre ha dicho usted que los cuentos son la poesía de la prosa.
-Me encantan los cuentos. Escribirlos y leerlos. últimamente me ha gustado mucho Si te comes un limón sin hacer muecas, de Sergi Pàmies. Pero yo ahora hace mucho que no escribo cuentos, quizás será lo próximo...

-Volvamos a esa niña-mujer que usted siempre ha sido, una mujer que siempre fue un paso por delante del resto de las mujeres de su época: escritora de éxito, mujer separada, académica...
- Siempre he pensado que aquellos casi veinte años que estuve sin publicar fueron la causa no de que me olvidaran o de que no me consideraran, pero...

- No se siente reconocida, pero si usted lo ha ganado todo, sólo le falta el Cervantes.
- Sí, hace nada el Nacional de las Letras, pero siempre he pensado que en aquella época los críticos, cuando cogían el libro de una mujer, a no ser que fuera extranjera, no lo leían o lo leían de aquella manera... A mí me encasquetaron la etiqueta de literatura para niños y yo creo que muchos de mis libros ni siquiera se los leyeron...

La tontería de las miembras

-Y ¿cree que si hubiera sido hombre, todo habría sido distinto?
-Siempre he pensado que en situaciones similares siempre gana el hombre. Y aún ahora sigue pasando. ¿O no?

-Ya sabrá que ahora hay un Ministerio de Igualdad y que la ministra habla de miembros y de “miembras”.
-Es ridículo.

-¿El ministerio o lo de miembras?
-No me haga hablar que yo de política nunca he querido hablar... Pero es que, además, ‘miembra’ hasta como palabra suena fatal. No sé por qué acusan a la Academia de machista. La Real Academia no es machista ni es feminista. Simplemente es un notario que recoge la forma de hablar de la sociedad. Antes, cuando la sociedad era machista, la lengua también lo era. Pero es ridículo pensar que la Academia se dedica a eso, está, más allá de aquello de ‘limpia, fija y da esplendor’, para cuidar el lenguaje, porque una cosa es que el lenguaje evolucione y otra que se estropee y se empobrezca como está ocurriendo ahora, por ejemplo, con lo de los sms.

- Usted siempre ha dicho que lo difícil para un escritor es ser capaz de escribir de tal manera que el lector lo entienda, que lo fácil es hacerlo con una prosa oscura.
-Le cuento una anécdota: Eugenio d’Ors leía a su secretaria sus Glosas, si ella le decía que se entendían siempre le contestaba ‘oscurezcalas’. Yo creo, y eso intento, que hay que decir lo máximo a través de lo mínimo, como en la poesía... Cómo me gusta Gil de Biedma. Los extranjeros también me gustan, pero es distinto: Rilke me gusta, pero me gustaría mucho más si lo pudiera leer en alemán.

- Le gusta la poesía y le gusta el ballet.
- Sí, El soldadito de plomo y sobre todo Cascanueces, que iba a verlo siempre, cada año, por Navidad. Yo soy así: me gustan los clásicos, pero es que en el fondo yo soy una clásica.

- ¿Usted, tan moderna...?
-Ser clásico no significa ser añejo, ni que te gusten las antigöedades quiere decir que te atraiga lo que está pasado de moda. Por ejemplo, ¿cómo puede un escritor no haber leído a los clásicos?

-¿Cree que un escritor tiene que ser además un buen lector?
- Puede que haya algún genio por ahí, pero a mí me parece fundamental haberlos leído, aunque luego tú hagas una cosa muy diferente.

-Siempre ha dicho que los escritores nacen y que no se hacen.
-Los talleres de literatura sirven quizás para que alguien que ya sea escritor aprenda algo, adquiera herramientas, pero no para convertir a alguien en escritor. De todas maneras, yo nunca he ido a ningún curso de escritura. Yo empecé sola. Cuando sólo tenía cinco años...

-Y usted siempre ha tenido un estilo inconfundiblemente propio.
-Sí. eso me han dicho siempre. Nunca me he propuesto imitar a nadie. Lo único que he intentado es expresar de la mejor manera posible aquello que llevaba dentro, dar pistas al lector para que escribiéramos las historias juntos.

-¿Ha cambiado mucho su manera de escribir con el paso de los años?
-Claro. He madurado.

-Y es cierto que cada vez dedica más tiempo a corregir.
-Sí. Cada vez más. A quitar.

Y, aunque ya cansada de charla, con la mirada que se le pierde entre las estanterías de libros y la puerta por la que marchó hace un rato su hijo Juan Pablo, esta mujer coqueta, preocupada porque hace meses que su inseparable melena blanca no pasa por las manos de una peluquera, se enfrasca en otra historia: la de sus padres. “Se conocieron cuando eran todavía una niños. Mi abuela mandó a mi padre a recoger flores de árnica para hacer un remedio contra los chichones. Son unas flores preciosas, enormes, naranjas. Y, cuando regresaba, mi padre vio a una niña con un vestido de canesú, sentada, y le gustó tanto que le dio todas las flores que había recogido. Y ella le respondió llamándole ‘mocoso’. Así eran mis padres, tan distintos, pero se quisieron tanto y durante tantos años. Tendrían sus cosas, pero yo nunca les oí discutir”.

Una historia muy diferente a la de Adriana, niña soñadora, que lucha contra la vida adulta, la habitante de ese Paraíso inhabitado que desde hace años siembra de palabras y cultiva con magia y con cariño Ana María Matute. “Cuando nací, mis padres ya no se querían”, escribió Matute en la primera página de la novela. Ahora sólo resta que le dejen ponerle el punto y final al relato. Ya falta poco. “Sí, ¿verdad? Ya falta poco. Si Dios quiere”. Querrá.